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 Hasta fines de julio la galería Raúl Martínez, del Palacio del Segundo Cabo, exhibirá la exposición La mirada oblicua, del pintor Leonardo Cuervo Mera, quien en cerca de 20 obras refleja un mundo de ensueños surrealistas.
«Un universo semejante apela a la descodificación más profunda y ése es uno de los aciertos de la propuesta de este artista», afirma Rafael Acosta de Arriba en esta reseña crítica de la muestra.


En su lucha con la realidad algunos pintores la violan  
o la cubren de signos, la hacen estallar o la entierran,  
la desuellan, la adoran la niegan.  

Octavio Paz 

El fantasma del pájaro decapitado en las afueras de La Habana (2001). Óleo sobre tela (120 x 90 cm).
Hay que huirle a los lugares comunes cuando se habla de la obra de un artista plástico. Es recurrente esgrimir tres o cuatro frases repetidas hasta el agotamiento y dejar en el aire, intocado, la esencia de una propuesta creativa.
Trataré de evitar ese desatino. La obra de Leonardo Cuervo me coloca, de entrada, ante muchos referentes de zonas de la creación del pasado siglo que aún tienen mucho que expresar. Pienso en Remedios Varó y su fulgurante universo surrealista. Pienso también, quizás con menos fijación, en Rousseau, El Aduanero, y sus intranquilizadoras escenas, llenas de misterio y sugerencias.
Los cuadros de Leonardo Cuervo poseen una factura impecable y se sostienen sobre un dibujo de una limpieza y elegancia indiscutibles. Simbolismo, mezcla de conceptos, el color apoyando el discurso del cuadro, un collage de ideas expresadas con una técnica impecable. Eso y más me dicen estas piezas de enigmática belleza. Pero quizás sea la riqueza de ideas lo que más me atrae de su obra. El concepto primando sobre el buen oficio. La hibridación de ideas desbordando la superficie del cuadro.
Lo fantástico es el gran tema de estos cuadros de Cuervo. Una imaginación desbordante que juega con referentes mitológicos secretos y pretende eximir a la imagen de todo significado consciente. Al menos esa es su tentativa, que la logre o no es tarea de cada degustador, de cada persona que se sitúa ante estas piezas a desentrañar los signos pasando El hijo del hombre (2004). Óleo sobre tela (120 x 90 cm). por la destreza y el oficio del artista. Me gustaría citar un párrafo de un excelente texto de Roger Caillois sobre la obra ya mencionada de Remedios Varó. Dice así el insigne escritor francés: «Este mundo es enteramente insólito, de todo punto incompatible con el mundo familiar; sin embargo, toma del mundo real los diversos elementos que lo componen. Pero han sufrido, al entrar en el nuevo universo, una curiosa transformación». Creo que en ese proceso mutante se establece la comparación de estos cuadros con la obra de Varó, algo que me parece esencial.
Hay un tiempo detenido en estas escenas donde se combinan lo arquitectónico, la naturaleza (a veces una sola flor, un ala de extrañas aves, un arbusto o nubes de una blancura pétrea), un vestuario o una rara maquinaria de origen onírico. Salta a la vista que no hay figuras humanas en estos cuadros: otro símbolo, lo que en este caso difícil de descifrar. Si los cielos nublados predominan, la ausencia del hombre es rasgo general de la muestra. Puede que la significación esté dada por la omisión. Un mundo creado por el hombre pero en el que la presencia humana es invisible, acaso perceptible sólo por sus obras y productos de su creación.
Un universo semejante apela a la descodificación más profunda y ése es uno de los aciertos de la propuesta del artista.
Un mundo mágico emerge de estas obras. Enhorabuena para un joven creador que avanza por caminos muy propios en el difícil y sugerente mundo de la creación plástica.