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La primera exposición personal, «Apocalípticos y desalmados…», del escultor Jessel Rodríguez Lobaina pudo apreciarse en la galería Carmen Montilla, del Centro Histórico habanero.

Jessel Rodríguez Lobaina (La Habana, 1975), quien se ha dedicado a escrutar el universo marino y las diversas mutaciones genéticas que sufren las comunidades que lo habitan, debido al derrame –incontrolado e irresponsable– de productos químicos y otros desechos tóxicos.


Las preocupaciones ecológicas y medioambientalistas son una constante en las dinámicas del arte contemporáneo a nivel mundial. Numerosos son los artistas que día a día se empeñan en revelar desde sus creaciones las cada vez más agudas y crecientes catástrofes naturales provocadas por la presunta acción «civilizatoria» del hombre sobre su entorno. La máxima filosófica de que «la humanidad ha llegado a un nivel tal de enajenación que experimenta su propia destrucción como un goce estético de primer orden», esbozada con mucha lucidez por algunos pensadores contemporáneos, se ha erigido en fuente de preocupación de una buena parte de la producción simbólica de los últimos tiempos –y no solo. Ya sea a modo de denuncia explícita, o simplemente como reflejo o testimonio visual de los sinsabores de una época, lo cierto es que el deterioro in crescendo de nuestro planeta y sus especies constituye un vector temático bien recurrente, en extremo palpable dentro de los circuitos de exhibición artística global. El afán del «progreso» moderno por la vía de la «razón», ha trocado el proyecto de civilización en un modelo de barbarie. Y eso lo saben muy bien los artistas. Lo saben y lo padecen.
En esta dirección se sitúan los trabajos del escultor cubano Jessel Rodríguez Lobaina (La Habana, 1975), quien se ha dedicado a escrutar el universo marino y las diversas mutaciones genéticas que sufren las comunidades que lo habitan, debido al derrame –incontrolado e irresponsable– de productos químicos y otros desechos tóxicos. Contaminación que ha traído como resultado especies deformes, contrahechas, con un sinnúmero de alteraciones fenotípicas y disfunciones de los organismos. Es así que se nos coloca ante un conjunto de peces, erizos, algas, hippocampus (caballos de mar), caracoles, calamares, medusas, etc., realizados en mármol, acero inoxidable y maderas preciosas, cuyos calados y resinas añadidas metaforizan muy bien el estado de degeneración que intenta reflejar el artista. Los espacios vacíos que atraviesan las figuras resultan muy efectivos en tanto elementos de significación, de apoyatura dramática, y le otorgan un ritmo y una movilidad muy especiales al diseño compositivo de las obras.
En ocasiones el creador se muestra más figurativo, en otras se aproxima un tanto a la abstracción (sin llegar a serlo del todo). Sin embargo, creo que es en esta segunda vertiente donde los resultados llegan a ser más felices en materia de calidad y rigor. La sutileza de sentido y la ambigüedad visual se le dan muy bien al artista, por lo que creo debería ser ese el camino futuro de su producción plástica. Así se apartará de peligrosos estereotipos; hará mucho más personal su poética.
Pero obviamente el elemento que más destaca en las propuestas del autor es el relacionado con las texturas. Es en estas donde el artífice demuestra sus mayores habilidades en lo que a oficio y pericia técnica respecta. El acabado de las obras ostenta un grado de exquisitez muy palpable, de ahí que estas se conviertan en un estímulo o provocación para el tacto, para la delectación del contacto directo con el material y la caricia de sus superficies. Teniendo en cuenta que se trata de la primera exposición personal del creador, los logros se tornan más visibles. Autodidacta, con más de 15 años de trabajo, en este grupo de piezas Jessel logra superar cualquier expectativa. Esperemos entonces con atención entregas futuras.

Píter Ortega Núñez
Crítico de arte

 

Arriba: Brindo luto (2010). Madera y metal. A la izquierda: Hogar, dulce hogar (2010). Madera y metal.