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«Para Daniela Díaz, el camino es un referente  fundamental y constituye una constante discursiva que se percibe claramente dentro de todo el conjunto de su obra», expresa Beatriz Gago en las palabras al catálogo de «Huellas», la más reciente exposición de la joven artista, que durante todo septiembre se exhibe en la galería del restaurante El Templete.

 

«Existen, tanto en sus trabajos con la pintura como en la fotografía, estas evidencias palpables de la utilización de la abstracción como recurso».

El arte contemporáneo más joven se ha refugiado, con creciente frecuencia durante los últimos años, en la obra bidimensional y especialmente en la pintura como un soporte idóneo desde el cual sus necesidades discursivas e inquietudes generacionales son efectivamente resueltas.
Aunque factores tan pragmáticos como la accesibilidad al mercado y el acercamiento a un producto «universalizado» de fácil lectura, que trascienda la circunstancia local, han sido razones frecuentemente invocadas como causa de esta «vuelta a la pintura» a la que ya tantos se han referido, resulta necesario discriminar con cautela, al juzgar el conjunto de la producción de los últimos quince años, si en realidad nos enfrentamos a un fenómeno único o si tal definición ha reunido y depositado a priori, en un mismo «saco», vertientes poéticas que confluyen estratégicamente en el desenfado formal, pero que se sustentan en objetivos disímiles.
Portadoras de una levedad inquietante, algunas de las pinturas realizadas en esta etapa pueden llegar hasta la apropiación literal del trazo infantil, otras se refugian en una zona de aparente inmutabilidad contemplativa, vaciando totalmente la tela de significados materiales, como exhortación al acto de la meditación, o en otros casos, hacen énfasis en lo abstracto como un recurso de dimensión insospechada —en lugar de un fin en sí mismo— en que el artista se apoya para resaltar necesarios silencios y cuestionamientos existencia les implícitos.
Tras la calma que genera en el espectador esta inofensiva ingenuidad, sin embargo, se han documentado fragmentos valiosos de la cotidianeidad y se ha promovido la reflexión sobre conceptos cruciales del presente.
Algunos hechos, ocurridos durante ese mismo período, han contribuido, a invisibilizar la existencia de tal tendencia dentro del arte cubano actual. El primero de ellos fue el resurgimiento del movimiento no figurativo en nuestro medio, ocurrido alrededor de los últimos cinco años del pasado siglo, gracias a la influencia de tres notables exposiciones que no solo pusieron de manifiesto la huella latente de una producción que se había gestado en los años cuarenta y cincuenta y que se había negado a morir ante el empuje de los nuevos tiempos o las nuevas exigencias del discurso artístico, sino que además demostraron al espectador contemporáneo, desde un análisis retrospectivo, el esplendor y alcance que había logrado el género en la Isla, así como la trascendencia que habían detentado la mayoría de sus protagonistas, finalmente, a los ojos de la historia.
Estas exposiciones —acaecidas en un marco contextual preciso y oportuno— generaron un fervor renovado por la pintura abstracta entre los artistas jóvenes, aunque la percepción de los mismos no pudo, en una parte importante de los casos, superar los presupuestos estéticos que habían nutrido a sus predecesores cuatro décadas antes y mucha de esta pintura se apoyó solo miméticamente en el informalismo o la abstracción geométrica, sin superarlos y atreverse a traspasar las puertas de la post modernidad que se abrían ante ellos.
Otro factor decisivo fue, de forma innegable, el surgimiento de un mercado —real— para el arte cubano, que se ofrecía al alcance de todos justamente en un entorno epocal caracterizado por la necesidad  imperiosa de la sobrevivencia y por el estrecho margen de posibilidades que podían derivarse de otros oficios. Este hecho generó no solo un torrente de nuevos pintores y de pintura comercial, sino un universo anexo de personas vinculadas a estos que emprendieron una increíble aventura dentro del sendero de la cultura y en muchos casos triunfaron, al menos económicamente, en contra de cualquier lógica.


Arriba: Martí en Playitas, 2013. Óleo sobre tela, 60x80 cm. Abajo: Las huellas de mis pies, 2013. Acrílico sobre tela, 113x140 cm.


En «Las huellas de mis pies» observamos la ansiosa trayectoria de un rastro fresco, un intenso y anárquico andar y desandar, que ha atrapado a una artista en la incertidumbre de una trayectoria marcada, en última instancia, por la finitud del espacio a que el lienzo le ciñe.Singular definición de una vista pictórica, donde el plano inferior que se nos ofrece alcanza la radicalidad del absoluto.
Mientras nosotros nos convertimos en testigos, situados bajo un suelo de tonalidades variadas: rosas complacientes, breves relámpagos de ocres y agresivos azules, una certeza surge de estas pisadas, inducida por los tonos cromáticos de las mismas: nuestros propios pasos están siempre determinados por la naturaleza de nuestro origen; somos portadores de la esencia misma del punto del cual procedemos. El color no está usado en la obra como aquel ejercicio de «pintura pura» que define en última instancia la abstracción convencional, sino como apoyatura referencial para la enunciación de un sentimiento, de una condición.
De una notable elaboración poética, Casiopea nos ofrece otra vista imposible: la imagen no se observa, sino que se sugiere, situándose de espaldas al espectador, escamoteando su corporeidad y la perfección de sus atributos para dejarnos a solas con una presencia aludida, nunca contemplada.
En Martí en Playitas nuevamente juega el color un papel esencial, elaborándose a partir del mismo una concatenación de eventos de los cuales, solo la vibración emocional es perceptible. El héroe, sugerido sutilmente dentro del conjunto, migra desde del sueño, desde la idea pura a la travesía, al acto y de este hasta su destino, hacia la noche, guiado por la oleada de la gama pictórica que dirige la narración.
Para Daniela Díaz, el camino es un referente  fundamental y constituye una constante discursiva que se percibe claramente dentro de todo el conjunto de su obra. Aunque en ocasiones el símbolo se torna íntimo y autorreferencial, Daniela prefiere trascender esta atadura y se acerca al mismo desde la postura del cronista, presentándolo tanto a manera de continuidad histórica como de destino que se desliza hacia lo inevitable. Esto es evidente en una de sus series fotográficas recientes, que toma como escenario un recorrido por la vía pública.
La artista establece todo un distanciamiento formal que queda deslindado por el cristal de un vehículo, y la imagen se consume desde la visión nublada propia de un sueño que, como en una historia de Lewis Carroll, termina confundiéndose con la realidad. Percibe y documenta a lo largo del trayecto, una galería de obstáculos e inclemencias, obteniendo imágenes, que habiendo sido realizadas a partir de una operatoria puramente documental, nos devuelve obras de corte surrealista, tanto desde el punto de vista formal como discursivo.
Es así que en Hacia el pasado, el clásico y manido «almendrón» que ha alimentado tantas estampas comerciales, nos conduce de forma efectiva a través de un viaje donde la propia y curiosa condición de atemporalidad que rige nuestras vidas queda expuesta, mientras que 469 nos muestra toda la potencialidad de sobredimensionamiento existencial de un objeto clave de nuestro contexto: el ómnibus, una presencia-ausencia cotidiana, en todo su despliegue tiránico y oclusivo, otra referencia audaz y certera de la particular manera y ritmo en que nuestro tiempo está concertado.
A pesar del predominio del gris, existe un trabajo esmerado con el color en esta serie de fotografías, muy evidente en A destiempo y Camino estrecho. Ciertos verdes y rojos alcanzan gran protagonismo en la escena, a pesar de ser solamente puntos espaciales, elementos aislados, pero que se mueven en una categoría conminatoria, de acuerdo a un orden impuesto e inamovible. Más allá de la tácita aceptación que encuentra en nuestros sentidos, el título nos demuestra que no siempre una luz verde significa, en realidad, una continuidad del camino.
Existen, tanto en sus trabajos con la pintura como en la fotografía, estas evidencias palpables de la utilización de la abstracción como recurso de que antes hablábamos. En el caso de la fotografía, esta tendencia se halla vinculada a una especie de «mal hacer» intencional, que queda expresado, por ejemplo, a través de la huella evidente del limpiaparabrisas o en ciertos casos desdibujando mediante la selección del enfoque. En una época en que el retoque digital se ha convertido en un acto casi inconsciente, la artista prefiere preservar sitios de «imperfección» dentro del conjunto, con el fin de modular ciertas zonas del relato, ásperas o inoperantes, ocultándolas tras una región de velada intimidad y de sugerencia.
Una de las claves de la poética de Daniela Díaz podría quizá extraerse de su obra Retablo. Siendo una de las más explícitas de este grupo que hoy se expone, propone en cambio ciertas consideraciones filosóficas esenciales al espectador. La artista ha representado en la parte superior del lienzo a un grupo de plantas sometidas a «estados» diferentes, estados que podemos imaginar gracias al color, pero yendo aún más lejos, podemos lamentar en uno de los casos la agresión, que se ha resaltado rasgando la tela.
En la zona inferior, por el contrario, prevalece la verdadera fuerza que las sostiene: un conjunto de raíces que, ajenas a la condición cambiante de las circunstancias naturales o creadas por el hombre, nutren de vida y garantizan la continuidad de todo crecimiento.

Beatriz Gago
Especialista de Arte Cubano