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Emplazada en mayo de 2013, la escultura de Roberto Fabelo en la Plaza Vieja ha venido a enaltecer la dimensión patrimonial de una urbe que tiene nombre de mujer.

La realización de esta simbiosis mujer-gallo, obsequio para La Habana, ha sido compleja. Se modeló en barro, luego se preparó un molde y se vació en bronce; la fundición tuvo lugar en el extranjero.

 

El gallo, todo robusto en actitud viril, no obstante su serena, sempiterna majestad, detiene sin pretenderlo al caminante, y con su ojo avizor, lo interpela, mas no lo amilana. La femenil criatura de sensuales líneas, circunspecta y enérgica, conmina desde su altura al acercamiento.
Todos quieren tocarla, posar junto a ella, mientras los flashes de las cámaras iluminan instantáneamente el bronce rojizo en sus más insospechados costados: el torso, las plumas del buche, las caderas poderosas, la cresta, los tacones cercanos…
Pero el revuelo causado en los albores del nuevo año, con el emplazamiento de la escultura en la céntrica Plaza Vieja, aun no cesa con el advenimiento del mes de junio. Y mientras ese sitio deviene recodo de grata sorpresa y contribuye a reanimar la manzana, Roberto Fabelo, el artífice de pieza tan singular, se regocija del éxito de un empeño que le arrebató no pocas horas de sueño y de lo que más disfruta, además de crear: compartir con su familia.
Con un incuestionable talento para el dibujo, donde se amalgaman figuración y erotismo, alegoría y signo, y donde en ambientes barrocos el ser humano se funde con los animales, la mayoría de las veces domésticos, Fabelo (Camagüey, 1950) ha ido enhebrando desde hace tres décadas una vasta iconografía.
En cuanto al gallo, vale apuntar que en 1979 ganó el Primer Premio en la I Trienal de Dibujo Arístides Fernández, precisamente con un niño montado sobre uno, aunque este es el primer intento de escultura con dicho motivo. Además, en los predios de La Habana Vieja existe, como precedente, una obra que se exhibe en la sala de arte del Museo de la Ciudad.
«Es una especie de icono que vengo trabajando desde hace años —apunta—. Acabo de terminar un cuadro (acrílico sobre seda) en gran formato con impulso similar pero con otro colorido. En los últimos tiempos retomé la imagen del gallo, como “macho” en el lenguaje popular, y le coloqué encima a la mujer, como recurso poético. Es una especie de parábola, una referencia a la dinámica cotidiana, pero en verdad, para mí, la mujer es la que lleva las riendas, la que detenta el verdadero control».
No hay aquí, como en sus lienzos numerosos, una profusión de lo grotesco, que es, en su sello personal, lo sublime. La belleza estriba en lo sutil de las decodificaciones posibles, en la simplicidad de la figura única e indivisible —la mujer sobre el gallo—, que viene a insertarse en ese ¿estado de ánimo? o posibilidad compartible no divorciada de la pureza esencial, que se me antoja lo real maravilloso carpenteriano.
Por otra parte, para quienes han seguido sus trabajos de la última década, no resultará extraño vislumbrar en la silueta de esta mujer rasgos faciales de su esposa. Al respecto, el artista comenta: «Es muy raro que no me salga el rostro de Suyú, mi mujer. Brota de manera espontánea. Ahí está su perfil, presente en todas mis obras, aunque debo decirte que ella es alegre, y esta en particular es algo enigmática, su rostro delata introspección. Ahora bien, ese ingrediente me gusta. Yo no quisiera condicionar la lectura; prefiero que cada quien interprete lo que se le antoje».
¿Y por qué calva?, le reclamo, respetando su libertad de autor pero echando de menos una frondosa cabellera mecida por la brisa, y él responde que ha jugado con ese tipo de imágenes: «He hecho dibujos de mujeres rapadas, que pudieran prestarse a confusiones, porque es menos frecuente que ellas se afeiten, pero esta en específico lleva tacones. Ahora recuerdo un disco de Albita, donde uno de los temas dice “...con los tacones puestos”. Además, pensé que colocada en un lugar público, los pájaros, las palomas, se posarían en la cabeza, así que la dejé limpia».
La realización de esta simbiosis mujer-gallo, obsequio para La Habana, ha sido compleja. Se modeló en barro, luego se preparó un molde y se vació en bronce. La fundición tuvo lugar en Estados Unidos.
Incluso, el Historiador de la Ciudad y el artista habían valorado la posibilidad de ubicar otra escultura suya: un torso de sirena, más comprensible en el Centro Histórico, por su cercanía al mar. No pudo concretarse ese empeño, y entonces Fabelo terminó el gallo y pidió donarlo a la ciudad, sin que propusiera el sitio del emplazamiento.
Pensaba él en un punto discreto de la Plaza Vieja, porque un objeto grande interferiría el recorrido de la mirada, lo cual sería un sacrilegio, tratándose de un entorno amable desde el punto de vista visual. «Espero en algún momento hacerle una base de piedra. El pedestal contribuirá a darle más carácter, aunque confieso que la idea del gallo “caminando” me fascina», añade.
Lo cierto es que esta escultura ha venido a enaltecer la dimensión patrimonial de una urbe que tiene nombre de mujer. Y en vez de una adarga, o en todo caso una lanza —ya que es posible conjeturar que esta guerrera se alista para combatir, en defensa de la villa—, Fabelo le colocó en su diestra, casi sostenido por el hombro descubierto, un tenedor, utensilio que nos remite al universo de la culinaria, tan relacionado con lo femenino.
«El gallo, con toda su gallardía, pese al revuelo que pueda causar en el gallinero, sin embargo, lleva montada a la mujer», me dice con picardía Fabelo, haciéndome recordar a más de una de esas que disfrutan de encaramarse, de ascender, cual metáfora del poderío.
Entonces, al convenir en que todo gallo tiene su «domadora», no exento de suspicacia prefiero pensar que tal vez pudiera esta dama encarnar a La Habana, que a fin de cuentas rige no pocos destinos…

Mario Cremata Ferrán
Opus Habana