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 Aunque con matiz crítico, en este ensayo histórico costumbrista el cronista más allá de censurar lo que pretende es ponderar «la misión y el papel importantísimo y trascendental que las asambleas de verdadera representación popular, funcional, técnica y cualitativa deben desempeñar en los Estados modernos de régimen representativo y republicano».

 «… otro gran relajo por el Congreso protagonizado: el daño que a la república ha hecho por acción, o sea, por abuso y extralimitación de sus deberes y funciones».

Si ya he demostrado cumplidamente en el trabajo de la semana última como nuestro Congreso es —de 1902 a la fecha— contumaz culpable del gran relajo que significa su incumplimiento de los deberes y funciones a él señalados por las Constituciones —de 1901, 1928 y 1940— que ha tenido la República, o sea que ha sido pecador impenitente contra la patria, por omisión, voy ahora a discurrir sobre el otro gran relajo por el Congreso protagonizado: el daño que a la república ha hecho por acción, o sea, por abuso y extralimitación de sus deberes y funciones.
En este sentido, su historia durante los cuarenta y ocho años que tiene de vida se reduce a una inactividad de largos meses en numerosas legislaturas, o a una labor realizada con fines meramente personales y políticos, o a votar de tarde en tarde, leyes elaboradas festinadamente, sin preparación ni estudio.
Ninguna de nuestras leyes orgánicas se las debemos al Congreso. Fue necesario que pasáramos, primero por la vergüenza de un gobierno provisional norteamericano, para que una Comisión, por él designada, de cubanos y norteamericanos, redactara las leyes orgánicas que hoy nos rigen; y, más tarde, por el sonrojo que un norteamericano, Mr. Crowder, orientara y dirigiera un Código Electoral, que después el Congreso aprobó sin leer, sometiéndose dócilmente a la imposición extranjera.
El Código de defensa Social, único, total y armónicamente nuevo de que goza la República, no se lo debemos al Congreso. En uno de los eclipses de éste, a consecuencia de trastornos políticos, el Consejo de Estado, organismo que en 1936 desempeñaba funciones análogas, discutió y aprobó el referido Código de defensa Social, redactado por la Comisión de reformas Jurídicas y políticas de dicho Consejo.
Por el contrario, la labor politiquera, anticonstitucional, antipatriótica y antidemocrática del Congreso, es enorme… un relajo desconchinflante y despampanante.
El Congreso fue culpable directo, en 1906, al no reunirse para elegir, de acuerdo con la Constitución, un presidente provisional, en vista de las renuncias del Presidente estrada Palma, el vicepresidente Menéndez Capote, y los secretarios de Despacho, de que la República se quedara sin gobierno, los norteamericanos se vieron obligados a intervenir y sufriéramos un gobierno provisional extranjero, el del funesto Magno.
El Congreso legalizó la reelección que el general Menocal perdió en los Comicios, y sancionó, proclamándolo Presidente, las bravas, fraudes y atropellos que en aquellas elecciones se cometieron; y lo más asombroso es, que esa proclamación se pudo hacer gracias al apoyo que a la misma prestaron los congresistas del Partido Liberal, al que se le había despojado de la victoria que alcanzó en las urnas.
El Congreso ha vivido casi siempre sometido al Presidente de la República, llegándose en ciertas épocas al extremo de ser en Palacio donde se han redactado algunas leyes que después las Cámaras aprobaran mansamente.
El Congreso, en una época difícil, no supo velar por sus verdaderos fueros, y permitió que s ele secuestrara, al salir de la Cámara, a un representante, Alberto Barreras, y permaneciese secuestrado en la Cabaña, sin que el Congreso reclamara el respeto a lo que sí era atropello a la justa inmunidad parlamentaria. Hasta que un buen día, cuando el Presidente quiso, aquel representante fue puesto en libertad.
El Congreso sabiendo que uno de los cánceres que corroe la República cadena que a él, Congreso, lo esclaviza al jefe del Estado, es la Renta de Lotería, no ha querido suprimirla cada vez que se le ha planteado el problema.
El Congreso ha aumentado en varias ocasiones los sueldos de sus miembros, ya en forma de gastos de representación, ya de puestos de empelados más o menos imaginarios, ya de «perchas» a otras leyes, ya disfrutando de jugosas prebendas y beneficios.
Una de las ramas del Congreso —el Senado— llegó al relajo chabacano y pesetero, en la desaforada codicia de sus miembros de arrasar con toda la nómina del Cuerpo para repartirla casi íntegra —a propuesta de un tan «honestísimo» como «preclaro» intelectual—  entre todos los senadores. Hasta el material de oficina y el de limpieza fue devorado, y es devorado todos los meses por el hambre incontenible de los «honorables» «padres de la patria». Todo va a parar a sus estómagos inconmensurables: tintas, lápices, papel, escobas, plumeros, cubos, creolina, salfumante, tátaro… hasta las escobillas para destupir los inodoros  y el papel sanitario de los mismos. (Lector creas o no creas este bárbaro relajo… es rigurosamente cierto, y aún me he quedado corto, pues se me olvidó decir que, no conforme con tragarse, equitativamente repartidos, todos esos créditos, también le entran al destinado al sostenimiento reparaciones de los elevadores y al de los empleados ascensoristas, por lo cual los elevadores rara vez funcionan, teniendo que utilizar los de la Cámara de Representantes).
No se crea que este afán de fuero de que hacen gala los congresistas es sólo de estos corruptos días que malvive la República, ni privativo de politiqueros y politicastros.
El relajo es viejo, aunque nunca ha sido tan desaforado como en la hora de ahora. En aquellos tiempos en que José Antonio González Lanuza, entregaba mensualmente, para compra de libros con destino a la Biblioteca de la Cámara, los $200.00 de sobresueldo que se impusieron los representantes, y renunció en 1915, a su acta por impedirle sus ocupaciones particulares asistir a todas las sesiones, y «tener la convicción, lenta y penosamente adquirida, de que mi presencia en la Cámara, al producirse los indicados quebrantos, no me ofrece en compensación la conciencia de que ella será provechosa»; en aquellos tiempos, repito, en que González Lanuza dio tan admirables ejemplos, no faltó más de un señor representante, alguno de ellos autobombeado como preclaro hombre de letras y ciencias  y orientador de civismo, que poseso de tanta ira patriótica, no volvió a asistir más a las sesiones de la Cámara, pero todos los meses recogía sus cheques del sueldo y el sobresueldo.
El Congreso, en 1927, vendió al dictador de turno, votó una ley antijurídica y antidemocrática, por la que se trató de cubrir con deficientes reformas constitucionales, la prórroga, por dos años más, que a sí mismos se concedieron los congresistas, realizándolo así para cobrarse el haber aprobado la reelección, mediante la prórroga de poderes, del dictador.
Aprovechando ese relajo los congresistas redujeron el quorum necesario para abrir las legislaturas y las sesiones, con el pretexto de viabilizar la labor del Congreso, pero en realidad lo que facilitaron fue: la vagancia de los congresistas, permitiendo que el Congreso pudiera funcionar con una minoría, y dejara de asistir la mayoría botellera; y también, que un partido de mayoría o de gobierno, que hubiera realizado unas elecciones fraudulentas, no necesitase contar con las minorías para proclamar a sus candidatos.
Y por culpa del Congreso se consolidó la dictadura, con toda su trágica secuela de desafueros y crímenes, y surgieron, como escoria entre un grupo de verdaderos, nobles y desinteresados revolucionarios, los centenares de revolucionarios de pacotilla —robolucionarios—  y de apóstoles… millonarios que todavía padece la República.
Y cuando hace crisis el régimen dictatorial, con la intervención de Summer Welles, enviado especial del presidente Roosevelt, como mediador entre el gobierno y los sectores oposicionistas, el Congreso volvió a cometer el pecado de lesa patria de no salvar al país del nuevo bochorno de una intervención extranjera, preocupados tan sólo sus miembros de conservar sus sueldos, sus sobresueldos y granjerías, todo lo que perdieron, al cabo, cegados por su estúpida codicia rapiñera, al ser disuelto el Congreso, caído el dictador, el 24 de agosto de 1933, por decreto del entonces presidente de la República Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.
Celebradas nuevas elecciones y constituido el Congreso el 6 de abril de 1936, el senado se abrió al nuevo dictador, entonces, militar de turno, al destituir, constituido en tribunal, al presidente de la República doctor Miguel mariano Gómez, por sentencia dictada en 23 de diciembre de aquel año, la que fue anulada por el Congreso, en tardía rehabilitación moral, después de fallecido aquél, el 26 de octubre último. El delito que cometió el presidente Gómez, según el juicio mercantilizado de los congresistas que apoyaron su destitución, fue el veto puesto a una ley que convenía al dictador, y que el Congreso reconsideró en acto de sumiso lacayismo a quien entonces era el Mandamás político y gubernamental. 
Eso es, en líneas generales lo que la República debe al Congreso. Lo cual no quita que se encuentren, como piedras preciosas perdidas entre tanto fango, algunas leyes buenas y útiles, ni que en el Congreso, en todas las épocas, en mayor o menor número, hayan figurado y figuren congresistas ilustres por su honorabilidad, su patriotismo, su preparación y su inteligencia. En esta crítica, que no es realmente sino simple y llana historia de los hechos acaecidos, no nos mueve el apasionamiento ni la hostilidad, ni el afán de censura contra el Congreso, sino, por el contrario, el convencimiento arraigado que tenemos, pese a los gratuitos y actuales detractores que en todo el mundo tiene hoy el Parlamento, de la misión y el papel importantísimo y trascendental que las asambleas de verdadera representación popular, funcional, técnica y cualitativa deben desempeñar en los Estados modernos de régimen representativo y republicano; y al convencimiento que tenemos de lo necesitada que está nuestra patria de un verdadero Parlamento que represente, interprete y satisfaga las necesidades todas del pueblo de Cuba en sus diversas clases sociales, políticas, económicas, agrícolas e industriales; y porque creemos también que es en las asambleas populares, debidamente organizadas y efectivamente representativas, donde puede hallarse el remedio para los grandes males que al mundo civilizado ocasionan los gobiernos unipersonales.
Se dice que la democracia está en crisis o ha fracasado, cuando la verdad es que en muchos pueblos no se ha puesto en práctica jamás y es letra muerta de constituciones y leyes, y en otros se han burlado sus principios y sus fines por camarillas audaces e iletradas. En la quiebra real y efectiva de los parlamentos, tal como están hoy generalmente organizados, se quiere ver también el descrédito del sufragio universal y del sistema de gobierno representativo; y uno y otro, con la abolición de los privilegios, constituyen las tres conquistas de los tiempos modernos, humanas, indispensables, naturales e indestructibles. Las tres son el grandioso y firme paso de avance que ha dado la Humanidad desde la Revolución Francesa, sin que pueda pensarse en retroceder, porque cualquier retroceso en este sentido no indicará nunca mejoramiento sino atraso, progreso sino reacción. Lo que sí ha fracasado es la forma de hacer efectiva la representación popular, y el mal de muchos parlamentos consiste, precisamente, en que no representan nada, en que son una burla de la democracia, caricaturas ridículas, falsas, deformes, del sufragio universal.
No se vean pues —Honni sois qui mal i pense— en nuestras palabras sobre el Congreso cubano, odio, rencor, intransigencia, oposicionismo, injuria ni calumnia contra ese poder importantísimo del Estado, ni contra personas determinadas, sino por el contrario, la defensa más calurosa que pueda hacerse de los fueros, prerrogativas, derechos y atribuciones y también deberes, de ese cuerpo representativo, de su prestigio y engrandecimiento para que llene totalmente la misión trascendental que debe desempeñar en una república democrática como la nuestra.

Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 31(53): 89-90; 31 de diciembre de 1950

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.