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 Acerca de la pasión por el baile, «nota sobresaliente del carácter y costumbres cubanos de todos los tiempos y de todas nuestras clases sociales», comenta en esta ocasión el articulista quien, además, cita las reflexiones que sobre el tema hicieran algunos escritores y hasta un viajero de paso por La Habana.

«… el baile enloquecía a nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos, mucho más que  hoy entusiasma a sus tataranietos, bisnietos y nietos».

Leyendo y releyendo —con las acotaciones marginales de que no puede prescindir quien, desde hace años y años, se ve forzosamente privado del placer de la lectura, como simple esparcimiento del espíritu, pues ha hecho de los libros elementos indispensables del trabajo diario— la interesantísima obra que acaba de publicar Horacio Ferrer médico ilustre y ciudadano ejemplar —Con el rifle al hombre—  en la que rememora sus andanzas patrióticas en la Revolución Libertadora y en la República, tropiezo, en el capítulo titulado ¡La Paz!, con el emocionado relato de la ocupación, por las fuerzas mambisas, al mando del brigadier Clemente Gómez, de las poblaciones de la provincia de Matanzas que iban siendo evacuadas por las autoridades y tropas españolas, después que el 24 de agosto de 1898, el Consejo de Gobierno de la República en Armas, dio por terminada la guerra contra España.
El 12 de septiembre abandonó la Brigada Norte del Ejército Libertador, de la que Horacio Ferrer, de 22 años, era jefe de Estado Mayor y gozaba de toda la confianza del brigadier Gómez, su campamento de guerra de Las Palizadas, en los breñales de San Miguel de los Baños trasladándose al demolido ingenio La Rosa, del patriota venerable Cristóbal Madan, a un kilómetro de Jovellanos.
Después de tres años y medio de durísimo guerrear, fue la casa de vivienda de dicha finca, el primer lugar civilizado que pisaron aquellos heroicos soldados de la libertad. «!Que cambio tan radical —comenta Ferrer— en nuestra vida! Ahora nos alojamos en la casa de vivienda del señor madan: hacíamos burla de los aguaceros que caían a media noche; dormíamos en camas, comíamos sentados a la mesa y abundaban los obsequios de las familias de Jovellanos. Habíamos salido de la barbarie para penetrar en la vida civilizada».
En esa finca y en los pueblos de Unión de Reyes, Limonar, Cidra, corral Falso, Navajas y Alacranes, recibieron el entusiasta homenaje «de la población civil que en todas partes vibraba de alegría por la conquista de la libertad. Efusivas recepciones, banquetes suculentos y encendidos discursos que duraban dos o tres horas.
Horacio Ferrer pondera que era el baile el final obligado y anhelado de todos aquellos obsequios. Como buenos criollos, las horribles penalidades y privaciones de la guerra, sólo habían adormecido la pasión por el baile, nota sobresaliente del carácter y costumbres cubanos de todos los tiempos y de todas nuestras clases sociales.
El pueblo matancero los obsequió con una excursión a Varadero: «Iba la mejor sociedad, y de más está decir que la fiesta terminó en un baile». En Corral falso, patria chica del brigadier Gómez, después de un espléndido banquete en el Ayuntamiento, «por la noche en el mismo local, bailamos hasta el amanecer… Cimarrones nos recibió el 21; pasamos toda la noche en brazos de Terpsícore, y a las ocho de la mañana del día 22, sin haber pegado los ojos, partimos para Cuavitas, en cuyo pueblo entramos a las cuatro de la tarde, repitiéndose las manifestaciones de alegría y frenesí».
Preciosas observaciones éstas de Horacio Ferrer, para el crítico de costumbres, que he querido recoger como oportuno preámbulo a estas cuartillas consagradas a presentar a mis compatriotas, lectores de Carteles —seguramente bailadores empedernidos, como cubanos y cubanas de pura cepa— los gloriosos blasones de nuestro desbordado e incorregible entusiasmo por el baile, de que, no hay duda alguna, habrán dado pruebas sobresalientes en estos últimos carnavales.

Efectivamente, el baile enloquecía a nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos, mucho más que  hoy entusiasma a sus tataranietos, bisnietos y nietos. Estudios, deportes, teatros, cines, playas, han contribuido a diversificar los modos de expansionarse, entretenerse u ocuparse a los cubanos de nuestro tiempo, sin que ello indique, desde luego, que hayan abandonado el baile, pues éste continúa mereciendo, con el juego, la devoción de los criollos contemporáneos. Pero ayer era natural que los cubanos se consagraran casi por completo al juego y al baile, ya que los gobernantes españoles, como los antiguos déspotas romanos en el circo, procuraban embotar los sentidos de sus súbditos, sumiéndolos en la ignorancia y enviciándolos con el baile y el juego. «Nada de escuelas para los artesanos —exclama Luis Victoriano Betancourt—; nada de bibliotecas abiertas, nada de gimnasios públicos, nada de educación sólida para la mujer, pero en cambio juegos de billar, juegos de toros, juegos de gallos, juegos de barajas, juegos de sacristía. Y luego bailes de día, bailes de noche, bailes de invierno, bailes de verano, bailes campestres, bailes urbanos, bailes ayer, hoy, mañana, tarde, temprano, ahora, luego, bailes aquí, allí, acullá, cerca, lejos, bailes así, bien, mal, desvergonzadamente; bailes de celdita, de cachumda, de cangrejito, de guaracha, de repiqueteo, de rumba, de chiquito abajo, bailes, en fin, modificados por todos los adverbios y calificativos por todos los adjetivos de los diccionarios todos».
Ya en 1598, según una descripción que reproduce en su historia Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna, José María de la Torre, ya se bailaba en esta población.
«Los bailes y diversiones de La Habana —dice— son graciosos y extravagantes, conservan todavía los primeros la rudeza y poca cultura de los indígenas, y las segundas la escasez y ningunos recursos de una población que comienza a levantarse. Hay en esta villa cuatro músicos que asisten a los actos a que se les llama, mediante un precio convenido. Son estos músicos: Pedro Almanza, natural de Málaga, violín; Jácome Viceira, de Lisboa, clarinete, Pascual Ochoa, de Sevilla, violón; Micaela Gómez, negra horra, es decir, libre, de Santiago de los Caballeros, vihuelista, los cuales llevan generalmente sus acompañados para rascar el calabozo y tañer las castañuelas».
Parece que el entusiasmo por la música en aquel entonces era tan extraordinario, que estos cuatro músicos no daban abasto para satisfacer las demandas de los bailadores, y con ese motivo, no sólo se hacían rogar, sino también pagar y… no quedaba más remedio que complacerlos a trueque de no bailar. En la nota de referencia se califica de exorbitante la paga que exigían y además, había que «llevarles cabalgadura, darles ración de vino, y hacerles a cada uno, también a sus familiares, además de lo que comen y beben en la función, un plato de cuanto se pone en la mesa, el cual se lo llevan a sus casas, y este obsequio llaman propina de la función».
En el Papel Periódico de la Havana de 25 de noviembre de 1792, encontramos el inicio de una curiosa polémica sobre el baile. José de la Havana, lo defiende, alzando su voz «contra los enemigos de todo bayle». Da «la idea de un buen bayle», detallando cómo cree debe asistirse a los bailes, presididos «por un magistrado elegido por la concurrencia y asistiendo los padres y mayores “para velar sobre sus hijos”, proponiendo, finalmente, “que todos los años en el último bayle la señorita que se hubiera portado con más modestia y gracia, y que hubiese agradado más a todos según el juicio del Parque, fuera honrada con una corona de mano del magistrado, y distinguida con el título de Reina del Bayle, que llevará todo el año». Esta ingenua defensa es rebatida le día 9 por Miguel de Cádiz, que exclama: «!Ay Habana mía, yo te amo con el más puro afecto y tú eres toda mi alegría! No permita Dios que des entrada a un establecimiento tan pernicioso!». En 30 de diciembre Pedro de Lojaysar, dice que en el baile entre hombres y mujeres se excita «el deleite que trae consigo esta unión, con exposición a graves daños». José Follotico, como empresario de bailes, trata de publicar el programa de los que piensa ofrecer, aunque sólo logra la inserción de anuncios como éste que aparece en diciembre 30: «Se avisa a los señores abonados que este domingo 30 hay bayle, y el día 1º con un gran concierto vocal e instrumental», sin que parezca indicado el lugar de la diversión.
José Joaquín Hernández, en sus Ensayos Literarios, publicados en colaboración con Francisco Baralt y Pedro Santacilia, en Santiago de Cuba, en 1846, al describir las costumbres de Cuba a fines del siglo pasado, dice que no había en aquella remota época, como cuando escribe, una Sociedad Filarmónica donde reunirse a bailar o cantar, «pero en cualquier día se reunían unos cuantos jóvenes y hacían una ponina y ya estaba el baile armado… en los baile son se reparaba que se presentara una joven con el vestido que había llevado al anterior, ninguna iba cargada de brillantes y piedras preciosas… el airoso minuet formaba las delicias de la generalidad y era el tormento de algunos bailadores, y la contradanza francesa, que luego se introdujo y que tanto hacía lucir: ahora veía el rigodón que se baila caminando y la voluptuosa danza, como la llaman ustedes, con esa sandunga, que, a la verdad… no me gusta… El traje serio que usaban las mujeres sólo se componía de las enaguas de algún jénero de seda y de la camisa de batista tan fina que casi era transparente… no se conocía el piano… los enamorados salían a mamarrachear a caballo, llevando delante la señora de su pensamiento sin que esto diera que decir».
Refiere el mismo autor que, con el transcurso de los años se fue refinando la vida social.
Fue entonces cuando llegó a su apogeo, por decirlo así, entre las damas, el cultivo del divino arte de Rafael y el Tiziano, como complemento del adorno femenino.
Llegamos con esto al que podemos llamar el reinado de la cascarilla, que se extiende y propaga de tal manera, que aún los sesentones de hoy la hemos alcanzado, desempeñando un papel importantísimo en el tocador de nuestras abuelas.
Había dos clases de cascarillas: las de huevo y de caracol. La última era la preferida por las damas, porque pegaba y blanqueaba más.
El agua blanca, apenas se conocía y el carmín no lo usaban más que las que estaban pasándose de tiempo.
El uso, dice José J. Hernández, a que generalmente está destinada la cascarilla, es «a quitar la grasa del cutis, pero sirve este medio como de excusa y parapeto, al verdadero: al de blanquear. Sin embrago, aún no he encontrado una señorita bastante franca que me haya confesado que la emplea para lo último. Yo lo creo, como que esto es mirado por ellas como un delito y que no falta quien ridiculice ese prurito que tienen muchas de ser blancas, mal que pese a la naturaleza».
Entre los jóvenes, la cascarilla usada por las damas dio lugar a protestas ruidosas, pues en los bailes, con la agitación y el movimiento, la cascarilla iba pasando lentamente del rostro de las damas a la casaca de los galanes, que, al terminarse la danza, quedaban completamente blanqueados. Para tener partido en los bailes, se necesitaba no sólo ser buena bailadora, sino también blanquear a sus compañeros lo menos posible.
De ahí que las muchachas, apenas notaban que su compañero sacudía la casaca o cuchicheaba con alguien, se acercaban disimuladamente a cualquier amiga, entablándose entonces este diálogo que cita Hernández:
—¿Tendré mucha?
—No. ¿Y yo?
—Aquí, de este lado, tienes un bigote— le contestaba la amiga; aplicándose aquélla, al instante, el pañuelo al lugar indicado.
Ahora podrán explicarse nuestros lectores, por qué de las cubanas de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX se afirmaba que se desteñían, llamándolas también, por la causa antes indicada mancha casacas.
Buenaventura Pascual Ferrer en su Cuba en 1798, afirma que la diversión del baile, «casi toca en locura», pues «había diariamente en la ciudad más de cincuenta de estas concurrencias y como son todas a puerta abierta, los mozos de pocas obligaciones suelen pasar en ellas toda la noche. No se necesita ser convidado ni aún tener conocimiento alguno en la casa para asistir; basta presentarse decentemente para bailar. En la plaza mayor hay una casa pública destinada para este efecto donde se concurre por suscripción. Asisten a ella las familias más distinguidas del pueblo, y hay varios cuartos destinados para bailar, refrescar, jugar, etc.».
El Vizconde D´Hespel D´Harponville en La reine des Antilles, recoge la impresión que le produjo el entusiasmo por el baile en Cuba el año 1847: «El baile, de que gustan con pasión, es la ocupación favorita de la juventud. El año entero es un solo baile y la isla un solo salón. Cuando no se baila en las casas particulares o en los pueblos de temporadas, se baila en la propia casa de la familia, muchas veces sin piano ni violines y con sólo el compás de la voz de los bailadores».
Y, así, cuantos costumbristas o viajeros han escrito sobre la vida cubana en cualquiera de sus épocas —Cirilo Villaverde, Juan Francisco Valerio, Luis Victoriano Betancourt, etc., entre los primeros; la Condesa de Merlín, Antonio de las Barras y Prado, Samuel Hazard, etc., entre los segundos— describen y critican esa pasión desenfrenada que por el baile sienten los cubanos, y cómo aprovechan todas las ocasiones de pretexto para organizar un bailecito, un guateque.
Y el Carnaval provocaba la celebración de unos cuantos bailes más a los bailes que cotidianamente se celebraban en las restantes épocas del año.

 

Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 31(17): 82-83; 23 de abril de 1950

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.