Imprimir
Visto: 4033
 En esta primera entrega de tres el articulista nos cuenta «visité de nuevo este año pasado, en NocheBuena, la colonial y legendaria, bien amada de sus hijos y acogedora ciudad de San Juan de los Remedios y presencié sus típicas y famosas parrandas».

Los historiadores y costumbristas remedianos Facundo Ramos, en su libro Cosas de Remedios, Othon García Catarla, en sus Tradiciones Remedianas, y Carlos A. Martínez Fortún y Foyo, en el folleto Las Parrandas de Remedios, convienen en que la celebración de las Pascuas constituye la tradición mas típica de Remedios, siendo imposible precisar la fecha en que comenzó.  

Y tal como ofrecí a los remedianos y a los lectores de Carteles visité de nuevo este año pasado, en Nochebuena, la colonial y legendaria, bien amada de sus hijos y acogedora ciudad de San Juan de los Remedios y presencié sus típicas y famosas parrandas.
No podía sospechar cuando a comienzos de año dediqué a Remedios cinco artículos en estas páginas que el haber hecho justicia a sus riquezas históricas y a sus bellezas naturales, puesto de relieve las virtudes cívicas de sus hijos y mostrado -mi agradecimiento por las cariñosas atenciones que todos me dispensaron durante los gratísimos días que permanecí allí, fueran motivos suficientes para que se me otorgase el título de hijo adoptivo de la ciudad que, aunque dispensado con largueza por muchos municipios a políticos y gobernantes de turno, en el caso mío lo interpreté como una muy señalada prueba de que había sabido captarme el afecto y las simpatías de los remedianos, mereciendo el más preciado galardón que pueden otorgar los hijos que verdaderamente aman a su madre: el de hermano. Comprendo y aprecio, pues, en todo cuanto significa y vale ese título de remediano adoptivo que se me ha otorgado y procuraré hacerme digno de él queriendo a Remedios y laborando por su felicidad, progreso y engrandecimiento como si hubiera nacido en el barrio de San Salvador o en el del Carmen. Pero sépase bien que mi amor y mi entusiasmo por Remedios han de ser constructivos porque considero que no es cerrando los ojos a defectos y males como bien se sirve a la tierra amada sino descubriendo y señalando honradamente sus necesidades, con el propósito de satisfacerlas cumplidamente. Y es así como actúan mis conterráneos, los remedianos nativos.
Cumplido este deber de gratitud y hecha mi profesión de fe remediana, pasaré a hablar de las parrandas de Nochebuena:
Y como esa costumbre ofrece un interés folklórico extraordinario y constituye un espectáculo de singular atractivo para el turismo nacional y extranjero, además de las notas que tomé, he recogido, con la ayuda de generosos amigos, entre los que figura en primer término Pedro Capdevila, numerosos datos y antecedentes, todo lo que daré a conocer en varios artículos, escritos con la pretensión de que sea éste el trabajo más completo de los hasta ahora publicados sobre las parrandas remedianas.
Los historiadores y costumbristas remedianos Facundo Ramos, en su libro Cosas de Remedios, Othon García Catarla, en sus Tradiciones Remedianas, y Carlos A. Martínez Fortún y Foyo, en el folleto Las Parrandas de Remedios, convienen en que la celebración de las Pascuas constituye la tradición mas típica de Remedios, siendo imposible precisar la fecha en que comenzó, aunque el erudito remediano, ya fallecido, Emilio Ayala afirmaba que las parrandas tuvieron su inicio a mediados del siglo pasado y García de Caturla estima que el propio Ayala fue uno de los parranderos, allá por los años  1862 o 1864, pero que de las parrandas no se tienen noticias hasta el año 78. La celebración de las Pascuas abarcaba tres aspectos: las misas de aguinaldo, desde el 16 al 23 de diciembre, la fiesta de Nochebuena, el día 24, y las parrandas propiamente dichas, que anunciaban y valorizaban aquellas y estas.
Todas estas celebraciones han ido evolucionando y modificaciones a través del tiempo.
Las misas de aguinaldo tenían lugar en los días señalados a las cuatro de la madruga. Se celebraron primero en la demolida ermita de San Salvador oficiando según Ramos, unas veces el padre Francisquito y otras el Padre José Francisco Rodríguez. La ermita era adornada bellamente y veía colmada de asistentes, de modo especial vecinos del barrio de San Salvador, en que se hallaba enclavada.
¿Cuándo y por qué nacieron las parrandas como complemento de las misas de aguinaldo?
Anunciadas estas últimas al público, como es costumbre hacerlo de otros actos religiosos, a toque de campana, llegó un momento en que los primitivos repiques se consideraron insuficientes para dar el aviso a toda la ciudad, o el ruido del campaneo a hora tan temprana provocó en algunos el irresistible deseo de aumentarlo. «Grupos nutridos de muchachos -dice García Caturla—, de jóvenes y muchos viejos divertidos, desde muy temprano andaban deambulando por las calles, haciendo ruido con todos los instrumentos que para ello tuvieran a mano, a fin de despertar al vecindario y recordarle la misa que se iba a celebrar». Los instrumentos ruidosos que utilizaban eran, especialmente, almireces, fotutos, matracas, güiros, pitos, gangarias, latas, quijadas, rejas de arado, tamboras.
El estrépito que ocasionaban llegó a alcanzar grandes proporciones y a prolongarse durante tanto tiempo que impedía dormir a los vecinos. Formulada la queja ante el alcalde Joaquín Antonio Vigil, dictó un bando prohibiendo la salida de los parranderos hasta la hora en que comenzaba la misa, las cuatro de la mañana. Durante la celebración de aquella –agrega García Catarla- «los parranderos esperaban silenciosamente agrupados en los alrededores de la iglesia para comenzar verdaderamente las parrandas una vez terminada aquella»
Martinez Fortun y Foyo da como fecha de esta denuncia el año que retrotrae a la primera mitad del siglo XIX el inicio de las parrandas y señala el nombre del denunciente: el regidor Genaaro Maniega, que oficiaba de procurador general.
Estás espontáneas pero desordenadas manifestaciones populares
con el correr del tiempo, quienes se ocuparan de organizarla
y metodizarla: José Celorio y Cristóbal Gili (a) «El Mallorquín».
«Ambos a dos—dice Ramos—tuvieron habilidad suficiente no sólo para perpetuar las costumbres de las misas de aguinaldo, sino para darles un nuevo carácter para imprimirles una nueva atracción y simpatía que aplaudió y celebró todo el vecindario».
Celorio era un comerciante campechano, bondadoso y jaranero, ídolo de la muchachería, a la que obsequiaba con galletas, café y otras golosinas y les organizaba fiestas, excursiones y parrandas, que él presidía marchando, en estas últimas, a la cabeza con un gran farol, mientras los muchachos, provistos de latas, atronaban el espacio con ruido ensordecedor.
Gili —al decir de García Caturla—era más comedido que Celorio en la celebración de las parrandas, pero protegía igualmente a los muchachos de su barrio y los organizó, distinguiéndose por los espléndidos regalos que hacía en las fiestas.
El primero ya había muerto por el año 1932 en que Ramos publicó sus Cosas de Remedios, y el segundo vivía en aquella época en la ciudad, aunque García Caturla en sus Tradiciones Remedianas, de la misma fecha; dice que, rico, se retiró a las Palmas, «recordándose mucho allí de Remedios y sus fiestas, agregando que fue un gran amigo del patriota remediano Alejandro del Río y Rodríguez.
Dicho historiador precisa así la labor que realizaron Celorio y Gilí:
«No fueron los iniciadores de las parrandas como se ha creído hasta hace poco. Ellos lo que hicieron encauzar, canalizar las parrandas para darles una estructura durable estableciendo la dualidad de barrios, que hiciera surgir la pugna, la competencia engendradora ansias superadoras y de triunfo, limpiando poco a poco las fiestas de elementos groseros y dándoles un carácter mas refinado».
Los cinco barrios antiguos de Remedios, El Carmen, San Salvador, La Bermeja, Camaco y la Laguna quedaron refundidos en los primeros, que deben sus nombres a las ermitas que en ellos existían, demolida la de San Salvador en 1926, y la Carmen nunca llego a terminarse.
Pero antes que cristalizara esa división, existieron los dos bandos de celoristas y mallorquines, por los mencionados animadores de parrandas.
Los vecinos acudían presurosos al reclamo de los parranderos invadiendo el templo en la madrugada de los días en que se celebraban las misas de aguinaldo.
«Con tan alegre y simpático motivo –comenta Ramos- las muchachas salían a pasear la mañana, los jóvenes las acompañaban y todo el vecindario gozaba como podía en tan ruidosas y frías alboradas. Las plazas y calles se llenaban de gente lo mismo que los cafés, tiendas y bodegas».
Entre celoristas y mallorquines se organizaban concursos de latas, concediéndose por el pueblo espectador la victoria al que más
ruido metiese.
Los nombres de celoristas y mayorquines fueron dándose al olvido para dejar paso a los barrios de San Salvador y el Carmen; las latas y otros instrumentos rústicos de hacer ruido fueron sustituidos por guitarras, bandurrias, acordeones y otros instrumentos musicales; los faroles se multiplicaron y perfeccionaron; aparecieron los fuegos artificiales; se introdujeron los llamados trabajos de plaza, verdaderas obras de arte, simbólicas unas, representativas otras de edificios, monumentos, etc., nacionales o extranjeros; y también las carrozas, no menos artísticas y a las que da aun mayor realce la presencia de lindas muchachas, hilas de personalidades destacadas en cada uno de los barrios contendientes.
Las insignias de los barrios son, desde antaño: un gallo, que representa a San Salvador, y una qiaba, al Carmen, que ostentan en lo alto de un palo, más las respectivas banderas.
Los barrios y sus simpatizantes son conocidos por Sansari y Carmelitas.
Aunque, según queda dicho, las parrandas y misas de aguinaldo comenzaban el 16 de diciembre hasta el día de Nochebuena. García Caturla advierte que algunos años han salido con mucha anticipación y en 1902 salió el Carmen el día 10 de octubre.
Desde las primeras horas de la noche cada barrio preparaba su parranda y alrededor de las cuatro de la madrugada recorrían las calles, hasta la iglesia, tocando sus himnos o el alegre «no hay quien pueda», u otros aires semejantes. Se situaban a ambos lados de la puerta de la iglesia a esperar terminase la misa y entonces desfilaban, dirigiéndose a cada uno de sus barrios. Durante la misa se cantaban pastoriles villancicos. Las muchachas lucían sus chales y abrigos. El pueblo, en todas sus clases sociales, colmaba calles y plazas, los cafés, tiendas y portales de las sociedades.
Ramos, comentando la alegría de estas fiestas populares, exclama: «Cuantas citas amorosas! ¡Cuántos coloquios tiernos y dulces quejas! ¡Cuántas bromas y cuánta alegría!... Todo era entusiasmo, paz, bulla, animación, contento, francachela, buen humor, risas, música, amono, alegres paseos, grato solaz, jolgorio, rumba, ruido y gozo general en este pueblo durante los días de las misas de aguinaldo».
Apunta García Caturla que durante los años de las dos guerras libertadoras decayó notablemente la animación de las parrandas o no se celebraron éstas. Ha influido también en la brillantez de las parrandas, como es natural, la situación económica de los remedianos.
Ese cronista afirma que últimamente, hacia 1932, sólo se han celebrado las parrandas el día 16 y, desde luego, el día de Nochebuena.
Enrique Serpa y yo, invitados a presenciar las parrandas de la última Nochebuena y a recibir el título de Hijo Adoptivo, tuvimos también el honor de que, en obsequio nuestro, nos fueran a saludar a la llegada del tren, parrandistas de los dos barrios, con sus músicas, banderas e insignias, acompañándonos hasta la Plaza Mayor o Parque de Martí.
Como al final del famoso diálogo Los Dos Barrios, que escribió Facundo Ramos en 1904 y fue representado en el teatro de la sociedad La Tertulia, por esa singular distinción, muy reveladora de la inalterable confraternidad remediana, me veo obligado a terminar este primer trabajo sobre las Parrandas de Remedios, cantando yo también:
«Viva el Carmen con fervor
y sus luces y banderas,
y vivan las guaracheras
del barrio San Salvador».

Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 6 de febrero de 1944

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.