Imprimir
Visto: 2255
 En esta ocasión el articulista nos comenta que «en estos momentos en que el mundo entero se debate por romper y aplastar la barbarie totalitaria, es hora oportuna para el recuento y la liquidación de sus males y vicios internos por cada uno de los pueblos que integran el bloque de las Naciones Unidas».
El articulista comenta sobre los males de la República y afirma: «en Cuba es mucho lo que está por limpiar, por adecentar, por sanear, porque abunda lo enfermo y podrido, lo abandonado y sucio».
 
En estos momentos en que el mundo entero se debate por romper y aplastar la barbarie totalitaria, es hora oportuna para el recuento y la liquidación de sus males y vicios internos por cada uno de los pueblos que integran el bloque de las Naciones Unidas, defensoras de la libertad, la democracia, la igualdad social, la civilización y la cultura, porque esta contienda universal no puede ser una simple lucha de potencias por el predominio político y económico mundial, sino que ella envuelve también la urgencia de una revolución, en cada país, por el mejoramiento y engrandecimiento de su respectivos pueblos; revolución de abajo a arriba o de arriba a abajo, cruenta o incruenta, según las peculiaridades nacionales y la gravedad de los males padecidos. No debe olvidarse que las Naciones Unidas pelean por una vida mejor, por el imperio de la cultura; por que la libertad y la democracia no sean meras palabras o vacuos conceptos, sino que tengan substancia y significados reales y efectivos. Especialmente las pequeñas nacionalidades, como Cuba, que no han de ser ellas las que ganen directamente, como las grandes potencias, la guerra, sí necesitan prepararse para ganar la paz, y para ello es indispensable que posean la fuerza que da la autoridad moral, la virtud ciudadana, la unión patriótica nacionalista por encima de banderías partidaristas, la consagración al trabajo, el afán de superación cultural, la capacidad en los que gobiernan.
Bien está y no puede faltar en la hora de ahora, la contribución bélica de las pequeñas nacionalidades, pero no menos indispensable para éstas es irse preparando ya para el momento trascendental de la paz, para la postguerra, poniendo en orden cada pueblo su casa, limpiándola, adecentándola, como hacen la familias en las vísperas de extraordinarios acontecimientos o visitas.
Y en Cuba es mucho lo que está por limpiar, por adecentar, por sanear, porque abunda lo enfermo y podrido, lo abandonado y sucio.
Es natural que empecemos por lo que más valor tiene y merece por ello especial atención y está más urgido de remedio: la juventud.
La juventud cubana está en crisis: crisis de educación familiar y escolar, crisis de dirección y buenos ejemplos, crisis de respeto a los padres, crisis de unión familiar.
La familia cubana, en todas las categorías sociales, se ha resquebrajado; el hogar casi ha desaparecido; los padres han perdido la autoridad familiar.
Desde luego, que hablamos en términos generales y dando por sentada la existencia de las excepciones…confirmatorias de la regla.
Factores económicos, cambio de costumbre, nuevas modas, utilización popular de inventos y descubrimientos científicos, superpoblación en las grandes ciudades y especialmente en La Habana, han transformado totalmente la vida familiar criolla.  
El viejo aislamiento de cada familia, recluida en su casa, grande o pequeña, pero hogar aparte, ha sido sustituido por la promiscuidad general. Si antaño, como ogaño las clases menesterosas de medio de fortuna y hasta de lo más indispensable para el vivir, sólo tenían y tienen por hogar el cuartucho infecto del solar y la ciudadela, hoy para la clase media y la pequeña burguesía, y también para muchas familias de posición acomodada, el hogar, en realidad, no existe, por obra y desgracia de esos solares y ciudadelas modernos que reciben los nombres más «distinguidos» de casas de vecindad o casas de inquilinato, casas de huéspedes y casas de apartamentos.
Como bien comprenderán los criollos que me leen, en ninguna de estas variedades de viviendas puede existir el hogar, la reunión permanente, íntima y estable de una familia.
Hace años señalé en un artículo escrito para una revista «exclusiva» de La Habana, la existencia de este fenómeno en la llamada alta sociedad, pues aun las familias adineradas emigraban de sus confortables mansiones e inmigraban en los clubs elegantes; y a tal extremo se registraba esa transformación, que poco después publiqué en el referido mensuario otro trabajo sobre la decadencia de los clubs: mientras antaño y en otros países el proceso de formación de un club estaba regido por la afinidad en dedicaciones, gustos, costumbres, etc., y el deseo de aislamiento, aquí, contemporáneamente, la superabundancia de socios en los clubs los convierte poco menos que en lugares públicos, a tal extremo que hoy un socio de muchos de esos clubs se siente mas aislado, rodeado de más personas afines, al transitar por una calle o cruzar por un parque o plaza de La Habana que en los salones de su club, y dentro de éstos, forzosamente, se producen los «grupos» y «grupitos».
No es que yo propugne la conservación, sin mudanza alguna, del viejo tipo de familia colonial. Muy lejos ello de mi carácter e ideas. Imposible también, por las transformaciones económicas y sociales modernas; por la participación de la mujer en el trabajo y su independencia, más o menos efectiva, de los padres y del marido; por los modernos inventos del automóvil, el teléfono, el radio, el cine; por la dedicación a los deportes... Pero es que algunos de esos nuevos elementos de vida e instrumentos de progreso son utilizados como factores de disociación y corrupción, y además no se cuida de encauzar debidamente la moderna estructuración de la familia ni el mejoramiento individual de sus miembros por la educación y la cultura, y muy por el contrario, sólo impera en las esferas gubernamentales, el abandono o la indiferencia total o el fomento y explotación del vicio, o se permite que los nuevos inventos científicos como el radio y el cine se pongan al servicio de los bajos instintos humanos, sin cortapisa alguna.
Mucho ha clamado por la desaparición de ciudadelas y solares, antros inmundos de imposible vida civilizada y hasta humana, donde como en corrales malviven uno y otro sexo, todas las edades, sanos y enfermos, mal alimentados. Esa promiscuidad es además engendradora de corrupción sexual y de la presencia permanente de los malos ejemplos y hábitos de los vecinos.
Pues análogamente ocurre hoy con las casas de inquilinato o vecindad, casas de huéspedes y de departamentos: «solares aristocráticos», como los llama el vulgo burlonamente. Las condiciones higiénicas no suelen ser mucho mejores, pues casi todas esas casas son antiguas grandes moradas, mal adaptadas a vivienda común de numerosas familias o individuos, con la simple construcción de unos cuantos tabiques que dividan los espaciosos comedores y las, y en las que un solo baño y servicio sanitario sirve para todos los huéspedes. Puede haber un comedor común o cocinar cada familia en su cuarto o ir a comer fuera o comer de «cantina» o de «tablero». El «tablero» es una «cantina aristocrática» o, mejor dicho vergonzante.
Las casas de apartamentos varían desde el apartamento integrado por la unión de varios cuartos, con baño y servicio sanitario independiente o no, dentro de una casa de inquilinato, vecindad o de huéspedes, y los apartamentos, más o menos lujosos, constituidos por dos o tres piezas, cocina y el inevitable y «distinguidísimo» baño intercalado, en casas de apartamentos especialmente construidas con esa finalidad. Las familias o los individuos viven independiente y aisladamente, pero en realidad no viven en la casa por la pequeñez de ésta: comen y duermen exclusivamente. Se nace en la clínica o quinta y en ellas se pasan las enfermedades. Las tiendas, los cines, los clubs, son los lugares de reunión y esparcimiento. La oficina, el comercio, la industria, los de trabajo de hombres y mujeres.
Esta moderna manera de vivir es, como se ve, la anulación del hogar, la desintegración de la familia, mientras muy pomposamente en nuestra última Constitución de 1940 se proclama que «la familia, la maternidad y el matrimonio tienen la protección del Estado». La autoridad paterna se va esfumando cada vez más. Y aunque la Constitución obliga a los padres «a alimentar, asistir, educar e instruir a sus hijos», como no da los medios para hacer efectivos esos deberes, los hijos, inquilinos de sol ares y ciudadelas, tienen que lanzarse a la calle, o son lanzados por sus padres, para buscar el pedazo de pan o el «quilito». Y como tampoco el Estado tiene escuelas para toda la población escolar de la República, los hijos se educan malamente o no se educan. Y como carecen de clubs, parques infantiles, etc., la calle es su hogar, su escuela y su lugar de esparcimiento.
Por otra parte, a pesar de que la Constitución impone también a los hijos el deber de «respetar y asistir a sus padres», el abandono de estos en los casos citados, y la ausencia, continua del hogar en los finos que viven en las casas de huéspedes, inquilinato, vecindad y apartamentos, han quebrado los antiguos lazos que unían a padres e hijos e impide la vigilancia permanente de aquellos sobre estos. En Carteles publiqué hace tiempo un articulo sobre la desaparición en el trato de los hijos con sus padres, del «papá» y la «mamá» respetuosos de ayer, por el confianzudo «papi» y «mami», de hoy, que habían tenido como preparación,, la adopción del tuteo de los hijos a sus padres. Se dirá que las palabras no hacen la cosa y que es laudable la existencia de una amistosa confianza entre padres e hijos. Exacto. Pero también es cierto que entre nosotros se ha producido un relajamiento en el trato de los hijos con sus padres, con la secuela de perdida de autoridad por parte de estos.
Hoy los padres no intervienen en las amistades de los hijos, que se contraen y desarrollan fuera de la existencia del hogar, ni en sus esparcimientos, y tampoco en su educación. Los que no pueden mandarlos a un colegio «de paga», tienen que conformarse con la escuela pública, abandonada y maltratada por Estado. Los pudientes creen que cumplen su misión paternal y se colocan a la altura o por encima de sus recursos económicos, enviándolos al colegio de mejor edificio, mayor número de ómnibus y más espectaculares fiestas deportivas.
El único aliciente que para los niños tiene su hogar es disponer del radio y poder escuchar libremente los episodios de aventuras de bandidos, pistoleros y otros
«héroes» modernos, o los juguetes cómicos a cuadros cortos de actualidad y... malas costumbres.
No hay películas para finos, pues las que a los tales se dedican son las de pandilleros o aventuras terríficas, dejándoseles que asistan a todas las demás propias de mayores, y sólo se califican de «para mayores» las de muy subido color rojo, verde y con punta.
Y los muñequitos no son exclusivos para pequeños y merecen la nutrida asistencia de los mayores.
Los golpes no han perdido su vieja preponderancia educativa familiar, desaparecidos solo de las escuelas. Los padres, los hermanos mayores y demás familiares son autorizados, con exclusión de aestro, para pegar. Y hay que dar golpes, a consecuencia de la malacrianza contumaz de los padres criollos
En Cuba ¿hay niños actualmente?
Casi podría contestarse que no. Los muchachos campan por su respeto, se visten de hombre o de mujeres. Lasniñas se dan colorete y pintan los labios. Los varones fuman, son mal hablados y maldicientes. Unos y otras saben hasta donde el jején puso el huevo. Antes se decía que los muchachos y muchachas salían malos por culpa de las malas compañías, hoy, además tienen, como peores compañías, el cine y el radio.
Y el héroe nacional por antonomasia es: Manuel García, «rey de los campos de Cuba».
Pero el tema no esta agotado, ni mucho menos. Hasta la semana próxima, pues por hoy si esta agotado el espacio de que dispongo.
 

Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 21 de febrero de 1943.

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.