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 En esta ocasión, el articulista responde a la interrogante: «¿En estos tiempos del cine, los teléfonos automáticos, las guaguas de dos pisos, el fox, las sayas por encima de las rodillas y los escotes llegando a la cintura, existen mujeres jóvenes que sean beatas?»

Sentadas estas premisas y su conclusión voy a describirte ahora, lector querido, una niña beata a la que llamaré Asunción.

Pero, ¿en estos tiempos del cine, los teléfonos automáticos, las guaguas de dos pisos, el fox, las sayas por encima de las rodillas y los escotes llegando a la cintura, existen mujeres jóvenes que sean beatas?
Tal será la pregunta que, sin duda, querrás hacerme lector o lectora, al leer el título que encabeza este artículo, porque no te explicas, seguramente, un contrasentido tan enorme y chocante, como es la existencia hoy en día, de niñas beatas. Y, sin embargo, aunque te parezca imposible o raro, sí existen en nuestro siglo.
Ahora bien, para que se dé en nuestros tiempos una niña beata que se requiere que concurran en la misma alguna o todas de las siguientes circunstancias.
1ra. Ser fea, y mientras más fea, más beata, fealdad de cara, y sobre todo de cuerpo. Es casi imposible que se dé el caso de una niña beata que tenga buenas formas; podrá tener el rostro agraciado y ser beata; pero la de curvas y turgencias tentadoras, ésa nunca lo será.
De esta premisa se deduce lógicamente que la causa primordial de la beatería en las jóvenes es la imposibilidad en que se encuentran de conquistar a algún hombre. La mujer joven que se considera apetitosa y se ve deseada por los hombres, jamás se dedica a la beatería porque esta profesión en el fondo no es sino el último recurso a que apelan las mujeres jóvenes en su necesidad de entregarse a alguien. Son despreciadas por los hombres, pues Dios en su infinita bondad y misericordia, las acogerá piadoso. Si los hombres, a su paso, vuelven la cara, o no se dignan mirarlas, pues los curas y sacristanes se verán obligados a contemplarlas, quieran o no quieran y, a veces, quieren, ¿cómo no?
2da. Alguna decepción amorosa: este estado de beatería es transitorio, pues solo dura el tiempo necesario para que vuelva el novio que la abandonó o aparezca uno nuevo.
3ra. Histerismo, neurastenia, etc. Es también transitorio. Desaparece la enfermedad, desaparece la beatería.
4ta. Camouflage para disimular, cuando ya se está llegando a ser solterona, el no tener novio. Se alega que no le gustan los hombres, o que son unos falsos y unos malvados, que solamente en Dios y la religión está la verdadera felicidad de la mujer... Pero, si un tipo cualquiera, aunque tenga antecedentes penales o merezca ser expulsado por indeseable, se fija en ella y le hace el amor, ¡Adiós beatería, religión y curas! ¡Si os vi no me acuerdo!
Resumen: Sólo hay un tipo permanente de beata: la fea, y aún ésta lo será sólo mientras no exista un tipo desesperado de la suerte o coleccionistas de fenómenos o rarezas, que le diga algo y trate de conquistarla.
Sentadas estas premisas y su conclusión voy a describirte ahora, lector querido, una niña beata a la que llamaré Asunción.
Educada desde muy joven por unas hermanitas, religiosas de no recuerdo que comunidad, pasó su niñez, consagrada por completo a los rezos y devociones piadosas.
Al salir del colegio, fue a vivir con una tía suya, beata solterona, en cuya casa continuó la misma vida mística de antes.
Muy de mañana, sin haber aclarado aún por completo, se dirige Asunción a la iglesia, vestida con sencillo traje negro sin adornos de ninguna clase, cubierta la cabeza con un velo y llevando en las manos dos o tres libros de misa y un rosario. Su andar es tranquilo, reposado; la vista siempre fija en el suelo; parca en el hablar; moderada en sus modales; por su carácter huraño y poco expansivo parece siempre como molesta consigo misma y con sus semejantes.
Una vez en la iglesia se coloca muy cerca del presbiterio, y allí, de rodillas, oye dos o tres misas. Antes de salir se dirige a la sacristía, donde tiene un rato de charla y murmuración con el cura y sacristán o con algunas amigas, beatas como ella.
El resto del día lo dedica ya a asistir a las juntas de las varias congregaciones a que pertenece o a las novenas o sermones que se celebren o bien se queda en su casa para entregarse a alguna práctica piadosa.
Su cuarto, muy modestamente amueblado, no contiene más que una cama de madera, varias sillas, un reclinatorio, numerosos cuadros y estampas de santos, dos pilas de agua bendita y un estante con varios volúmenes: El Año Cristiano, La Imitación de Cristo, Los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio de Loyola, El camino de Perfección, Las Meditaciones del P. La Puente, la Introducción a la Vida Devota de S. Francisco de Sales, Compendio de Perfección del P. Rodríguez, Diferencia entre lo temporal y lo eterno del P. Nieremberg, Guía de Pecadores de Fray Luis de Granada y Verdades Eternas del P. Rodríguez. Fuera de esas obras sólo le inspira confianza, aquellas que ostentan en su portada la consabida frase de «Con permiso de la autoridad Eclesiástica»; y en cuanto a periódicos no lee más que uno: el Diario de la Marina.
Confiesa y comulga varias veces a la semana; el día del santo de su Padre confesor, le regala algún dulce o un roquete o casulla hechos por ella.
Indiferente para las «cosas del mundo», como ella las llama, se apasiona y exalta en grado sumo con las «cosas del cielo».
Es exagerada en sus devociones, «se come a los Santos», como vulgarmente se dice. A las estampas, cuadros y estatuas, les ruega y habla, los adora, como si en vez de ser imágenes, tuviesen existencia real. Y los curas, especialmente su confesor, son para ella, seres extraordinarios a los que también profesa íntima devoción.
¿A qué se debe todo esto?
A que en Asunción esa necesidad, imperiosa y avasalladora que sienten las mujeres al llegar a la pubertad, de amar, no ha podido desarrollarse en debida forma, normalmente.
Y ese amor, que de ser otro el género de vida que llevase, se hubiera dirigido a un hombre, ella le ha puesto todo entero en las cosas y en los seres que le rodean: en los santos y en los curas.
Pero Asunción no llegará en su desequilibrio amoroso a los extremos lamentables a que suelen llegar muchas beatas.
Ella, o terminará sus días en un convento de Monjas, o encauzará en debida forma su pasión, amando —locamente— a un hombre, o, de no realizarse ninguno de estos dos extremos, pasará entonces, lo que sí es lamentable, de niña beata a beata solterona, tipo del que tal vez me ocupe otro día.
(Artículo de costumbres tomado de Carteles, 1ro. de octubre de 1925)
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.