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 En esta ocasión, el articulista nos comenta sobre: «una pobre víctima de los desdenes de San Antonio, que ha apurado en vano todos los recursos usados en tales casos, sin resultado satisfactorio alguno».

Hoy día, el remedio casi infalible para que una soltera cambie ese estado por otro más… interesante, es dar un paseo en automóvil por los repartos.
Innumerables son las cartas que he recibido con motivo del artículo que sobre «San Antonio y sus devotas» publiqué en esta Sección la semana pasada.
De más está decir, que abundan las faltas de ortografía, y hasta… de sentido común. No se echan de menos, tampoco, las misivas romántico-sentimentales, perfumadas con esencia barata, y en las que, sabiendo leer entre líneas, puede uno reconstruir, con bastante facilidad, la imagen de la autora, una vieja, solterona y fea, que no se ha dado cuenta todavía que desde hace tiempo únicamente sirve para vestir santos.
De todas esas cartas, voy tan sólo a contestar la de «una pobre víctima de los desdenes de San Antonio, que ha apurado en vano todos los recursos usados en tales casos, sin resultado satisfactorio alguno».
Y como, triste y afligida, me pide otro remedio más eficaz para que las solteras dejen de serlo, yo no puedo negarle mis auxilios y consejos. 
Antiguamente, con un duende o espíritu maligno quedaba resuelta enseguida la cuestión.
Hoy, aunque no tan espirituales, existen otros medios que suelen dar resultados sorprendentes.
No hay, tampoco, que pensar en el descarrilamiento de un tren, como aquella muchacha campesina, de la que nos cuenta Rusiñol que veía pasar diariamente por frente a su casa, trenes y más trenes cargados de viajeros que la saludaban, pero sin que ninguno de ellos se detuviese para decirle siquiera unas cuantas palabras de amor. Y, tanto se cansó ella de esperar, que descarrilase algún tren, que se hizo monja. Y, lo que son las cosas: al mes descarriló un tren de pasajeros muy cerca de la choza de la pobre aldeana… ¡Era ya demasiado tarde!
Existe una oración que me han asegurado es muy milagrosa, sobre todo si después de llevarla durante tres meses en el seno, se logra frotar ligeramente con ella —¡con el rezo!— la nariz del joven que se desee por marido. Dicho rezo es el siguiente:
Yo, Señor mío, creo en ti,
Y pues te adoro de hinojos,
Vuelve a mí tus santos ojos,
Que estoy sin novio, ¡ay de mí!,
De amor me estoy abrasando,
Y es mi paciencia ya escasa,
Pues mientras el tiempo pasa,
Yo también me estoy pasando,
De mi estado, piedad ten,
Y ya que mi amor no es ruin,
Permite, Señor, que al fin,
Encuentre marido. Amén.
Pero, hablemos ya de los últimos procedimientos que ha inventado la ciencia para cazar maridos. Las Agencias matrimoniales, con todas sus artimañas y combinaciones, suelen, a veces, dar buenos resultados; pero está uno expuesto, también, a llevarse sorpresas bastante desagradables.
Una joven, casada desde hacía varios años, se vio obligada a separarse de su marido por incompatibilidad de los caracteres. Deseando crearse una nueva familia, escribió a una agencia matrimonial, la que le prometió ponerla en comunicación con su futuro novio.
Llegado el momento convenido para la presentación, la muchacha vio aparecer… ¡a su propio esposo! Éste había escrito también a la agencia solicitando esposa.
La lista de correos y la correspondencia secreta.
Nada hay más interesante que ver el desfile, en La Habana poco numeroso, de mujeres que van a buscar sus cartas a la lista de correos. Un espíritu observador puede, sin gran trabajo, averiguar por la fisonomía, el traje, la expresión del rostro al abrir nerviosamente las cartas, y otros detalles, la historia de las mujercitas a las que el Estado, con su lista, sirve de mediador en líos amorosos.
¿Y la correspondencia de la última plana de algunos periódicos? Más de una vez habrán dirigido a ella sus miradas, como áncora de salvación, muchas solteronas en busca de algo que les pueda convenir.
Hoy día, el remedio casi infalible para que una soltera cambie ese estado por otro más… interesante, es dar un paseo en automóvil por los repartos.
¡Para cuántas ese viaje es su única obsesión!
Y muchas, para realizarlo, esperan tan sólo que pasen algunos años. Y si el marido seriote y acomodado, no aparece, vuelven ellas entonces los ojos —como las antiguas románticas al paje de los cuentos azules— a aquel joven sportman, conquistador y galante, con el que bailaron una noche de los últimos carnavales en el Centro de Dependientes, y el que no dudan ellas vendrá en su cuña de 50 H. P. Y juntos emprenderán un paseo delicioso, inolvidable… e irreparable.
Y, después… ¿quién piensa en el mañana?
Yo poseo también el secreto de otro remedio maravilloso que me dejó al morir un sabio Doctor alemán; pero como he sacado patente, no puedo darlo a la publicidad. Particularmente, pueden consultarme las solteras que lo deseen.
Pero, si son viejas y feas, lo mejor que pueden hacer, es arrojarse desde lo alto de la Farola del Morro.
¡Tal vez encuentren algún tiburón compasivo que se apiade de ellas!...
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.