Y resulta que por evitar el ridículo se cae en él con mayor gravedad aún.

En los celos masculinos influye mucho (ilegible) se cree hacer ante amigos  y conocidos, en una palabra: la opinión pública.
Y esto se comprueba totalmente en el hecho, muchas veces repetido, de que se sienten celos por una mujer a la que no se la ama y hasta se la odia y se desea que un rayo piadoso acabe con ella.
Y resulta que por evitar el ridículo se cae en él con mayor gravedad aún.
Porque es el ridículo, como vimos en el artículo anterior, la esencia y sustancia de los celos, no ya como expusimos entonces, por lo que el marido, novio o amante da a conocer y demuestra al sentir celos de otro u otros hombres por el estado de incapacidad e inferioridad en que confiesa públicamente estar respecto a su mujer y por el grado de infelicidad a que desciende ante los ojos de esta, sino también por los papeles ridículos que a diario representa ante la sociedad y ante su esposa y que incitan y provocan a una y otra para burlarse de él y tomarle el pelo.
En un artículo publicado hace tiempo calificaba yo a los maridos celosos como carceleros de su mujer. Efectivamente esto es lo que parecen. Donde quiera que van los cónyuges, el marido está siempre vigilando y espiando los menores gestos y miradas de su mujer y los hombres con que tropiecen en la calle, el paseo o el teatro. Si su mujer saluda a alguien, le preguntan quién es, dónde lo conoció, por qué lo saludó tan afectuosamente. ¡Y no se diga nada si a ese amigo de su esposa, desconocido para él, se le ocurre acercarse a charlar un rato y el marido se da cuenta que aquel tiene cierta confianza con la mujer, que la trata de tu, y que los dos recuerdan tiempos que les fueron gratos! Esa noche se arma la bronca en la casa. Y la película sube de punto si la esposa, al interrogatorio del marido, declara:
—Fulano, es un antiguo amigo, un hombre muy simpático e inteligente, que fue enamorado mío.
Entonces el pobre celoso se dedicará a averiguar la vida y milagros del «antiguo y simpático amigo» de su mujer, procurando, con cuentos y chismes, desacreditarlo ante ella. Y si ésta, por mortificarlo o por verdadera simpatía, defiende a aquel, la película entre los dos esposos será de largo metraje, por episodios y de carácter melo-dramo-espeluznante.
Como la ocupación esencial del marido celoso es la vigilancia de su mujer, va llamando la atención con su actitud, donde quiera que se encuentren. Los he visto que hasta han obligado a su esposa a cambiar de asiento en un restaurant para que no la miraran los señores de las mesas cercanas.
Hoy, las modas modernas constituyen una tortura más para los maridos celosos, porque, como los trajes actuales dejan admirar o enseñan bastante y hasta demasiado a las claras, los pechos, brazos, piernas, muslos, etc., etc., (sí, lectores, a veces también, además de lo enumerado, enseñan las mujeres uno o varios etcéteras), los hombres rascabuchean con la vista mucho más que antaño a las mujeres, no ya porque una determinada les guste, sino por simple placer o vicio rascabucheador, estando limitada su atención a una sola parte del cuerpo de la mujer, aquella que más enseña o mejor se contempla a las claras, no fijándose en el resto del cuerpo y a veces ni en la cara de esa mujer. Pero el marido toma por conquista lo que no es más que rascabucheo, (y hay que tener en cuenta que el verdadero rascabucheador no es conquistador, pues su placer no está en la posesión, sino en la visión) y para cortar por lo sano, pretende entonces que su mujer no se vista «tan a la moda», exigencia que, como es natural, no acepta ni se presta a cumplir ninguna mujer moderna.
—Todo lo que tu quieras, menos eso— le replica. —No vestirme a la moda! ¡Qué vá! ¡Eso si que no! ¿Ponerme una saya larga, mangas hasta las muñecas, blusa cerrada al cuello y no ajustada en el seno, ajustador de tela gruesa? ¡No, hijo! Estoy muy joven aún y muy buena para hacer papeles de vieja antidiluviana.
Y el infeliz marido celoso tiene que soportar día tras día el ininterrumpido rascabucheo de que es objeto su mujer por cuantos encuentran en la calle, teatros u otro sitio público.
Como el celoso es perseguido siempre por el fantasma del engaño de que se cree víctima por su mujer y desconfía de ella, no solo la espía en la calle sino en la propia casa.
—Yo—me decía uno de estos celosos—tengo el sistema de aparecerme de cuando en cuando, a horas desacostumbradas, en mi casa, cuando mi mujer me cree muy lejos de allí o en ocupaciones o sitios imposibles de abandonar. De esta manera es fácil sorprenderla, si hace algo que no esté bien, habla con algún hombre por teléfono o lo recibe en nuestra casa. ¡Ah! Si esto ocurriera, llevo siempre mi pistola para castigar a los adúlteros, con la impunidad que me da ese previsor, sabio y moral artículo 43 del Código Penal, que autoriza al marido a matar cuando sorprenda en adulterio a su mujer. Otras veces—me agregó— finjo que me pasaré en el campo varios días, y, o no me voy, o regreso antes de la fecha indicada. Yo aconsejaría—terminó—_a todos los maridos, por muy seguros que estuviesen de su mujer, emplearan de cuando en cuando este procedimiento. Es de los más eficaces para evitar o descubrir el ser coronado.
Otros, no conformes con esto, registran también a menudo, la bolsa de su mujer o alguna gaveta o tabla del escaparate.
El teléfono es, asimismo, tortura moderna de los maridos celosos. Los hay que llaman frecuentemente a su casa para averiguar si está ocupado, y si resulta así, llaman a los de aquellos hombres sobre los que tienen sospechas de posible inteligencia con su mujer. ¡Figúrense ustedes lo que ocurre cuando también encuentran ese otro aparato ocupado!
Si están en la casa y al sonar el timbre telefónico va el marido al aparato y no le contestan, duda mortal le asaltará y hasta convencimiento horrible: es el amante de su mujer que, al no salir ella al teléfono, conociendo que era la voz de él, el marido, colgó. Me han contado que en uno de estos casos, en que efectivamente era cierta la suposición del marido, éste, indignado, le lanzó al anónimo comunicante telefónico, una palabra gruesa, precisamente la que le correspondía y calificaba, no al amante, sino a él, al marido, ciertamente engañado.
Conozco algún caso en que en el afán de descubrir el supuesto cuño, se ha llegado por el marido a establecer una verdadera red telefónica secreta, pagando a un hombre para que interceptara y le copiara las conversaciones que sostenía su mujer.
¡Y cierto caso de estos, resultó que la mujer se entendía con el propio sujeto que pus el marido de vigilante o espía!
Seguiremos, que hay mucha tela por donde cortar.

(Artículo de costumbre publicado en Carteles, 29 enero de 1928).

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar