Y es el caso que el autor de este artículo, fiel y curioso observador de nuestras costumbres, tanto antiguas como contemporáneas, había, en vano, durante largos años —los mejores ¡ay! de su ya ida juventud— tratado de descubrir, ora revolviendo apolillados infolios, ora estudiando directamente hombres y mujeres de todos los pueblos y regiones de la tierra, para qué servía el matrimonio; pues la solución de ese problema era, a su juicio, el punto de apoyo indispensable y único sobre el que debían basarse las reformas y transformaciones necesarias demandadas, desde tiempo atrás, por nuestra sociedad.

El autor se encuentra a un amigo, un simpático e inteligente abogado de la ciudad que baña el Bélico, el cual le presenta a dos encantador as jóvenes, tipos de belleza tropical, sencillas en su vestir, de grandes e inquietos ojos negros la una, de cuerpo esbelto y cimbreante la otra.

Y es el caso que el autor de este artículo, fiel y curioso observador de nuestras costumbres, tanto antiguas como contemporáneas, había, en vano, durante largos años —los mejores ¡ay! de su ya ida juventud— tratado de descubrir, ora revolviendo apolillados infolios, ora estudiando directamente hombres y mujeres de todos los pueblos y regiones de la tierra, para qué servía el matrimonio; pues la solución de ese problema era, a su juicio, el punto de apoyo indispensable y único sobre el que debían basarse las reformas y transformaciones necesarias demandadas, desde tiempo atrás, por nuestra sociedad.
Y en esta ímproba tarea, y queriendo el autor ser en sus actos consecuente con su manera de pensar y no olvidando tampoco la sabia máxima de que un hombre prudente vale por dos, habían empezado ya a blanquear su cabeza múltiples y plateadas hebras, sin que hubiese gustado hasta entonces de la suprema e inefable felicidad que proporciona ver por las mañanas, en el home, sweet home, una esposa, despeinada, en camisa de dormir y zapatillas o la confortable dicha de pasarse las noches de claro en claro, arrullando a un rorro, llorón y majadero.
Y es el caso, que por motivos que no son de contar, el autor en viajes de negocios, llegó un buen día al obscurecer, a la quieta y provinciana ciudad de Santa Clara en la República de Cuba.
Una vez sacudido el polvo del camino y restablecidas las fuerzas en el menos malo de los hoteles de la población, salió a la calle. La noche era estrellada, apacible y serena. Vagando sin rumbo fijo, llegó al parque principal. Lo circundan los más notables edificios de la ciudad: el Gobierno de la Provincia, la Parroquia, el Teatro La Caridad, Bancos, el Liceo, etc.
Desde una elegante glorieta de moderna construcción, la Banda del Municipio alegraba el espacio con las notas regocijadas y melodiosas de marchas y danzones. En bancos y sillas charlaban animadamente hombres de distintas clases y condiciones, reposando de las faenas del día.
El autor se encuentra a un amigo, un simpático e inteligente abogado de la ciudad que baña el Bélico, el cual le presenta a dos encantador as jóvenes, tipos de belleza tropical, sencillas en su vestir, de grandes e inquietos ojos negros la una, de cuerpo esbelto y cimbreante la otra.
En la explicable curiosidad por conocer la vida y costumbres provincianas interroga a ambas muchachas.
—Nuestra vida —le dice la de los bellos ojos— es monótona y triste. Encerradas en nuestro hogar, sólo tenemos como diversiones las retretas semanales, la misa de los domingos, el cine o el teatro cuando algunos artistas se atreven a llegar hasta aquí y los bailes que se celebran en el Liceo o en el Casino.
—¿Y el novio?
—¡Ah! La que lleva relaciones, tiene por lo menos con quien conversar por las noches, ya en la ventana o en la sala, bajo la vigilancia de la mamá.
—Siempre la misma forma estúpida y ridícula de quererse hombres y mujeres.
—Usted no sabe —le pregunta entonces al autor su compañero— ¿qué requisitos se necesitan, según un amigo mío para llevar relaciones?... Pues una vieja y dos sillones. ¿Qué le parece?
—No puede ser más gráfica la pintura. Y ustedes, encantadoras muchachas, por lo que veo, no tienen novio. ¿Verdad?
—No —contesta una de ellas—; yo tenía un enamorado, pero lo mandé a la Torre de la Pastora.
—,A la Torre de la Pastora? ¿Qué torre es ésa?
—Perdóneme. No me acordaba que era usted forastero. De las cuatro iglesias que tenemos en Santa Clara hay una, la de la Divina Pastora, que ofrece la particularidad de ostentar en lo más alto del campanario una enorme bola en forma de calabaza, sobre la que se alza la pequeña cruz de hierro que corona el templo. ¿A qué se debe esto? Lo ignoro. Sólo puedo decirle que desde tiempo inmemorial existe entre nosotras la costumbre que lleva visos de convertirse en tradición, de que cuando una muchacha le quiere dar calabazas a un pretendiente lo manda que suba a la torre de la Pastora. Allí podrá recoger el amargo, odiado y poco apetecible fruto.
—Pero los hombres se vengan de nosotras —añade la otra joven— colgando, de palabra, por supuesto, a las que llegan a los veintiocho años sin encontrar marido, del tamarindo que crece junto a la iglesia del Carmen y marca el sitio donde se dijo la primera misa, allá por el año creo que de 1641. Es la guásima de las solteras. ¡Dios nos libre de ella!
La retreta había terminado. Los músicos se retiraron en correcta formación a los acordes de una marcha. El autor y su amigo despidiéronse de tan simpáticas y bellas muchachas.
—¿Dónde vamos ahora? Quisiera conocer la vida que hace este pueblo de noche —pregunta el autor a su amigo.
—¿La vida? ¡La muerte! —contesta éste—. Aquí a las diez de la noche todo el mundo está recogido en sus casas. Después de esa hora es muy raro encontrar un trasnochador.
—Pero ¡es insoportable esa vida!
—Efectivamente. Y para hacerla más llevadera el único remedio que existe es el matrimonio. Fíjese usted que todos los jóvenes que llegan a esta ciudad procedentes de La Habana, al año de permanecer aquí se han casado. No les queda otro recurso. ¡Qué van a hacer por las noches!
—Realmente. Pero es asombroso —exclamó el autor—. He encontrado ya para qué sirve el matrimonio. ¡Quién lo diría!; para lo que yo menos hubiera podido figurarme; ¡para no aburrirse...! Ahora bien; aquí, en Santa Clara. En la Capital, es otra cosa y para ella me voy en el primer tren...
Y el autor continúa viviendo en La Habana.   


Emilio Roig de Leuchsenring


Este artículo de Emilio Roig de Leuchsenring fue publicado primero en el semanario Carteles (Vol. 8, No. 16), el 19 de abril de 1925, y  posteriormente, bajo el título «Para lo que sirve el marimonio», el 8 de noviembre del propio año, en el Diario de la Marina.


Comentarios   

niurka
+1 #3 niurka 21-04-2014 18:26
esta muy interesante el artículo "para que sirve el matrimonio" incluso villaclareños que trabajan conmigo no conocen la historia de su ciudad
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armando monnar
+1 #2 armando monnar 18-04-2014 21:28
formidable el escrito
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armando monnar
0 #1 armando monnar 18-04-2014 21:26
muy interesante este artículo, me encanto...
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