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 Sobre los carnavales y la decadencia de esa tradición comenta Roig en este artículo de costumbres, en el que además rememora los famosos bailes que –según dice– son «una de las diversiones más típicas de nuestro antiguo y bullicioso carnaval».

Ha sido siempre el carnaval una fiesta de tendencias eminentemente democráticas. De ahí que adquiriese su mayor auge y esplendor en otras edades, cuando la división entre pobres y ricos, humildes y poderosos, era mucho más marcada.

Este año, ha vuelto el rebaño humano a obedecer sumiso a la rutinaria voz de la costumbre y de los convencionalismos sociales.
 Y al arrancar del calendario la hoja que señala la fecha precisa e invariable, en que todos, olvidando penas y sinsabores, deben divertirse y engañarse a sí mismos, creyendo que engañan a los demás, hombres y mujeres, con ese infantil e inconsciente alborozo de colegiales en horas de asueto, han abandonado sus trabajos, sus preocupaciones y sus intereses, para cambiar, durante unos días, por una tosca careta de cartón y un traje de colorines, la máscara y el disfraz con que se cubren durante el resto del año, en la lucha por la vida.
Pero, a pesar del entusiasmo y regocijo con que se vienen celebrando este año los carnavales, el reinado del Dios Momo está llamado a desaparecer por completo.
Y es lógico que esto suceda. Ha sido siempre el carnaval una fiesta de tendencias eminentemente democráticas. De ahí, que adquiriese su mayor auge y esplendor en otras edades, cuando la división entre pobres y ricos, humildes y poderosos, era mucho más marcada que en nuestros días.
Entonces, gozaban aquellos codeándose con éstos, y el esclavo y el siervo se sentían felices alternando con su dueño y señor. La careta igualaba a los hombres durante unos días.
Hoy, confundidas casi por completo las distintas clases y castas en que antaño estaba dividida nuestra sociedad, de esas demostraciones populares del carnaval apenas han ido quedando más que las comparsas y alguna que otra máscara aburrida; pues los paseos, quitándoles las serpentinas y los confetis, son idénticos a los de un domingo cualquiera, y si los bailes se ven concurridísimos sucede lo mismo en cualquier época del año.
Y las fiestas públicas, a tanto la entrada, que ahora se celebran en hoteles, cafés y establecimientos, ya con el nombre de bailes venecianos o turcos o la denominación de días de moda azules, rojos o verdes, han roto al picuismo de nuestra llamada buena sociedad.
Un empedernido bailador nos dijo,...
Noches pasadas nos encontramos en uno de los bailes del Teatro Nacional, con un amigo, respetable señor que con arte y habilidad quiere disimular sus cincuenta muy cumplidos, bailador incansable y correntón por naturaleza y costumbre.

—Mire usted —nos dijo— el espectáculo que hoy ofrece Tacón. Es verdad que el teatro está de bote en bote; pero tal parece, si no fuera por la música, que se asiste a un velorio. Ni risas, ni bullicio, ni alegría franca y espontánea, que como dijo un poeta, nace del corazón. Las parejas bailan, se mueven, pero automáticamente: vienen a cumplir un deber, una obligación que el almanaque les impone.

¡Qué distintos estos bailes del Nacional de aquellos famosos bailes —una de las diversiones más típicas de nuestro antiguo y bullicioso carnaval— que se celebraban en este mismo coliseo, cuando no era más que Teatro Tacón!

—He alcanzado alguno —le contesto.

—Pues si usted lo recuerda, comprenderá la exactitud de lo que afirmo. Entonces... el baile está en su apogeo. Por el salón, decorado con guirnaldas, flores y luces, se mueven, gritan y cantan estrepitosamente, sin seguir apenas los alegres acordes de la orquesta, mil y mil parejas disfrazadas con vistosos y llamativos trajes, en los que abundan los colores chillones, los cascabeles, las cintas. Vinos y licores corren en abundancia. En los palcos, se ven encumbrados y poderosos personajes y alguna que otra encopetada señora que asiste de incógnito; mientras alegra los aires, sin mezcla de extranjeros y bárbaros bailables, el clásico y criollísimo danzón... Perdóneme, amigo, pero estaba soñando. ¡Sueños de un viejo!

—Que todavía tiene el corazón muy joven —me apresuro a añadirle.

—Es verdad. La juventud de hoy cree que se divierte, pero se engaña. Su placer mayor está en hacer ver a los demás que se divierte. Baila y se ríe para el público. Fíjese en aquel joven disfrazado de apache. Procura llamar la atención de los que le rodean, busca las miradas de los conocidos, y cuando éstos no lo ven él los llama. De lo que menos se ocupa es de su compañera, buena moza en verdad.

—¡Oh eterno y empedernido tenorio!

—Vuelva usted la vista hacia este lado. ¿Ve aquel señor?

—¿Quién? ¿ ... ?

—No sea indiscreto. Cállese el nombre. Es viejo ya. Pulcra y criollamente vestido con su blanco traje de dril y sus zapatos amarillos, pequeños y finos, no se ocupa de los demás; tan sólo atiende a la música y a su compañera. ¿Lo ve usted alegre y jovial? Apuesto cualquier cosa a que la mujer que con él está, no le cambiaría por ninguno de nuestros fatuos y sosos chiquitos de sociedad.

Un Don Juan... metido en la piña.

Nos llama entonces la atención una máscara que a través de su traje de Don Juan Tenorio, deja adivinar, por su tipo fornido y tosco, a un hijo de Galicia, dedicado al comercio de víveres más o menos finos. Recorre el salón a grandes pasos. El público empieza a burlarse de su estrafalaria figura y a tomarle el pelo. Después, apartándose de la algazara general, el enmascarado camina solo, lentamente, tropezando con todos. De repente se detiene; al buscar una salida ha chocado contra un espejo. Vuelve a caminar, con la misma vacilación, con el mismo encogimiento, siempre indeciso…

¿Quién es esa máscara? ¿Qué le pasa?

¡Ah, lector!, es una máscara que se ha cortado, que está, como se dice vulgarmente metido en la piña... que se da cuenta de que hace el ridículo... Es un personaje que no falta en ninguno de nuestros bailes; ¿quién no lo conoce?
Generalmente suele ser un pobre diablo, de carácter tímido y apocado, que, por seguir la corriente general, se disfraza también en los carnavales y, solo, se dirige a los bailes. No conoce a nadie. Es incapaz de dar una broma. No tiene, pues, más remedio que dar vueltas y vueltas por el salón. Al principio todo marcha bien; pero llega un momento en que nuestro hombre comprende el triste papel que está haciendo, ve que empieza a llamar la atención, que todos se fijan en él, y de él se burlan. Unos le gritan, otros le empujan... Nuestro hombre está ya perdido, un sudor frío cubre su cuerpo; la careta le ciega, le ahoga. Pide al cielo que la tierra se abra a sus pies y lo trague...
Pocos momentos hay más desesperantes y angustiosos en la vida que cuando uno, conscientemente, hace el ridículo a la vista del público, donde todos lo ven y todos lo conocen; pero más desesperante resulta cuando, cubierto con un disfraz, sin que nadie lo conozca, «a solas con su conciencia», es uno mismo el que se ve en ridículo; convirtiéndose entonces, como dijo el poeta, en «confesor, juez y verdugo».
Se acoquinó después Don Juan y retiróse a un rincón, de donde vinieron a sacarle un grupo de alegres muchachos de la Acera, que lo menos que con él hicieron fue mantearlo como al pobre Sancho...
Tal vez este Tenorio, al contarle a la mañana siguiente a los compañeros de tienda, sus aventuras de la noche, les ponderaría:

—¡Cómo me he divertido!

Dos máscaras interrumpieron nuestra charla. Eran dos mujeres descocadas y locas que recorrían la sala rechazando a cuantos hombres pretendían bailar con ellas. De pronto, mi amigo, más audaz y atrevido que los demás, se acercó a una y sujetándola por un brazo le dijo sin vacilación:

—Ven conmigo, vamos a bailar —y uniendo la acción a las palabras enlazó su talle y se perdió entre las innúmeras parejas, no sin antes indicarme por señas, que hiciese lo mismo con la otra enmascarada.

Le imité, y mientras me entregaba a las delicias del baile, iba pensando en aquella frase amarga y cruel del filósofo francés: «La mujer admira y obedece siempre al que, además de ser oportuno, es audaz y atrevido. En cambio, jamás le hará caso al hombre pusilánime y tímido».