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«Siempre he visto en Aurelia Castillo el prototipo y el modelo, más acabado y perfecto, de la ancianidad femenina, venerable, digna y en el pleno goce de todas sus facultades intelectuales. Si los años quitan, como es cierto, a la mujer todos sus atractivos físicos y la convierten en una ruina de lo que fue asombrosa y cautivadora obra de arte, en ella se ha realizado el fenómeno prodigioso de que al ir borrando el tiempo sus bellezas juveniles, la iba adornando con otros dones y con otras galas», así retrata Emilio Roig de Leuchsenring a la excelsa aeda cubana Aurelia Castillo de González.

«El mejor retrato físico y moral que se ha hecho de esta insigne poetisa se debe a la pluma maravillosa y brillante de Julián del Casal: “Una estatua de jaspe rosado, coronada de nieve. Los ojos verdes, de un verde marino, lanzan miradas severas, atenuadas por cierta dulzura femenina y cierta melancolía secreta […] Hay en el conjunto de su figura la majestad de una patricia romana y la gracia de una duquesa del siglo diez y ocho”.
»Esto en lo físico; cuanto a lo moral, dice el autor de Nieve—: lo más próximo a la perfección, predominando en ella tres grandes amores: a su patria, a su hogar y a la poesía. Y ante esta gloriosa trinidad —añade— ofician sus dos cualidades distintivas: la bondad y la sinceridad».1
Así comienza el artículo que, rubricado por Emilio Roig de Leuchsenring, publicara la sección Poetisas cubanas en la edición de Social correspondiente a febrero de 1920. Este año las letras hispanas conmemoran el 170 aniversario del natalicio de Aurelia Castillo de González (27 de enero de 1842), hecho acaecido en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey.
Pese a ello, evocar la memoria de una de las voces destacadas de la lírica cubana no es motivo de aniversarios, cualquier momento es oportuno para releer o descubrir sus versos universales. Al adentrarse en sus obras, al lector le será revelada una faceta poco exaltada, el fervoroso patriotismo y las incansables acciones, desde la pluma y el corazón, en beneficio de la noble causa de ver libre a Cuba.

¡Victoriosa!
¡La Bandera en el Morro! ¿No es un sueño?
¡La Bandera en Palacio! ¿No es delirio?
¿Cesó del corazón el cruel martirio?
¿Realizose por fin el arduo empeño?
¡Muestra tu rostro juvenil, risueño,
enciende, ¡oh Cuba!, de tu Pascua el cirio,
que surge tu bandera como un lirio,
único en los colores y el diseño!
Sus anchos pliegues al espacio libran
los mástiles que altivos se levantan;
los niños la conocen y la adoran.
¡Y sólo al verla nuestros cuerpos vibran!
¡Y sólo al verla nuestros labios cantan!
¡Y sólo al verla nuestros ojos lloran!2

Victoriosa, así siempre quiso ver Aurelia al pabellón tricolor. No resulta difícil apreciar en los versos anteriores un halo de nostalgia, característico por entonces en aquellos literatos que, por sus pensamientos progresistas y sentimientos nacionalistas, debieron subir a bordo de un bajel y dejar a popa la amada nación. En el exilio, la añoranza conquistaba sus ideales y todo cuanto la pluma plasmaba sobre las hojas de la esperanza versaba sobre la anhelada libertad de la tierra oprimida.
El amor al suelo patrio fue sembrado en ella desde edad muy temprana, pues en sus primeros años de vida no recibió más enseñanza que las lecciones que le impartiera un querido amigo de la familia, don Fernando Betancourt, magistrado del Tribunal Supremo, quien, tiempo después, debió abandonar la isla por sus ideas políticas. «Quedó entonces su instrucción al cuidado de su buena y amante madre, de clara inteligencia y extraordinaria, aunque no cultivadas aptitudes para la poesía y la literatura».3 La propia poetisa evocaba esos momentos: «Ella me recitaba versos, y por la noche nos poníamos de cama a cama, mientras llegaba el sueño, a hacer redondillas de por mitad».4
En el mismo sentido, prosigue Roig de Leuchsenring: «En 1866 escribió su primer soneto, “Al llegar los restos del Lugareño de La Habana a Camagüey”, que corrió de mano en mano entre sus familiares y amigos, alcanzando unánimes celebraciones y aplausos, no solo por sus méritos sino, además, por el sano y ferviente patriotismo que lo inspiraba, tanto más digno de loa en aquellos tiempos en que el fermento revolucionario, potentísimo, estaba ya en todos los corazones verdaderamente cubanos».5
Mujer de dos grandes pasiones, Cuba y su esposo, Aurelia Castillo contrajo nupcias el 6 de mayo de 1874 con don Francisco González del Hoyo, capitán graduado y comandante de infantería del ejército español. Al lado de su eterno compañero, viajó por varias ciudades españolas, Santander, Madrid, Málaga, Córdova, Granada, Sevilla, Alicante, Almería y Cádiz; así también París, Ginebra, México y Chicago. Fruto de aquel peregrinar son algunos de sus libros y folletos, entre ellos, Fábulas, Adiós de Víctor Hugo a la Francia de 1852, Un paseo por Europa y Un paseo por América, al tiempo que publicaciones periódicas como, El País, Revista Cubana, El Fígaro y La Habana Elegante, recogían sus exquisitas estampas de viajes y composiciones líricas:

Los Alpes
De un resalto tremendo a otro resalto,
escalan el espacio las montañas,
como en ardiente emulación de hazañas,
van los pétreos gigantes en asalto.
Llegan en confusión; y allá en lo alto,
entre las nubes son nubes extrañas,
mas el agua se filtra en sus entrañas,
burlando la pizarra y el basalto.
Incubadora sin igual, la nieve
como alas tiende sus armiños puros;
ya no se suelta murmurante y leve.
Ya no la bordan los alegres muros;
y, cerrando terrible el horizonte,
de blanco mármol aparece el monte.6

No siempre, las travesías por el Viejo Continente y América obedecieron al disfrute, el ocio, las obligaciones de la carrera militar de su cónyuge o a problemas de salud. El exilio se erigió como único subterfugio ante la tenaz convicción de sus pensamientos. En al menos dos ocasiones, el matrimonio fue obligado a abandonar la Mayor de las Antillas. La primera vez, debido a las declaraciones públicas de repudio realizadas por Francisco González del Hoyo ante el injusto fusilamiento del galeno cubano doctor Antonio Luaces Iraola; la segunda, durante el gobierno represivo del Capitán General Valeriano Weyler.
Al finalizar las contiendas por la independencia patria, Aurelia Castillo regresó a la isla y junto a Nieves Xenes, Dulce María Borrero, la pintora dominicana Adriana Billini Gautreau y la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió, integró la Academia Nacional de Artes y Letras al constituirse en 1910. A sus ingentes esfuerzos, que ni sus siete décadas de vida pudieron opacar, se debió la organización de los festejos para conmemorar el centenario de su coterránea y también poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda. Asimismo, se desempeñó en la presidencia de la organización Huérfanos de la Patria, y como tesorera de la Sociedad de Labores Cubanas.
Aunque aparentemente nacía una república, aún quedaban en la sociedad cubana rezagos coloniales. Quizás, uno de los mayores lastres heredados del viejo régimen era la problemática de la discriminación de género. Un nuevo frente de lucha surgía para Aurelia, el concientizar a todos sobre la importancia de que las mujeres cultivaran su intelecto y sus voces fuesen escuchadas en todas la esferas, en el afán de alcanzar la verdadera libertad como nación. Varias escritos brotaron de su inquieta pluma. A ellas, las cubanas, recomendaba: «[…] huir de la ociosidad y leer buenos libros, sin dejarse arrendar por los que parezcan demasiado graves, que son siempre los mejores […]».7
Sus meritorias creaciones literarias le hicieron merecedora del reconocimiento de los intelectuales de la época, así como de varios lauros y honores. Prestigiosos escritores de la talla de José Fornaris, Francisco Calcagno y Aniceto Valdivia integraron el jurado que le otorgó el primer premio de Conversaciones literarias por el poema Adiós de Víctor Hugo.
Numerosos y merecidos elogios le tributó la crítica por sus trabajos en prosa y verso. Montoro, Casal, Manuel de la Cruz, Sanguily, Henríquez Ureña y otros notables literatos, juzgaron y encomiaron a porfía el talento, la inspiración y la cultura de la insigne camagüeyana.
«Ocupa —dice Montoro— honroso puesto entre nuestros mejores poetas y prosistas, uniendo en su persona todas las perfecciones externas, naturales y adquiridas, que pueden realizar el ser íntimo de la mujer y su acción sobre la sociedad».8 Mientras Sanguily declaraba: «Los que como usted tienen, cual vívidas estrellas, pensamientos generosos que titilan sobre la frente reflexiva y saben —además— revestirlos con los encantos de la música del verso, hacen siempre bien en pulsar la lira».9
Refiriéndose a las traducciones realizadas por Aurelia Castillo y en particular a la de La Hija de Iorio de D´Annunzio, afirmó persona tan autorizada en esta materia como Max Henríquez Ureña: «[…] Vuestra traducción, señora, es admirable y escrupulosa, y sería de desearse que encargaseis de una nueva edición a una de las buenas casas editoras de España, para que circulase tan bella obra por todos los países que hablan el castellano […]». 10
Lamentablemente, la bella obra que legara a la posteridad, es hoy poco conocida. A ello se debe lo disperso en que se encuentran los fondos bibliográficos u obras completas publicadas a inicios de la pasada centuria y la falta de reediciones de sus libros y textos periodísticos. Corresponde entonces a nuestras bibliotecas, la enorme responsabilidad de la salvaguarda y difusión del arte impreso de Aurelia Castillo de González, para que en cada cubano vibre el mismo sentimiento que motivara, en 1920, a Emilio Roig de Leuchsenring a redactar las siguientes líneas:
«Efectivamente, siempre he visto en Aurelia Castillo el prototipo y el modelo, más acabado y perfecto, de la ancianidad femenina, venerable, digna y en el pleno goce de todas sus facultades intelectuales. Si los años quitan, como es cierto, a la mujer todos sus atractivos físicos y la convierten en una ruina de lo que fue asombrosa y cautivadora obra de arte, en ella se ha realizado el fenómeno prodigioso de que al ir borrando el tiempo sus bellezas juveniles, la iba adornando con otros dones y con otras galas, propios ya de su edad, pero igualmente atractivos y hermosos, conservando siempre, fresca y lozana, su inteligencia, y dulce, recta y buena su alma, con la misma blancura inmaculada que ostentan, al decir de Fernández Cabrera, las hebras gloriosas de su cabellera, corona de majestad sobre la sien de nuestra poetisa.11
»¡Dichosos los que como ella pueden a los años postreros de la vida, mirar serena y plácidamente hacia el pasado, sin que sombra alguna ennegrezca los recuerdos de otros días, y con la íntima y grata satisfacción del deber cumplido y el bien y la virtud practicados a manos llenas!».12

1 Roig de Leuchsenring, E.: «Aurelia Castillo de González», en Social, no. 2, La Habana, febrero de 1920, p. 55.
2 Castillo de González, Aurelia: Victoriosa, en Poesías de antaño, compilación, Ediciones de Antón Itzalbe, La Habana, 1938, p. 27.
3 Roig de Leuchsenring, E.: ob cit., p. 55.
4 Ídem.
5 Ídem.
6 Castillo de González, Aurelia:«Los Alpes», en Poesías de antaño, compilación, Ediciones de Antón Itzalbe, La Habana, 1938, p. 31.
7 Castillo de González, Aurelia: Escritos de Aurelia Castillo de González, t. 3, Imprenta El Siglo XX, 1913, p. 82.
8 Roig de Leuchsenring, E.: ob cit., p. 55.
9 Ídem.
10 Ídem.
11 Ídem.
12 Ídem.

Fernando Padilla González
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Opus Habana