Una interesante visión sobre un cotidiano hecho, que afecta a todos en varios instantes de la vida, nos la ofrece el cronista, para quien además los «entierros, como las bodas, son actos sociales de gran espectáculo y teatralidad, en que el lujo, la vanidad y la tontería humanos, juegan papel principalísimo».
La teatralidad de los funerales entre nosotros se revela en las papeletas que se insertan en los periódicos; las carrozas cubiertas de dorados, arabescos, molduras, cruces, ángeles y otros adornos ridículos...

 Según la categoría del muerto y las relaciones de amistad que con él o su familia nos unan, se dividen los entierros en varias clases.
1º–Entierro Social u oficial, de figurao. Es el de una persona de alta significación social o relieve político, literario, etc.
Estos entierros se ven extraordinariamente concurridos, no ya por las vastas relaciones del difunto y su familia y las simpatías de que uno y otra gocen, sino principalmente porque es de buen tono y gran utilidad asistir a esos sepelios, aunque no conozca al difunto ni a su familia, pues adquiere uno fama de persona de distinción y bien relacionada y se codea con lo mejorcito de la ciudad. A estos entierros se va como se podría ir a la ópera, porque va la gente y es cosa chic. Los concurrentes, de todo se preocupan, menos del pobre muerto. Hablan de negocios, de política, cuentan chismes sociales, ríen y pasan el rato, saludan a amigos y conocidos, se hacen ver de aquellos que comercial, política o socialmente consideren superiores, para demostrarles que ellos también se rozan con gente de alto copete y tienen amistades en la buena sociedad. Es muy corriente que despedacen al muerto, empezando por aquello de:
–¡El pobre! Creo que no inventó la pólvora... –y terminando:
–Sí, esa es la verdad: era un imbécil y un sinvergüenza.
2º–Entierro de compromiso.
Es al que no queda más remedio que asistir: el familiar de algún amigo, un jefe político o administrativo. A lo mejor, no conocemos al muerto, ni sabíamos que existiera. Nuestra situación en la casa y en el cementerio suele ser bastante comprometida, si se trata del pariente de un amigo, pues tenemos que ponerle cara compungida e interrogarle sobre las particularidades de la muerte de su familiar, comentando sus noticias con frases dolientes entrecortadas:
–¡Ah! ¡Oh! ¡El pobre! o ¡la pobre! ¡Qué horror! ¡Qué pena!
Como mejor se sale en estos entierros es, buscando entre la concurrencia o llevándolo de antemano preparado, un amigo con quien conversar y pasar el rato.
3º–Entierro de oportunidad y utilidad.
Es al que asistimos, no por el muerto ni su familia, que ni los conocemos ni nos importan, sino porque a ese entierro tenemos la creencia que asistirá determinada persona con la que nos interesa encontrarnos, pero como si fuera al descuido y de casualidad, para tratar con ella sobre un asunto, recordarle una deuda o insistirle sobre una recomendación.
Son estos los entierros a los que se asiste con más gusto, porque puede uno llevarse el chasco de que no vaya la persona que necesitábamos ver, y entonces nos resulta el entierro la gran lata.
Esta asistencia a los entierros por utilidad, hay muchas personas que practican. Ponderándole una vez a cierto amigo lo incómodo y cargante que era el asistir a los entierros, me contestó:
–No lo crea usted. Yo asisto a casi todos, y me va muy bien. Por lo pronto, cumple uno con la familia del muerto, y es esta una de las atenciones que más agradecen y que hasta produce el beneficio de que lo defiendan si se habla mal de nosotros: «No lo creo. Él parece muy buena persona. ¡Tan bien como se portó cuando la muerte de papaíto! asistió al entierro y todo...» Además, en los entierros se encuentra uno siempre varias personas con las que le interesa a uno hablar y que sin embargo no amerita o conviene a la índole del asunto, el visitarlas en su casa u oficina o pedirles una entrevista. Bien en la casa del muerto o en el cementerio, se acerca uno a aquella con disimulo, y entre comentarios vanales, sobre el muerto, el calor o la política, se le trata del asunto que interesa. O si la materia es larga, se invita a ese individuo a que vaya con nosotros en el automóvil hasta el cementerio, y si es necesario, lo acompañamos después a su casa. Como usted ve –terminó mi amigo– los entierros, lejos de ser actos latosos, son entretenidos, necesarios y útiles. Siga usted mi consejo y no falte a ninguno.
En esta lista de entierros, no incluímos el del familiar o el amigo verdaderamente queridos, porque a éste asistimos espontánea, sincera y efusivamente, encontrando para nuestro dolor, un consuelo en acompañar hasta su última morada los mortales despojos de aquél para el que tuvimos en vida nuestro aprecio, nuestra devoción y nuestro cariño. Es el entierro sincero, y no entra en nuestra crítica. En entierros de esta clase, nos estorban, molestan y hasta exasperan los que asisten por oportunidad o utilidad, por compromiso o por figurao.
Los entierros, como las bodas, son actos sociales de gran espectáculo y teatralidad, en que el lujo, la vanidad y la tontería humanos, juegan papel principalísimo:
¡A cuántos hijos; padres y parientes cercados del muerto hemos visto están atentos, casi exclusivamente, al número de coches que iban en el entierro, y lo bien que quedó éste! Les importaba más el acto social del entierro que la muerte de su pariente.La teatralidad de los funerales entre nosotros se revela en las papeletas que se insertan en los periódicos; las carrozas cubiertas de dorados, arabescos, molduras, cruces, ángeles y otros adornos ridículos; las varias parejas de caballos que tiran del carro fúnebre, enjaezados con mantos negros o blancos y con grandes plumeros en la cabeza; en los zacatecas, hasta ahora vestidos con indumentaria de zarzuela u opereta; en las coronas y flores, que a veces son conducidas en varios carros ad hoc; en el acompañamiento de automóviles; en la indumentaria, de etiqueta, que generalmente se exige; en los gori gori que se cantan en el cementerio, ya en la capilla pequeña, a la izquierda de la puerta de entrada, ya en la gran capilla central, con procesión de cruz alzada, hisopos y otras baratijas mortero-funerales-monaguillescas; y, por último, en los discursos que en ocasiones se pronuncian para despedir el duelo, o en el inevitable apretón de manos al terminar el acto.
De muchos de estos puntos trataremos en el próximo artículo.

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