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A pesar de que fueron cubanos, ingleses y algunos otros europeos los que iniciaron la práctica de este deporte en Cuba, su desarrollo y expansión en los espacios públicos habaneros se debió a la iniciativa de la comunidad hispana radicada en la isla.

Con arraigo dentro de la comunidad hispana radicada en Cuba, este deporte se practicó en varios espacios habaneros, construidos con ese propósito.

En los últimos siglos, la humanidad puso su interés, entre otros muchos, en la conquista de los espacios públicos. En la medida en que se liberó de las cargas extremas, expandió su radio de acción para lograr espacios de sociabilidad y de recreación cada vez más diversos. Con los juegos olímpicos de finales del siglo XIX se gestó un gran movimiento que se consolidaría en el XX. En medio de los avances de la modernidad, el fútbol surgió en Inglaterra y, como muchos otros deportes, se expandió relativamente rápido por casi todo el mundo hasta llegar a convertirse en el más universal de los deportes.
Su surgimiento implicó de inmediato la asunción de espacios apropiados para su práctica, lo que condujo a la instalación de terrenos adecuados y luego a la construcción de grandes estadios. En Cuba, en cambio, el beisbol se convirtió en el deporte raigal de la población y atrajo la simpatía y movilización popular. Bajo su influencia, en La Habana se construyeron varios terrenos y se erigió, especialmente, el primer gran estadio de la ciudad, el Almendares Park.
Por las características similares de ambos deportes en la utilización de grandes espacios públicos, se estableció una competencia solapada que, a larga, permitiría un amplio crecimiento de instalaciones deportivas. Por eso, imponerse ante el beisbol constituyó siempre el reto del fútbol en Cuba.

EN LOS COMIENZOS
Asumido indistintamente como foot-ball o balompié, el fútbol se inició en Cuba en 1907 y solo comenzó a tener preponderancia durante el primer campeonato oficial de 1911-1912. Para ello se creó la primera federación el 11 de noviembre de 1911, que se encargaría de encauzar el futuro futbolístico.
Ese deporte llegó a Cuba a través de Inglaterra y España, impulsado por cubanos que estudiaron en aquellos países. Esto explica que se creara inicialmente el primer equipo con el autóctono nombre de Sport Club Hatuey. Luego se sumaron algunos ingleses que conformaron el segundo equipo, el Rovers Athletic Club. No obstante, a pesar de iniciarse por cubanos, ingleses y otros europeos, incluidos españoles, el fútbol se nutriría finalmente de estos últimos. La gran inmigración hispana aportaría la fuerza fundamental para consolidar la continuidad de ese deporte, especialmente en la ciudad de La Habana.
Muchísimos equipos se formarían por españoles; entre ellos predominó un arraigado interés regional. A veces continuaron apareciendo dispersos otros jugadores europeos, aunque los españoles siempre detentaron la absoluta primacía. En la primera década de surgido el deporte se destacaron clubes de origen hispano como el Euskeria, compuesto por vascos; el Deportivo Hispano-América; el Iberia, uno de los más hispanófilos; el Cataluña, el Olimpia, el Vigo, el Canarias y el Fortuna Sport Club. En la década del 20 surgieron además el Baleares, el Tenerife, Juventud Asturiana y el Centro Gallego. También proliferaron muchos otros de segunda y tercera categorías.
Alrededor del fútbol se estableció un necesario entramado que posibilitó una perfecta organización: desde la estructura puramente deportiva hasta una eficiente y permanente campaña publicitaria, dirigida con verdadero profesionalismo por expertos periodistas, en su mayoría de origen hispano. Entre los logros de esa organización debemos resaltar el persistente interés de los organizadores por detentar los necesarios espacios públicos para desarrollar la actividad. Fueron estos espacios los que identificaron definitivamente la presencia del fútbol en la ciudad.

ESPACIOS PÚBLICOS
Desde la introducción del fútbol, se hizo patente la necesidad de terrenos con ciertas peculiaridades donde poder practicar el deporte. El Sport Club Hatuey logró agenciarse desde sus propios inicios un campo bastante adecuado a las características del juego en los terrenos de Palatino, conocido como Tivolí, en el Cerro. Aquí se iniciaría este deporte, aportando una nueva y más amplia concepción espacial dentro del ámbito urbano de la ciudad, que venía ya transformándose con los estadios y terrenos de beisbol.
En la zona, además, se realizaron infinidad de fiestas los fines de semana y se ubicó también el famoso Parque Palatino, primera instalación de prestancia para el disfrute infantil. A partir de ese tiempo, los equipos de fútbol ambicionaron poseer terrenos propios o rentados para realizar sus prácticas. Al Rovers le fue donado uno en la zona de Ciénaga por el administrador general de los Ferrocarriles Unidos, Robert Orr.
Al ampliarse el grupo inicial de clubes, comenzaron la búsqueda de espacios adecuados donde situar sus futuros terrenos. La práctica del fútbol por los españoles engendró en ellos un afán de independencia y búsqueda de identidad, que los llevaría a conseguir sitios autónomos para el desenvolvimiento de las prácticas y los campeonatos deportivos.
Esa incipiente tradición hispana en el fútbol repercutió de inmediato en toda la masa española inmigrante que asumió el espectáculo deportivo como algo propio. El fútbol vendría, en cierto sentido, a paliar las añoranzas de los españoles por las lidias de toros, que desde antes del establecimiento de la República fueron totalmente suspendidas. Ahora podían dedicarse al seguimiento de otra actividad que les era afín y que constituía, en cierto sentido, una nueva identificación con España.
Por eso, tan temprano como 1912-1913, se celebró el II campeonato oficial en un terreno acondicionado en la finca La Bien Aparecida, propiedad de los santanderinos. Este terreno se convertiría, junto con otro aledaño a la recién creada cervecería Internacional, más conocida por La Polar, en los campos oficiales de juego durante algunos años.
En ellos se fraguó el movimiento futbolístico habanero y se consolidó un público interesado en seguir las carreras deportivas de sus equipos y jugadores predilectos. Con el fútbol se ampliaba la referencia urbana de La Habana. Zonas hasta esos instantes relativamente poco concurridas se nutrían de un nuevo ambiente social. La asistencia dominical del público, incluidas muchas mujeres, aumentaba la movilidad social y singularizaba aún más la atmósfera citadina. Todo el espíritu regional español y sus recién creados cantos, referidos al fútbol, le imprimían una nueva dimensión a las tradiciones hispanas en la urbe.
No conformes con los primeros terrenos, se dieron a la búsqueda de un campo que les resultara más útil y conveniente, por lo que desde fines de la década de 1910 contrataron el Cuatro Caminos Park, más cercano y con características ajustadas para el juego. Fueron solo algunos años los que estuvieron allí, porque en el afán de ampliar las áreas deportivas encontraron nuevos terrenos donde ejecutar sus campeonatos. Paralelamente construyeron un terreno eventual en Buena Vista y, a principios de los años 20, se expandirían simultáneamente al Vedado, en el Parque Muntal y en el terreno Tres Palmas, en este último compartiendo la actividad con el beisbol.
Pero aún les faltaba su más importante logro. Desde el surgimiento del fútbol, habían intentado acceder al estadio insignia de la ciudad, la sede histórica del beisbol, el Almendares Park. De hecho, en el mismo efectuaron un efímero encuentro durante el primer campeonato de fútbol, para después mantenerse alejados de esa instalación. Pero llegó el momento propicio. En los primeros años de la década, no solo accedieron al estadio sino que lo hicieron en el horario más estelar de la semana: el domingo por la tarde. Y aunque hubo ciertas protestas, se mantuvieron hasta finales de la década, que consiguieron nuevos campos.
En el Almendares Park alcanzaron todos los sueños de grandeza e independencia. Durante el tiempo en que se jugó en ese estadio, aumentó la nómina de equipos y la cantidad de juegos durante los campeonatos. Además, la prensa exacerbó las bondades del deporte, tanto en Cuba como en todo el mundo, y apologetizó todo lo referente a la tradición hispana.
Allí se discutirían las copas más importantes y se estrecharían las relaciones con España. La cercanía a la populosa ciudad permitía un intercambio continuo todos los domingos. Tranvías, autos y coches trasegaban a miles de aficionados, en su mayoría españoles, desde almacenes, bodegas, comercios o las propias sedes de los clubes, aumentando el febril movimiento de la urbe. Entre coros y cheers alusivos a los equipos y al fútbol, mantenían vivos la euforia deportiva. Alguna que otra gaita siempre matizaba los atardeceres del Almedares Park.

 

 

LOS NUEVOS ESTADIOS
Como se dijo, la década del 20 fue pródiga en instalaciones deportivas. Además de los descritos, comenzó una fiebre deportiva que posibilitó la construcción de cuatro grandes estadios en la urbe, algo insólito en otros muchos países. El primero fue el estadio universitario; la fiebre deportiva estudiantil justificaba la erección de tamaña instalación. Aunque los universitarios fueron reacios a la práctica del fútbol, en alguna ocasión se formó un equipo para contender en la segunda categoría. Pero lo más importante en este proceso fue el interés mostrado por los funcionarios futbolísticos en estar presentes en necesarios momentos de competencias de la segunda categoría, o en la realización de discusiones de torneos específicos de la primera. Lo cierto es que el fútbol también sumó, aunque fuese ocasionalmente, esta  instalación para sus enfrentamientos.
A pesar de haber conquistado el soñado Almendares Park, la Federación de Fútbol propició la búsqueda de un espacio autónomo y de alta calidad con el fin de efectuar sus campeonatos y las discusiones de torneos. El hecho que ese estadio estuviese preparado para el beisbol y contara con un irregular terreno para el fútbol, siempre los impulsó a poseer algo más digno. Aunque difícil, lograron un acuerdo entre todos los grandes clubes para comenzar una colecta. Entonces decidieron aumentar el valor de la taquilla en una peseta, para en el más breve tiempo obtener un buen presupuesto. Con la nueva instalación, evitarían erogar los pagos excesivos por el alquiler del Almendares. Se confió, como siempre, en la lealtad de los aficionados que también querían algo propio para su deporte, pero el intento se frustró cuando ya tenían 10 mil pesos acumulados. La división minó la confianza porque algunos clubes decidieron construir sus terrenos por cuenta propia; a  fines de 1927 los equipos se distribuyeron el dinero y se volvió a reducir la taquilla.
Durante ese tiempo dos clubes insistieron en erigir sus propias instalaciones, pero fue una sola sociedad la que decidió en serio culminarla. El Deportivo Hispano América, apelando al amor de sus asociados, se dispuso a realizar la proeza y en marzo de 1928 inauguró su nuevo estadio con la presencia del mandatario Gerardo Machado y otras autoridades. Se le llamó Campo Armada, en honor al presidente en funciones del club, el gallego Rafael Armada.
Ante las gradas repletas por seis mil aficionados se desenvolvieron excelentes encuentros. Las consecuencias de su construcción repercutieron enseguida en el resto de los clubes que, al cabo de los meses, se negaron a jugar en la instalación. Posesionados del Almendares, prefirieron continuar jugando allí a pesar de la excelencia del Campo Armada, preparado con rigor para la práctica del fútbol. Era la primera construcción en el país que poseía medidas y características especiales para ese deporte.
La negativa, entre otras razones, también se debió a la lejanía del nuevo estadio. Su inaccesibilidad frustró, en principio, cualquier solución futura para que funcionara. Solo lo utilizó un pequeño grupo que quedó aliado al Hispano, pero los grandes eventos del fútbol continuaron efectuándose en el Almendares, al menos por un par de años más. A fines de 1929 fueron construidos dos nuevos estadios que se constituirían en los futuros paradigmas de los aficionados al fútbol.
Las dos grandes cerveceras de la ciudad determinaron construir sendas instalaciones en sus respectivos terrenos. Tanto La Polar como La Tropical estaban dirigidas en buena medida por españoles muy vinculados a la comunidad hispana y a los promotores del fútbol. Era motivo suficiente para escuchar los reclamos de ubicar en sus predios los futuros recintos. Se sumaba a esto, la lógica ganancia que aportaría la asistencia de público en el consumo de cerveza. Ya en los años 10 del siglo XX, La Polar había construido uno de los primitivos terrenos donde se dirimían los campeonatos. Solo necesitaba ahora favorecer un estadio mejor y volver a atraer a los aficionados.
La Tropical, por su parte, también se unió a la petición y comenzó los trabajos, acelerados por la responsabilidad que asumió con relación a los futuros II Juegos Centroamericanos (1930), que incluían por primera vez el fútbol en sus competiciones. Fue una instalación ecuménica, preparada para acometer también las competencias de beisbol y atletismo. Ambas se inauguraron con juegos de fútbol, con ocho días de diferencia una de otra, en octubre de 1929.
En dichos estadios comenzaría una nueva etapa en el fútbol que se practicaba en la
Isla, caracterizada por la inclusión cada vez mayor de cubanos, hasta llegar a convertirse en un deporte nacionalizado, de acuerdo con la nomenclatura de la época. Quedaba atrás el viejo Almendares Park que había sido el estadio por antonomasia de los hombres del fútbol.
Los siete años transcurridos allí constituyeron altos momentos de esplendor del deporte y de vinculación con España. Fueron de los mejores y más estables años de la comunidad hispana en suelo cubano, antes que se abocara inevitablemente a la crisis económica de 1929, que comenzaría a desdibujar la enorme influencia de los españoles en la ciudad.  
Para ese momento, sus equipos de fútbol habían comenzaron a visitar otros países y a comparar sus potencialidades con excelentes clubes extranjeros. Fueron tiempos también de la visita a La Habana de equipos de gran reconocimiento internacional, entre otros, el Real Madrid, el Español de Barcelona, el Colo Colo, el Sabaria y, en especial, el Nacional de Montevideo, campeón olímpico por esos años.
La impronta del Almendares Park en los españoles radicados en Cuba la dejó plasmada el periodista madrileño Miguel Pascual, en un artículo escrito un mes antes de retirarse de allí el fútbol, cuyos párrafos finales son: «¡Mereces un homenaje sencillo, cordial! Yo te brindo, devoto, rememorando las jornadas más gloriosas en que en tu césped se dieron. Tu proximidad, tus relaciones constantes con la gran urbe, la popularidad de tu nombre sonoro y simpático; la democracia de tus perfiles indefinidos y ese cierre hermético, milagroso, sin puertas metálicas ni acotamiento de feudo, hicieron posible una prosperidad, principio y base de una afición futbolística llamada a constituir la más grande y apasionada afición de cuantas son en los espectáculos públicos. (…) Tu muerte está decretada, se acerca en silencio, inexorable. Pronto no serás más que un puñado de recuerdos, que acaso poeticen, embellezcan, los que están a punto de abandonarte (…) allá cuando quieran referirse a la edad de oro del balompié habanero».1

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1. Miguel Pascual: «El Almendares se pierde como catedral del balompié» en «De Goal a Goal». Heraldo de Cuba, 21 de septiembre de 1929., no.263, año XVIII, p.10.

 

 

Santiago prado pérez de Peñamil
Investigador