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 Fiel exponente de la arquitectura militar renacentista, resguarda entre sus baluartes ejemplos de la construcción naval en Cuba junto a vestigios arqueológicos de pecios, precisamente cuando nuestro país ha ratificado la Convención sobre Protección del Patrimonio Cultural Subacuático.

Con la inauguración, el 6 de junio de 2008, del Museo Castillo de la Real Fuerza, se cumple un viejo anhelo: justipreciar el valor de este inmueble como primer exponente de la arquitectura militar renacentista en América, a la vez que acoge una muestra permanente que a decir de Francoise Riviere, subdirectora general para la cultura de la UNESCO «ayuda a los barcos que yacen en el fondo del mar a terminar sus viajes». 

  
 La Machina era una grúa para arbolar barcos, o sea colocarles los mástiles y otros aparejos. Fue instalada en 1740 en el sitio donde carenaban las embarcaciones, muy cerca de la Comandancia de la Marina, como puede apreciarse en este grabado de Federico Mialhe (1840): la máquina se ve en el extremo izquierdo, encimada sobre un navío. Su estructura piramidal la componían tres gruesos vástagos. Destruida por el huracán de 1846, dicha máquina fue sustituida en 1854 por una similar, pero toda de acero, hasta que 1903 se decidió deshabilitarla por ser obsoleta, además de obstaculizar el tendido de las líneas para los tranvías eléctricos. El museo cuenta con una maqueta a escala de La Machina realizada con madera del mecanismo original.
Una vez más, la Giraldilla convida a visitar la más antigua fotificación habanera, no ya como réplica en las alturas de su torre, sino en la propia entrada, donde el original de esa escultura emblemática ha sido colocado definitivamente. Con la inauguración del Museo Castillo de la Real Fuerza se cumple un viejo anhelo: justipreciar el valor de ese inmueble como primer exponente de la arquitectura militar renacentista en América, a la vez que acoge una muestra permanente sobre la importancia de La Habana y su sistema de fortificaciones, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1982.
El guión museológico se fundamenta en 14 espacios con dos temáticas fundamentales interralacionadas: la arqueología subacuática y la historia de la construcción naval. La idea es potenciar la diversidad con hallazgos arqueológicos en pecios, el modelismo naval y la recreación de la vida a bordo. Guiándose por la señalética —dada en un criterio minimalista que rememora los mástiles de madera de las antiguas naves—, el visitante debe acudir a los complementos informativos si quiere transitar «a toda vela» por los espacios expositivos.
Remontarse a los antecedentes de la historia naval en la Isla requiere marchar al encuentro con los primeros pobladores aborígenes, dada la condición de insularidad y la teoría migratoria a través de la cuenca caribeña. El dominio de la técnica lítica, empleada en hachas petaloides y gubias de concha, así como el aprovechamiento de las bondades del mundo vegetal circundante, les permitió utilizar la canoa como medio indispensable para la navegación. Grandes cedros fueron calados y transformados en embarcaciones con capacidad para 50 o más personas.
En contrapartida, en 1492 arribaron a las costas del Nuevo Mundo las naos conquistadoras al mando del Gran Almirante Cristóbal Colón: la Santa María, la Pinta y la Niña. Tras el descubrimiento y conquista del continente americano, comenzó la explotación de sus riquezas —especialmente plata y oro—, las cuales eran trasladadas hasta España mediante el sistema de flotas creado en 1561 para proteger esos embarques de los ataques de corsarios y piratas, en su mayoría ingleses y franceses.
Unos pocos años antes, ya la villa de San Cristóbal de La Habana había ganado protagonismo gracias a la posición estratégica de su puerto, donde convergían las naves que —procedentes de Nueva España (México), Cartagena de Indias (en Colombia) y Portobello y Nombre de Dios, en la actual Panamá— aprovechaban la Corriente del Golfo en su tránsito hacia la Península.
  
 Escudo de oro acuñado en Sevilla y real de plata (México). Las dos monedas proceden del pecio Inés de Soto.
No obstante, a pesar de su importancia, el enclave habanero apenas era defendido militarmente, lo cual se puso de manifiesto en 1555 cuando el corsario francés Jacques de Sores diezmó a la población luego de incendiar la Fuerza Vieja, precaria fortaleza que ni siquiera pudo ofrecer resistencia. Fue entonces que, a poca distancia de aquélla, se ordenó construir el Castillo de la Real Fuerza, hoy convertido en museo. De hecho, pudiera afirmarse sin cortapisas que muchas de las piezas museables aquí expuestas son evidencia tangible del estrecho vínculo entre La Habana y la «Flota de Indias» como parte del mecanismo que englobaba todo el comercio y la navegación de España con sus colonias.
En primer lugar se destacan aquellas riquezas que —durante siglos— aguardaron la llegada de los asentistas y sus escandallos de plomo en los pecios. Entre cabos, aparejos y bastimentos aparecen esos vestigios arqueológicos subacuáticos: cajas de caudales, monedas, discos, barras de oro y plata... cuya exposición al público «ayuda a los barcos que yacen en el fondo del mar a terminar sus viajes», como expresara Françoise Riviere, subdirectora general para la Cultura de la UNESCO, en su atento mensaje con motivo de la apertura del Museo Castillo de la Real Fuerza.
Son los casos —entre otros— de los navíos Almiranta Nuestra Señora de las Mercedes y Sánchez Barcaíztegui, los cuales naufragaron por diversos motivos, no obstante contar con instrumentos de navegación tan preciados como sextantes, octantes y brújulas. Notorio es que integren la colección habanera tres astrolabios (siglo XVII) de los 65 declarados que se conservan en el mundo.
A los vestigios arqueológicos subacuáticos, se suman los hallazgos efectuados recientemente por el Gabinete de Arqueología (Oficina del Historiador de la Ciudad) durante las excavaciones en la propia fortificación. Proyectiles, restos de armamentos, accesorios de vestimenta militar, monedas y orfebrería religiosa son expuestos en una sala monográfica.
 
 Astrolabio de bronce fabricado en Portugal entre 1600-1625, hallado en el pecio Francisco Padre, en las cercanías del cabo de San Antonio, en Pinar del Río. La graduación de la escala variaba con la nacionalidad: 0-90-0 si era español, y 90-0-90 si su proicedencia era portuguesa. La colección habanera posee tres de los 65 astrolabios declarados que se conservan en el mundo.
El discurso museológico dedica un amplio espacio en la segunda planta a reivindicar el modelismo naval. Los ejemplos abarcan desde el gran vapor Juan Sebastián Elcano (1926), de la Compañía Trasatlántica de Barcelona, hasta la embarcación de papiro Ra II, protagonista de la expedición de Thor Heyerdahl por el Océano Atlántico en 1970. Pero la más significativa prueba de ese bello arte será —sin dudas— el gran modelo del Santísima Trinidad que, a cargo de especialistas cubanos, contribuirá con creces a que el amplio público conozca una de las facetas más apasionantes de la historia naval en Cuba: el desarrollo de su industria naviera durante el proceso de reorganización de la Real Armada, cuando por Real Orden del 27 de junio de 1713 se iniciaron las obras del futuro Real Arsenal de La Habana.
En su sierra hidráulica, movida por la fuerza del agua de un ramal de la Zanja Real, fueron aserrados los componentes del Rayo, San Carlos, San Pedro Alcántara y el mencionado Santísima Trinidad, conocido este último como el «Escorial de los Mares» por ser el más grande navío de su tiempo, el único con cuatro puentes.
Esos bajeles eran arbolados en La Machina, reproducida en una maqueta realizada con la madera original de ese mecanismo. Iniciada en 2003, la restauración del Castillo de la Real Fuerza se atiene al criterio de respetar las huellas insertas en su historia, con el único añadido del puente lateral, de diseño contemporáneo y sencilla estructura de madera y vidrio.
No pocas sorpresas cabría esperar de continuar buscando los restos de la antigua muralla marítima en las cercanías de la fortificación, pues los lienzos de aquélla engarzaban con esta última hasta que fueron derruidos tras la ampliación de la Avenida del Puerto en 1929.


FERNANDO PADILLA
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 Opus Habana