Para dar a conocer a los lectores otro cuadro de tipos y costumbres cubanos, Roig se apoya en el trabajo que sobre el médico de campo publicó el primero de nuestros costumbristas, José María de Cárdenas y Rodríguez, en su Colección de artículos satíricos y de costumbres (1847).
Más que sátira contra los médicos, es contra los clientes, contra la ignorancia, los prejuicios, las majaderías, de los supuestos enfermos y sus familiares.

Al Dr. Benigno Souza, fundador creador y hoy ex director del Hospital de Emergencias, cirujano ilustre y médico filósofo, pisicólogo, observador y costumbrista.


En todas las épocas y en todos los países han sido los médicos blanco de los ataques y burlas de los escritores satíricos y costumbristas. Cuba no ha sido una excepción a la regla y son varios los humoristas cubanos que han satirizado a los galenos de su época. Pero de todos esos trabajos merece especial mención el que publicó para su Colección de artículos satíricos y de costumbres (1847), el primero de nuestros costumbristas, José María de Cárdenas y Rodríguez, titulado «El médico de campo».
No se ensaña realmente Cárdenas –que ello no entra en su temperamento– con los defectos y vicios de los médicos, sino que se limita a dar a conocer, contadas por uno de la clase, la vida y aventuras de un médico de campo. Más que sátira contra los médicos, es contra los clientes, contra la ignorancia, los prejuicios, las majaderías, de los supuestos enfermos y sus familiares.
Cuenta primero el galeno su decepción, una vez recibido y graduado en la Universidad, al experimentar cómo transcurrían los días y los días sin presentarse los enfermos, lo que le hizo pensar dos cosas: «o que el pueblo se había asustado con la noticia de haber un médico nuevo, y no enfermaba nadie, temeroso de caer en sus manos, o que sus cofrades más antiguos habían monopolizado todos los faltos de salud».
Sin ponerse a dilucidar a cuál de estas dos causas se debían sus infortunios, decidió abandonar la ciudad y trasladarse al campo, convirtiéndose en médico de idem, contratándose en un ingenio de los más ricos y mejor situados, con sueldo, comida y sirvienta, «que era en una pieza, lavandera, cocinera, costurera y cuanto yo más quería», pudiendo igualarse en las fincas cercanas y hacer visitas a domicilio.
Instalado en su habitación procedió a colocar debidamente su biblioteca, formada, según él cuenta, por las siguientes obras: «Patología de Roche y Sansón, La religiosa, Formulario de recetas, tomos segundo y cuarto de Gil Blas de Santillana, Tisiología de Richeraud, Poesías de Iglesias y un Tratado de botánica aplicada a la medicina». Con tan selectas y valiosas obras, agrega, «era poco menos que imposible verme perplejo, aún cuando se me presentara un caso de enfermedad más nuevo y extraño que los que se ven en el tomo de cartas inventadas y publicadas por Le-Roy, o en los «atestados» donde vienen envueltos los pomos de zarzaparrilla, las cajas de píldoras de Morison o Brandreth, y otros medicamentos.
Los primeros días en el ingenio los dedicó a coger mariposas, hasta que el mayoral empezó a enviarle enfermos, siempre con la recomendación de: «Póngalo usted bueno pronto que me hace falta». También se permitió este personaje informarle al dueño de la finca que desde que estaba el nuevo médico los muertos habían superado en número a los habido el año anterior, lo cual no era cierto porque «de cinco descendientes de Cham, que habían sido enterrados, tres debían su muerte a accidentes fortuitos; de modo que a todo tirar, sólo dos muertes pudieron achacárseme, lo que en más de cuatro meses era bien poco para un facultativo que ha tenido tan buenos estudios como yo».
Y empiezan los enfermos a domicilio. El primero que visita tiene solamente un ligero catarro; le recomienda que tome cocimiento de flor de borraja y se abrigue, pero al día siguiente lo despiden de la casa porque no había recetado. Desde entonces, en casos parecidos siempre recetaba lo siguiente, a fin de no perder, si no recetaba, fama y dinero:

«Azúcar blanca… 1 onza

Agua destilada… 2 libras.

Mézclese y agréguese sirope rosado en cantidad suficiente para que tome color».

Desde luego que esta receta la da en castellano para conocimiento de sus colegas y aplicación como siempre él hizo «en todas las ocasiones que consideré no haber necesidad de medicinas y persuadido de que no podía resultar en perjuicio del paciente; ahora bien, la receta para el enfermo y sus familiares, la redactaba en latín, en esta forma:

«Sacari albi… unciam

Aquae destilatae… libras duas.

Misce, et addes syrup rosat q. s. ad colorem».

A los parientes del enfermo les recomendaba: «esta es una bebida coloradita y que surte siempre los mejores efectos: se darán al enfermo tres cada dos horas; teniendo especial cuidado que no se mueva y hacerla tibiar antes».
Jamás se olvidó de recetar, viniese o no viniese a cuento, convencido de que los clientes lejos de agradecer que no se les haga gastar dinero en medicina, no consideran al médico que deja de recetar. «Ya dijo Lope de Vega, comenta este médico de campo filósofo, que cuando el vulgo paga justo es complacerlo, yo complaceré a este vulgo del campo, pues él es quien me paga, y si llega a hacerse natural en mí la pedantería a que recurro como medio para medrar, no me culpen, por Dios; si no culpen a estas gentes entre quienes me veo».
Y así lo hace. Y observando que cuando hablaba en términos claros y comprensibles nadie le creía, habla siempre de manera que no lo comprendan. Como ejemplo cuenta la pintoresca escena en un miserable bohío asistiendo a un viejo atacado tan sólo de indigestión, «lo que me guardé muy bien de decirlo», expresando en cambio en términos técnicos y palabras altisonantes su largo, difuso, complicado e ininteligible diagnóstico, que desde luego oyeron embobados y admirados los guajiros. Nuestro médico comprende lo ridículo de la escena y comenta en la autobiografía que Cárdenas nos da a conocer:
«Figúrese cualquier cristiano amigo de observar contrastes, qué parecería un hombre, hablando como dice Iriarte, en un estilo tan enfático, en la saleta de un miserable bohío formado de estacas y embarrado, donde todo demostraba la miseria y la desidia, y donde alternaban las personas con los perros y los cerdos y las aves domésticas; y cómo sonarían sus técnicas frases en los oídos de una pobre gente de todo punto ignorantes y acostumbradas no más a cavar la tierra y coger su poca o mucha cosecha de maíz de patatas o a dirigir una enorme carreta por entre cangilones y lodazales… Pero yo había visto que esta gente no creía en el saber del médico, si cuando hablaba lo comprendían, y así es que hablé para que no me comprendiesen, haciendo al mismo tiempo la triste reflexión de si sería cierto que en la ajena ignorancia estriba y está la piedra fundamental de una ciencia tan sublime como la que profeso».
Así, psicólogo, filósofo, observador y costumbrista, a su vez, este médico de campo, que nos pinta José María de Cárdenas, nos ofrece cuadros reales y vividos de la clientela campesina de su época, que en realidad no se diferencia gran cosa en ignorancia y prejuicios de la clientela urbana, que en nuestros días visita las consultas y clínicas de nuestros actuales más famosos especialistas, ¿verdad, querido y admirado Dr. Souza, cirujano ilustre y médico filósofo, pisicólogo, observador y costumbrista?

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