El Museo Numismático de la Oficina del Historiador de la Ciudad conserva en sus fondos una singular pieza, la primera en la numismática donde aparece plasmada la efigie de José Martí: la Medalla de la Emigración.

Una decena de exposiciones tuvieron lugar entre el 9 y el 15 de abril de 2012, como parte de la III Jornada Fotográfica Latinoamericana.

Ensayo que obtuvo el Premio de Crítica Historiográfica Enrique Gay Calbó, convocado por la Academia de la Historia de Cuba

Segreo Ricardo, Rigoberto. Iglesia y nación en Cuba (1868-1898). Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010

Por: Edelberto Leiva Lajara
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Hace un par de décadas cualquier profesional de las Ciencias Sociales, o simplemente un lector interesado, podía constatar fácilmente el desierto historiográfico que rodeaba un tema como la historia de la Iglesia Católica en Cuba. Afortunadamente, ese mismo profesional o lector estaría hoy en condiciones de verificar el aún lento, pero constante poblamiento de esa “parcela” de la historiografía cubana. En algo más de veinte años, un grupo relativamente importante de libros, artículos, trabajos de licenciatura, tesis de maestría y doctorado e intervenciones en eventos muestran el (re)nacimiento del interés por la historia institucional de Iglesia, así como por una reinterpretación de sus múltiples y variados niveles de interacción con la historia, la sociedad, la cultura y el proceso de formación nacionales. Reinterpretación porque, efectivamente y al menos como intención, parecen desecharse las sempiternas apologías o denuestos que marcaron la pauta de las aproximaciones al tema durante casi -o más de- un siglo. No han desaparecido, por cierto, pero incluso ellas hacen gala de disfraces más “objetivos”.
Con independencia de algunas importantes contribuciones historiográficas de los últimos años, ese proceso de reconstrucción y reinterpretación de la historia eclesiástica cubana se halla estrechamente vinculado a la obra de Rigoberto Segreo Ricardo. Con la publicación, en 1998, de Conventos y secularización en Cuba en el siglo XIX 1, Segreo iniciaba una suerte de trilogía que hallaría continuidad dos años después en De Compostela a Espada. Vicisitudes de la Iglesia católica en Cuba 2 y que,una década más tarde, cerraría con Iglesia y nación en Cuba (1868-1898).3 Tal vez menos afortunados en su difusión que otras incursiones en el tema, los tres textos de referencia constituyen hasta el momento, posiblemente, la más coherente visión de conjunto de la evolución institucional de la Iglesia Católica en sus relaciones con la sociedad, la economía y la política coloniales en Cuba. Ciertamente, se trata en general de un modo más bien clásico de historiar, en el que Segreo no aborda sino tangencialmente el complejísimo universo de las expresiones de la religiosidad popular católica en la Isla, el imaginario ni las representaciones simbólicas que acompañan -y complementan- el amplio espectro de los vínculos antes señalados. Pero no fue ese su objetivo, sino darle coherencia a nuestra historia eclesiástica, integrándola a los contextos generales de la evolución de la Cuba colonial. En esta dirección, sin dudas, pueden encontrarse los resultados más importantes de su obra, que aunque no es una saga novelística -o novelera- y cada texto constituye en sí mismo una investigación cerrada, sugerimos aprehensible en buena medida solo si se conocen los tres títulos. Dando por cierto -asumo el riesgo- que esa condición se cumple en el lector para los dos primeros, intentemos una aproximación a Iglesia y nación en Cuba (1868-1898). Creo necesario dejar sentado desde este punto que, en mi opinión, este debería ser el más importante de los trabajos de Segreo sobre el tema, sencillamente porque toda su obra no constituye, en esencia, sino un largo recorrido para explicar las razones de la afiliación raigalmente colonialista de la institución eclesiástica ante el proceso independentista cubano de la segunda mitad del siglo XIX.
La complejidad de la relación entre la Iglesia, el Estado y la sociedad coloniales –más que Iglesia y nación, a pesar del título- en el periodo abordado por Segreo, porta matices no solo historiográficos, sino claramente ideológicos y políticos. La tradición más arraigada e influyente en la historiografía liberal de la Cuba republicana, cuyo representante más consecuente en el terreno que nos ocupa fue Emilio Roig4, demostró de modo fehaciente la oposición raigal de la Iglesia, como institución, a las aspiraciones independentistas y de reafirmación nacional en Cuba. La fuerza de su vocación anticlerical, no obstante, provocó que se equivocara atribuyendo esa actitud a una especie de naturaleza intrínseca a la Iglesia, sin prestar atención a una evolución histórica que trascendía el obligado reconocimiento de figuras como el obispo Espada o Félix Varela. Reforzado por la innegable filiación contrarrevolucionaria de la jerarquía eclesiástica y la adopción oficial de un ateísmo militante que hizo suyo de modo simplista el apotegma de la religión como opio de los pueblos, ese esquema interpretativo no sufrió alteraciones importantes durante las primeras décadas posteriores al triunfo revolucionario de 1959. Solo en los años 80 del pasado siglo comenzó la aparición de trabajos que anunciaban la posibilidad de un cambio en los absolutos de ese posicionamiento historiográfico.5
Por esas razones Iglesia y nación en Cuba (1868-1898) es un libro de polémica, incluso de polémica abierta, como eventualmente asume Segreo al dedicar un epígrafe a las interpretaciones historiográficas de la posición de la Iglesia ante la Guerra del 95,6 en el que en realidad se somete a crítica sobre todo la visión de Emilio Roig. Para entender la argumentación de Segreo, es necesario al menos dominar el esquema básico de su propia interpretación de la evolución histórica de la Iglesia en Cuba, que puede resumirse del modo siguiente: en los primeros siglos coloniales, el contexto insular propició que, siempre en los marcos del Real Patronato, se conformara una Iglesia orgánicamente vinculada a la sociedad criolla por profundos nexos familiares, económicos y culturales. Hacia el siglo XVIII la institución vive un momento de esplendor, y comparte una suerte de plataforma común de intereses con los sectores de las elites coloniales, que crea condiciones favorables para el despliegue de sus posibilidades de incidencia social. El desarrollo de la plantación esclavista socavó las bases de esta comunidad de intereses, ante el avance de una mentalidad laica y burguesa, proceso que corre paralelo a la ofensiva contra la Iglesia que acompañó el ascenso del liberalismo burgués en España, con manifestaciones virulentas en los procesos de desamortización de bienes eclesiásticos. Como resultado, hacia la década del 40 del siglo XIX, la Iglesia criolla fue desarticulada, los conventos cerrados, sus bienes confiscados, los principales centros educacionales pasaron a control del Estado y también pasó a depender económicamente de él todo lo relativo al culto y clero. Desde los años 50, la necesidad de reconstrucción del andamiaje eclesiástico se concretó a través de un modelo de españolización que, junto a la profunda dependencia del Estado, enajenó cada vez con mayor fuerza a la Iglesia del proceso de formación nacional, colocándola en oposición al proceso independentista que se desata en la segunda mitad de la centuria.
La Iglesia que se somete análisis en Iglesia y nación en Cuba (1868-1898) resulta, por tanto, la misma institución de esencia antinacional en relación con los cubanos -pero de un profundo nacionalismo español-, profundamente integrista y comprometida con el colonialismo que en su momento atacó Emilio Roig. Solo que no lo es por las mismas razones. La especie de maleficio genético que parecía acompañar a la institución definiendo fatalmente su comportamiento se transforma en el resultado de procesos que impidieron la continuidad de una línea de desarrollo que, hasta las primeras décadas decimonónicas, era diferente. Esto no exime, por supuesto, de la necesidad de explicar a su vez la actitud de un sector de la intelectualidad republicana cubana hacia la Iglesia, cuestión que no nos ocupa en este momento.
Uno de los aspectos de mayor interés es la relación que a lo largo de toda la obra se establece entre la situación política española y sus efectos sobre la relación con la Iglesia peninsular y con Roma. Ello obliga al autor a intentar develar todo un entramado que penetra en las relaciones internacionales de la Europa de la época, sus conflictos y alianzas. Cada coyuntura, y en ocasiones cada episodio, intenta ser sometido a una lectura que permita develar claves de interés para la relación Iglesia-Estado y, al mismo tiempo, perseguir el reflejo de esas claves allende el Atlántico, donde cualquier interpretación de la política liberal española debe pasar el “filtro” de sus debilidades estructurales y sus aspiraciones coloniales. Si las conclusiones dejan dudas en ocasiones, se debe sobre todo a la propia complejidad de los escenarios insulares y las limitaciones documentales que pueden constatarse a lo largo del texto.
Esto último, por cierto, marca una diferencia importante con Conventos y secularización… y De Compostela a Espada…, obras que destacan por la amplia utilización de fuentes de archivos cubanos. Iglesia y nación en Cuba (1868-1898), en cambio, recurre preferentemente a recursos bibliográficos y documentos publicados, lo cual puede tal vez relacionarse con el paulatino deterioro de la salud del autor, pero que es necesario reconocer como un factor que reduce las posibilidades de análisis.
El texto de Rigoberto Segreo se estructura en seis capítulos, de los cuales el primero y los tres últimos se explican por una elemental periodización, mientras el segundo y el tercero reflejan, en mi opinión, un interés por problemas muy específicos. El libro abre con el capítulo titulado “De una Iglesia criolla a una Iglesia española”, un resumen del desarrollo histórico de la institución en Cuba desde finales del siglo XVIII hasta la reforma eclesiástica de la década del 50 del siguiente. En él se esboza el esquema básico al que se hacía referencia más arriba, pero para asumir su crítica lo único serio sería remitirse a los dos primeros libros de Segreo, en que aborda a profundidad estas cuestiones. Resulta imprescindible, sin embargo -y es evidente que así lo entendió el autor- para quien emprende la lectura sin un conocimiento previo del tema.
Los capítulos 2 y 3 -“Conjura contra el obispo de La Habana” y “El cisma católico de Santiago de Cuba”-, persiguen, cada uno de ellos, un objetivo específico. El primero, demostrar las contradicciones inherentes a las relaciones entre la jerarquía eclesiástica y las autoridades del Estado colonial. Las cuitas de Jacinto María Martínez Sáez, obispo de La Habana desde 1865, son conocidas casi exclusivamente por el episodio -referido con frecuencia en los libros de historia- de abril de 1871, en que se le impidió desembarcar en La Habana a su regreso de Europa, bajo la presión de los voluntarios. Pero la animadversión de los voluntarios hacia el prelado provenía de las críticas a sus desafueros, no de falta de fidelidad a España.
Poco se conoce que, con anterioridad a esos hechos, el prelado había sido deportado por el Capitán General Caballero de Rodas, a raíz de los graves enfrentamientos entre ambas autoridades. La naturaleza de estos enfrentamientos, casi constante, es el centro del capítulo, en el que Segreo demuestra que, en vísperas y a comienzos de la Guerra de los Diez Años, las relaciones entre la Iglesia y las autoridades coloniales distaban considerablemente de ser idílicas. Las dificultades económicas, la escasez de sacerdotes, los conflictos de jurisdicción entre el Capitán General -como Vice Real Patrono- y la jerarquía eclesiástica, indican a las complejidades de un período de reajustes en el cual aún no se había resarcido la institución de las heridas de la secularización. En realidad, no lo lograría nunca a lo largo del siglo XIX. La funcionalidad del compromiso ideológico se veía entonces constreñida por ese factor, pero también por la hostilidad en las relaciones entre el Papado y Madrid, reflejadas en la resistencia de los eclesiásticos a reconocer sin cortapisas la autoridad superior del gobierno y que solo comenzaría a distenderse tras la dimisión de Amadeo I al trono español en 1873.
A pesar de la importancia que revisten las valoraciones de Segreo en relación con este periodo en particular, habría que señalar al menos dos limitaciones: la primera, que solo se trata del reflejo de estas contradicciones entre la más alta jerarquía, por lo que queda pendiente un estudio del problema a los niveles de interacción del clero con otros sectores del funcionariado y la población en general, que evidentemente develaría otras dimensiones del conflicto. La segunda limitación, también importante, es la ausencia de contrapunteo entre fuentes que reflejen la posición de ambos contendientes, en tanto -y el mismo autor lo reconoce como de pasada- al abordar los hechos se sigue la narración que de los mismos hace el obispo, lo que introduce en el análisis una mayor dosis de subjetividad. A pesar de ello, pienso que el manejo de estas fuentes no debe introducir en el futuro cambios de importancia en la interpretación de la naturaleza del enfrentamiento.
Otro aspecto de interés en la obra es el estudio de uno de los más desconocidos episodios de la historia eclesiástica cubana del siglo XIX, el Cisma de Santiago de Cuba, al cual se dedica el tercer capítulo. Nuevamente, se trata de un enfrentamiento en el cual el rol protagónico parecen representarlo los conflictos de jurisdicción entre el Real Patronato y las prerrogativas del Papado, a raíz del nombramiento como arzobispo de Santiago de de Arzobispo -nunca reconocido por el Papa- de Pedro Llorente y Miguel. Se trata de un fenómeno complejo cuya naturaleza parece relacionarse más con los conflictos entre Madrid y Roma, aunque el autor con frecuencia intenta establecer relaciones con el contexto cubano del momento. Estas relaciones sin duda existieron, pero con la excepción de un breve ensayo de interpretación de las relaciones entre el cisma y la guerra en el que el autor enuncia algunas sugerencias de interés, el tratamiento aborda prioritariamente los sucesos a partir de los condicionamientos planteados por los conflictos entre el liberalismo español y la Santa Sede. Sería necesario -y establecer una necesidad de este tipo no es escaso valor desde el punto de vista historiográfico- dilucidar, sobre una base documental sólida, en qué medida la pugna entre orberistas y llorentistas sirvió de pretexto a una suerte de purga, de la que fue víctima el clero cubano. Esta constatación, unida a la suerte del grupo de sacerdotes cubanos afectados por las persecuciones y confiscaciones por causas de infidencia, explicaría cómo se concreta definitivamente la españolización de la Iglesia, en cuanto a su composición, en las décadas posteriores a la Reforma Eclesiástica de los años 50.
En los tres últimos capítulos el libro retoma la secuencia cronológica como hilo conductor, analizando las relaciones Iglesia-sociedad-Estado colonial y la actitud de la institución ante el problema nacional cubano durante la Guerra de los Diez Años, el período de entreguerras y la Guerra del 95, respectivamente. Se trata de un análisis complejo, en el que debe reconocerse la profesionalidad del contrapunteo entre planos contextuales diversos, con un punto de convergencia en las actitudes políticas e ideológicas presentes en Cuba. Así, las relaciones de España con la Santa Sede, los vaivenes de la política colonial peninsular, el estado de las relaciones Iglesia-Estado a nivel de la monarquía y la situación interna de la Isla se asumen en una lectura que intenta integrar una explicación coherente de los acontecimientos y posiciones a lo largo del período.
Podría afirmarse que dos cuestiones, al menos, quedan claras en esta parte del texto. La primera, la oposición de la Iglesia, como institución, al proyecto nacional independentista cubano. La segunda, la complejidad de los matices a través de los cuales se expresa este posicionamiento político e ideológico. Segreo hace énfasis en el compromiso eclesiástico con la ideología nacionalista, pero también demuestra fehacientemente la persistencia de contradicciones, en ocasiones agudas, entre la más alta jerarquía religiosa y las autoridades civiles y militares de la colonia, que se debilitan, sin desaparecer, hacia las últimas décadas de la centuria. Incursiona en la difícil situación del pequeño núcleo de sacerdotes cubanos que contradecían, con su actitud -activa o de simpatía- patriótica, la posición oficial de la institución a la que pertenecían, siendo objeto de persecuciones, deportaciones e incluso de ejecución por las autoridades militares. En relación con la situación política y militar, el autor aborda una serie de aspectos esenciales de la evolución propiamente institucional de la Iglesia, desde la difícil situación creada por la Guerra de los Diez Años -ocupación y destrucción de templos por los dos bandos en conflicto, abandono de las parroquias rurales por los sacerdotes, desplazamiento de la población de las zonas de guerra, etc.-, pasando por el incompleto período de recuperación entre 1878 y 1895 hasta llegar a la nueva contienda independentista, capítulo que cierra el libro.
En mi opinión Iglesia y nación en Cuba (1868-1898), desde el punto de vista historiográfico, es un caso muy singular. Si es cierto que decir una nueva palabra en la escritura de la historia es difícil -y lo es, tanto que debemos reconocer (la humildad no es un defecto tan grave como para que el gremio enrojezca) que la mayor parte de los historiadores no lo logra-, Segreo lo logró, pero no en su último libro sobre el tema, sino en los anteriores. En ellos ya estaba la respuesta a la interrogante fundamental: ¿por qué una Iglesia, que pudo ser cubana, terminó su derrotero colonial como enemiga acérrima del proyecto nacional independentista? No podía dejar de escribir Iglesia y nación…, porque sin ella el ciclo estaba incompleto, pero al mismo tiempo había llegado al punto en que no quedaba sino converger con los criterios de la historiografía liberal y buena parte de la marxista que le precedió. Como no partía de apriorismos, pudo aún polemizar con ellos e introducir un grupo de matices novedosos, aunque algunos de ellos requerirían un acucioso trabajo sobre fuentes documentales que sirva de confirmación a los asertos de Segreo. En esto, nuevamente, se halla la limitación fundamental del trabajo y lo que, como se señalaba con anterioridad, lo coloca en desventaja respecto de los estudios anteriores del autor sobre la temática eclesiástica.
Con la obra -toda la obra- de Segreo, la cuestión de la Iglesia católica en Cuba, su evolución institucional y sus vínculos sociales y políticos con el contexto colonial se consolidó como problema historiográfico. Ello significa, primero, el reconocimiento de su valor metodológico y sus significativos aportes a una interpretación del papel de la Iglesia en la historia nacional. Segundo, y más importante en perspectiva, que como problema plantea la necesidad de trascender los marcos de su evolución institucional y sus implicaciones políticas e ideológicas para adentrarse en la historia social -la moderna historia social- de la Iglesia en la Cuba colonial. El estudio del bajo clero, del universo de las parroquias, del imaginario que cultiva y explota, del contexto que transforma y por el que es trasformado a nivel de los sectores populares, junto a muchas otras posibilidades investigativas, es ahora -no aún, sino ahora, que es más factible- una deuda de nuestra historiografía. Y lo es, al menos en parte, gracias a Rigoberto Segreo Ricardo.

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1 Segreo Ricardo, Rigoberto. Conventos y secularización en Cuba en el siglo XIX. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998.
2 _____________________ . De Compostela a Espada. Vicisitudes de la Iglesia católica en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000.
3 _____________________. Iglesia y nación en Cuba (1868-1898). Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010.
4 Las opiniones de Emilio Roig con respecto al papel desempeñado por la Iglesia en el contexto de las luchas por la liberación nacional fueron expresadas con cierta frecuencia en diferentes medios. Las argumentaciones más completas, sin embargo, pueden encontrarse en La Iglesia católica en la independencia de Cuba (Gran Logia de Cuba, La Habana, 1958) y La Iglesia católica contra la independencia de Cuba (Talleres de la Impresora Modelo, La Habana, 1960).
5 En buena medida, la posibilidad de una reinterpretación de la historia de la Iglesia católica en Cuba quedó ya planteada en el artículo “Formación de las bases sociales e ideológicas de la Iglesia católico-criolla del siglo XVIII” (Santiago, Revista de la Universidad de Oriente, no. 48, Santiago de Cuba, diciembre de 1982), de Eduardo Torres-Cuevas.
6 Ver Segreo Ricardo, Rigoberto. Iglesia y nación…, pp. 277-285.

Ensayo que obtuvo mención en el Concurso de Crítica Historiográfica Enrique Gay Calbó, convocado por la Academia de la Historia de Cuba

Entre revelaciones e impugnaciones: El proceso de formación y desarrollo de San José de las Lajas desde una mirada transdisciplinaria.


Por: Miriam Herrera Jerez
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Pero si deja de soñar quien nos abriga entonces...
ELISEO DIEGO

 

A través de los siglos y de las civilizaciones, sin que aquellos que la edificaban o la vivían lo pretendieran, o fueran conscientes de ello, la ciudad ha tenido el rol memorial del monumento: objeto paradójicamente no levantado con esta intención, que, como todos los viejos pueblos y todos los establecimientos colectivos tradicionales del mundo, tenía (…) el doble y maravilloso poder de enraizar a sus habitantes en el tiempo y en el espacio.
FRANCOISE CHOAY

 

San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro fue uno de los libros presentados en la pasada Feria del Libro. Sin embargo, es un proyecto que viene madurando Jorge Garcell Domínguez desde 1995. Para comprender sus objetivos es importante tomar en consideración que el autor ha unido en su persona campos de saber que a menudo permanecen fragmentados. Es graduado en Arquitectura y Máster en Arqueología, ha trabajado en el Museo Histórico Municipal, como su director y en Planificación Física, y al mismo tiempo es técnico en topografía y miembro de un grupo de Espeleología, activo durante las últimas décadas del siglo XX. Es decir, se mueve con soltura en campos realmente afines de las Ciencias Sociales, como la Arqueología, el Patrimonio, la Antropología, la Historia, la Arquitectura, el Urbanismo y la Espeleología. Estas formaciones diversas complejizan el lugar de enunciación de su discurso histórico.
La importancia del poblamiento rural habanero por su centralidad en la constitución de la región, de una sociedad distintiva dentro del Caribe y la formación misma de la cubanidad, ha sido advertida y estudiada por grandes historiadores de la talla de Ramiro Guerra y Julio Le Riverend, y continuada con seriedad por Carlos Venegas. Sin embargo, se podría afirmar que, de las regiones de Cuba, es una de las más invisibilizadas. Se ha estudiado, por ejemplo, como se desarrolla la industria azucarera desde el siglo XVII al XIX, pero sin tocar las estructuras y dinámicas sociales concretas que se despliegan en el territorio. En el desplazamiento del azúcar se continúa viaje hacia Matanzas y la región de las Villas, la Habana rural queda detrás como paisaje. Así es que cada vez que aparece un estudio anclado en la región, por particular que sea, plantea cuestiones sorprendentes del poblamiento rural y las interacciones sociales a que da lugar.
Sobre la base de un intenso estudio documental, arqueológico y urbano la investigación de Jorge Garcell Domínguez se centra en el proceso de fundación del asentamiento lajero y su desarrollo hasta 1854, con los objetivos explícitos de revisar la construcción historiográfica sobre el proceso fundacional y explicitar las razones de desestructuración del centro histórico urbano de San José de las Lajas; hecho que lo distingue —para mal— del resto de la red de asentamientos coloniales configurados a fines del siglo XVIII en medio de la ocupación
intensa, característica del paso a una economía de plantación. Así el viajero que llega a la nueva capital de Mayabeque se encuentra que el centro del pueblo no es la Iglesia y su Plaza, sino esas llamadas «Cuatro Esquinas» que nos revelan el florecimiento de un centro comercial, que sobre la base de convertirse en eje del camino nuevo hacia Güines, hacen de San José una ciudad de servicios intermedios. Aunque después de la década de los cincuenta del siglo XX los estudios urbanos han visibilizado al «espacio» como categoría, para muchos continúa siendo una novedad el comprender el «espacio urbano» como un objeto historiable en sí mismo y aún más el concebirlo como patrimonio histórico. San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro, es entonces un exponente interesante de la reciente historiografía local escrita desde el compromiso con la protección patrimonial del tejido urbano de esos extraños pueblos que llenaron el país de la Habana. Es una obra centrada en el acto y el espacio fundacional de este asentamiento; revisitado desde tres dimensiones analíticas: la tradición escrita, los problemas de desarrollo urbano heredados y un ejercicio de restitución simbólica a partir de la reconstrucción histórica del espacio fundacional. LA DECONSTRUCCIÓN HISTORIOGRÁFICA
La incomprensión del papel fundamental de la Iglesia en el proceso poblador y el desconocimiento del mismo llevó a muchos historiadores locales, que han estudiado la formación e institucionalización urbana en el caso particular de San José de las Lajas, a explicar el hecho fundacional a partir de la formación de un núcleo de población desde mediados del siglo XVIII, con la construcción de una bodega en un cruce de caminos. Aquí la reconstrucción histórica de Garcell a partir de fuentes originales localizadas en el Archivo de Guanabacoa, en el Archivo Nacional y en el del Arzobispado resulta esencial para aclarar que el proceso de concentración poblacional solo fue posible después de la construcción de la iglesia, cuya edificación parece simultánea a la de la casa-bodega. La estrategia territorial de la Iglesia estuvo orientada al control de los recursos de un espacio lleno de ingenios, potreros y estancias, que simultáneamente, es apropiado, delimitado y subordinado a un centro; proceso que tiene una dimensión económica, institucional y simbólica. Casi todos los antiguos curatos rurales lograron transformarse en centros urbanos polarizantes. San José, como subordinada, desde el punto de vista eclesiástico, en sus orígenes a Managua, no fue la excepción. Puede consultarse en el Libro la copia del Plano de la división entre Managua y San José para que se entienda esa estrategia. Dentro de la revisión historiográfica esa me parece la crítica más significativa. En la restitución del documento, Garcell Domínguez ampara su crítica a las “lecturas erróneas, repetidas una y otra vez y en las que abundan enfoques y argumentos simplistas, muchas veces sin amparo de fuentes documentales”1 que han construido un relato histórico inexacto de la fundación del núcleo urbano.
Y aunque la petición de los vecinos acaecida en 17852 es un hecho establecido, la búsqueda en fuentes originales sobre este acontecimiento primigenio le permite al autor aclarar en primer lugar el error de situar 1778 como fecha de fundación, reconstruir la lista completa de los vecinos que se reunieron para la solicitud y no por último, menos importante, la siguiente descripción: “…todas las tierras de dicho corral y del Sábalo se hallan repartidas
1 Jorge F. Garcell Domínguez: San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro. p. 11. 2 Nos referimos a la solicitud que realizan seis vecinos al Obispado para fundar en la hacienda San José una Iglesia como Auxiliar de Managua.
y pobladas de sitios, potreros y estancias y que pueden contener hasta 500 personas…”. La significación de esta descripción va mas allá de la discusión sobre la confirmación de la no existencia de un núcleo concentrado de población anterior a la Iglesia. En 1785 cuando Cristóbal Martínez y Antonio Delgado, vecinos de Managua, donaron cada uno de sus respectivas fincas, un cuarto de caballería para la construcción y formación de la Iglesia y Pueblo de San José; el Teniente Coronel Dn José Jph O’Farril, junto a José González Rodríguez, solicitaba la formación de una Parroquia Auxiliar en Tapaste y cedía media caballería de tierra con este objetivo. Ambrosio Vicente de Zayas Bazán, dueño del ingenio Santísima Trinidad, grava con 50 pesos anuales esta posesión como contribución financiera para el proyecto. Así estableciendo conexiones con hechos conocidos, pero aislados, asistimos a la emergencia de dos estrategias diferentes de control territorial que coexisten y que responden a intereses sociales de jerarquías distintas: la estrategia territorial de la oligarquía plantacionista que representan los O’Farril, quienes tienen en la zona buena parte de sus ingenios, potreros y cafetales y su salida natural por el río Jaruco; y la estrategia de criollos que no pertenecen a la élite plantacionista y que quizá solo están apostando con un poco de olfato. Todo ello nos permite descubrir los resquicios que estos procesos de cambio social abrían. La cercanía de los procesos, que el autor no consideró, obliga a repensar el carácter social de la fundación de San José, y quizás debamos conectar esa reflexión con la que hace Pablo Tornero en su texto de Santiago de las Vegas u otros autores para el caso de Güines. No obstante, el texto de Garcell Domínguez contribuye a que los historiadores sociales reflexionen en la simultaneidad de estrategias aristocráticas —como muy bien representan los señoríos jurisdiccionales— con estrategias, que a falta de un mejor término, podríamos llamar populares.
De esta manera su crítica a los estudios previos pone el dedo sobre lo que aún continúa siendo un vacio historiográfico: el estudio del proceso de poblamiento de la llanura habanera. Para decirlo con las palabras de Venegas que aparecen en el prólogo de esta investigación: el estudio de “…las condiciones de una vida cotidiana rural y la temprana presencia de un campesinado libre y colonizador escasamente percibido dentro de los análisis reduccionistas manejados a menudo para describir la propiedad territorial de la Isla”. De ahí que las respuestas a varias interrogantes que nos plantea este texto esperan todavía por un estudio social que ilumine quienes son, sociológicamente hablando, Cristóbal Martínez, Antonio Delgado, Joseph Parreño, Gabriel y Luis Roque y Manuel Fascenda.3 Entonces podríamos completar la explicación de por qué escogieron un espacio fundacional que después se reveló inadecuado para el desarrollo urbanístico, aunque el templo se ubicara en el área más elevada del Camino Real a Güines como bien apunta el arquitecto que habita en Garcell o explicar las razones de una estructura agraria tan diversificada desde antes de 1788. Algunas claves para esto último ya nos la adelanta el autor al incluir como proceso ineludible el reparto ilegítimo de las tierras de naturales,4 auspiciado y dirigido por el Cabildo de Guanabacoa. Es de los pocos autores que han establecido una relación directa entre la formación y demolición del Hato Río Bayamo y los centros agrourbanos formados posteriormente en los terrenos de naturales, llamando la atención sobre la importancia de estudiar esos procesos. DESARROLLO URBANO
3 Son los nombres de los vecinos que se reunieron para la solicitud al Obispado. 4 Nombre con que se designaba a la población originaria de la Isla y sus descendientes que fueron agrupados en los llamados «pueblos de indios». Guanabacoa fue en sus orígenes una de estas concentraciones.
La edificación en 1796 del nuevo camino, después Calzada a Güines, propició un nuevo impulso al crecimiento y consolidación del asentamiento lajero y con ello el posterior debilitamiento, hasta su desaparición, de los espacios hitos públicos fundacionales, entre ellos, la plaza y su iglesia y otros edificios de servicio (…) El nuevo polo definió un centro, que se identificó con una encrucijada de caminos.5 La mirada del arquitecto con experiencia en la planificación urbanística y en la conservación del patrimonio local y regional le permitió trascender la crónica científicamente documentada para convertir el acto escriturario en restitución simbólica. Sin llegar a la pretensión de una historia cultural urbana, al concentrarse en el proceso de formación de San José de las Lajas, Garcell nos revela la fractura que significó la pérdida de la centralidad del espacio fundacional primigenio de este asentamiento. Por ello dedica la mitad de su libro a la reconstrucción del entorno fundacional. Para ello no solo se vale de un trabajo riguroso con las fuentes documentales, sino de los resultados de la investigación arqueológica emprendida entre los años 1998-1999.
Como la iglesia original fue demolida entre 1927-19306 —la destrucción del patrimonio no es un fenómeno nuevo como algunos pudieran pensar— el autor inicia ese acto de restitución con la descripción del espacio interior del templo. La naturaleza minuciosa de la narración sólo puede comprenderse si captamos el sentido de que: ante lo irrecuperable, no se decide por un gesto nostálgico, sino por un acto simbólico de restauración a partir de la utilización de los dos inventarios realizados a mediados del siglo XIX:
En el presbiterio, sobre un estrado, aparecía un retablo o altar mayor con motivos decorativos del barroco, adornados por columnas salomónicas y cuatro ángeles de retablo pintados al óleo, donde se ubicaba un nicho central en el cual era colocada la imagen de bulto o de vestir policromada de 1.15 m de altura del santo patrón san José. con su báculo de ocho canutos de plata…con su corona de plata y un niño entre sus brazos.7 En una integración del análisis proveniente del campo de la historia de la arquitectura y de la cultura cristiana (ritos, creencias, imaginería), la interpretación se desplaza a una reflexión que el autor deja abierta, pero que no deja de ser significativa en la comprensión de la intencionalidad práctica de los sujetos sociales en el ordenamiento del espacio:
…la construcción lajera difiere de la tradición eclesiástica que, desde los orígenes del cristianismo, ordena situar al templo de este a oeste y coloca el altar mayor hacia el este. (…) La orientación seleccionada constituye una adecuación ideal a las condiciones climatológicas de nuestro archipiélago (la dirección del viento, el impacto de la radiación solar, los requisitos de la iluminación natural) (…) la orientación escogida responde a una intencionalidad bien marcada, y no solo al paralelismo con el
5 Jorge F. Garcell Domínguez: San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro. p. 104. 6 Proceso que vino a completar la desarticulación del espacio fundacional. De la demolición solo se conserva una columna, que es hoy el símbolo de la ciudad. 7 Jorge F. Garcell Domínguez: San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro. p. 44.
Camino Real a Güines o con la plaza, pues bien pudo haberse orientado de otras muchas maneras.8 La interpretación urbanística del complejo Templo-Plaza-Camino incluye además la consideración de los criterios defensivos y militares, el debate sobre la relación entre la orientación de la plaza y el eje principal del templo y su incidencia en el análisis de lo público:
“No tiene este pueblo paseos ni parques, ni plaza de ningún género, más que la muy pequeña de la iglesia…”, reflexionaba Navea y Poncet en 1880.9 Toda la sociabilidad cultural se concentraba en tres espacios: el teatro, la calle y la valla de gallos. De esta manera, nos dice Garcell Domínguez, la zona fundacional al perder su función como eje de la trama urbana, perdió con ello su contenido social, pues los vecinos no le otorgaron ningún signo distintivo, “nunca recibió una intervención constructiva sólida, que cualificara el espacio mediante un diseño adecuado y distintivo.”10 Destaca las causas del trazado irregular y la preponderancia de la vivienda de embarrado y guano, para ello cuenta con la información del padrón de 1823 que revela la presencia de 10 casas de mampostería, teja y embarrado y 130 de embarrado y guano. En el mismo padrón aparece dibujada la estructura agraria que revela la importancia del hinterland de la población y una de las funciones esenciales de estos «pequeños núcleos agrourbanos», como los llama Venegas, la de producir para el mercado interno. Es cierto que se dedican 100 caballerías a la producción de azúcar, pero se dedican 1 453 a potreros y existen alrededor de 148 sitios. Establece el proceso evolutivo a partir de la información que los excelentes censos de las décadas del ’40 y el ’60 le ofrecen. Además no deja de analizar el sentido de estos asentamientos en el marco de la estrategia defensiva post 1762. El desarrollo de la plantación azucarera hacia el valle de los Güines propició la consolidación de este núcleo poblacional, que desplazó al resto de los centros antiguos en el control de todo el espacio. Fue un proceso lento y lleno de pequeñísimos conflictos que articuló “la fuerte tendencia a la urbanización lineal a todo lo largo del antiguo Camino Real Habana-Güines de la estructura inicial” y con posterioridad, también a lo largo del itinerario que siguió esta arteria en su nuevo emplazamiento. Para el autor esta tendencia al crecimiento lineal no debe opacar el desarrollo de otras sendas “a manera de atajo o desvío [que] marca el inicio de un plano de retículas no ortogonales en forma de abanico” que determinan la formación de grandes manzanas de formas irregulares, que estaban perfiladas como tendencia de crecimiento desde la formación misma de la estructura urbana inicial. En el análisis de las sucesivas reconstrucciones, al igual que en otros momentos, se hecha de menos una perspectiva territorial. La modernización de las iglesias para fines de los ’50 del siglo XIX no solo fue un fenómeno particular en San José de las Lajas. Lo interesante aquí fue el esfuerzo colectivo, que no aparece en otros asentamientos contemporáneos. De ahí la necesidad de la perspectiva comparativa y de que en el análisis del espacio se vuelvan visibles las relaciones sociales entre la gente que lo habitó.
No obstante, esta mirada resulta significativa porque el autor no analiza un centro urbano monumental, sino uno de esos extraños pueblos que nos traduce en lenguaje poético Eliseo Diego, y de los que está lleno el tejido de la Habana rural. De esta manera al utilizar un recorrido histórico como método de interpretación explicita la condensación que sobrevive en
8 Jorge F. Garcell Domínguez: San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro. pp. 52-55. 9 Citado por el autor del texto que aquí se reseña en la p. 57. 10 Jorge F. Garcell Domínguez: San José de las Lajas. Una fragua en tierra adentro. p. 56.
que sean hoy las «Cuatro Esquinas» el nudo de los flujos y no el modelo Plaza-Iglesia, característico de todos los asentamientos coloniales. Todo ello confirma lo que algunos estudiosos de lo urbano defendieron hace ya más de cuatro décadas, la importancia epistémica de los casos de estudios. ¿Qué se hecha de menos en este libro? Una reflexión, desde la experiencia transdisciplinaria del autor, sobre espacio y ciudad para los estudios locales, así como una conexión más profunda con el ámbito regional. Se hecha de menos un pensar de manera explícita las herramientas teóricas con las que se vale.
Y aunque el autor no se adentra en este texto en las consecuencias socioculturales de semejante fractura, su continua actividad pública y científica en pos de salvaguardar el pequeño centro histórico lajero, se ha encaminado a mitigar la incidencia de semejante desestructuración. En este análisis se condensa, además, el sentido que tiene para los contemporáneos esta historia local al abordar las raíces históricas de un problema que incide en la identidad, en las maneras de circular y habitar la pequeña ciudad. Así que ese ejercicio paciente de reconstrucción histórica y de discusión urbanística es un regalo —y un llamado a la conciencia patrimonial— del autor a su pueblo. Más que analizar la representación y el imaginario en torno a la ciudad el autor parece contribuir a su reconstrucción.
Por todo ello considero que el principal aporte de esta nueva contribución a la historia urbana de Cuba, y especial regalo al pueblo lajero, reside en la comprensión que avanza sobre las razones del particular proceso histórico de formación urbanística de San José de las Lajas; descubriéndonos, al mismo tiempo, el valor simbólico que puede abrigar una columna sobreviviente. Invitándonos, a partir de un acto de restitución simbólica, a cuidar y preservar los signos de identidad de un pueblo, porque cuando se pierden se produce la fractura de una sinapsis entre espacio e identidad que nos empobrece como seres humanos y como sociedad.