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«Tuve que buscar mucho dentro de mí, construir un Martí desde mis propias vivencias», afirma el todavía estudiante de la Escuela Nacional de Arte.

En cualquier ómnibus de La Habana actual, o a la salida del cine Chaplin, podemos toparnos con José Martí; es decir, con el actor que lo interpretó en la más reciente producción de Fernando Pérez, Martí, el ojo del canario.
Reconocerlo tras una primera mirada deviene difícil tarea para el espectador menos avezado, pues la fisonomía actual de Daniel Romero Pildaín (La Habana, 1990) difiere absolutamente de la que conocimos en el filme. Daniel es un muchacho alto, de largos y lacios cabellos negros, aunque conserva el mismo halo tierno y apasionado que apreciamos en la película.
Sin dudas, cambió su vida el hecho de encarnar a la figura del Apóstol en ese largometraje de ficción, seleccionado entre los diez mejores filmes exhibidos en Cuba en 2010 por la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica.
En su casa de Lawton —donde fui acogida cordial y gentilmente por su madre, padre y hermana—, Daniel recitó poemas de los Versos sencillos y respondió a mis preguntas.

¿Por qué te presentaste al casting de la película Martí, el ojo del canario? ¿Creías que tenías alguna posibilidad de interpretar el papel protagónico?

Los jóvenes que hoy estudiamos actuación, tenemos pocas oportunidades de trabajo. Nadie de mi familia proviene del teatro, aunque sé que tengo un tatarabuelo, Pablo Pildaín, quien fue actor en el siglo XIX. Rine Leal, un gran investigador del teatro cubano, lo incluye en su libro, La selva oscura. Por mi fisonomía, nunca pensé que fuera a interpretar a Martí. Debo confesar que, en el momento que me presenté, no conocía a Fernando. Ese día se había roto el ómnibus que me transportaba y llamé al ICAIC para avisar que llegaría más tarde. Cuando me iba acercando a mi destino, vi a un señor mirando a la calle, a quien le pregunté si estaba en la dirección correcta. Nos quedamos mirándonos por varios instantes seguidos. Entonces él me preguntó: «¿Eres Daniel?», y me di cuenta de quién se trataba. Al pasar el tiempo, Fernando me confesaría que, cuando me vio en ese momento, percibió el mundo interior que él quería evocar con la película.


¿Cómo fue tu interacción con Fernando Pérez durante el casting? ¿Y con los actores con quienes compartiste la escena?

Después de aquel primer encuentro, él me hizo una prueba de relación de miradas, un ejercicio de teatro que consistió en intercambiar visualmente con él diferentes emociones. Me impresionó mucho cómo, sin haberse dedicado a la actuación, Fernando interpretaba al pie de la letra su personaje. Al mirarme con los ojos llorosos en esa ocasión, descubrí que me había entregado una vivencia personal suya. Así comencé a ponerlo inconscientemente en el pedestal que merece por toda su trayectoria; por ser, además de excelente director, todo un artista.  
Broselianda Hernández [Leonor Pérez] me ayudó desde el inicio, en el casting y durante la filmación. Siempre hubo una buena química entre nosotros. La relación con Rolando Brito [Mariano Martí] fue más sólida, más concreta, porque me recordó por momentos la relación con mi propio padre.

Daniel Romero Pildaín junto a Fernando Pérez y miembros del elenco y el equipo de producción de la película Martí, el ojo del canario, en el encuentro que tuvo lugar en la Casa Natal de José Marti, como parte de la Jornada Martiana en el Centro Histórico.


¿Cómo te preparaste previamente al rodaje?


Cuando me escogieron para el personaje, quise estudiarlo todo sobre la vida y obra de Martí, pero Fernando encauzó mi lectura hacia los Versos sencillos, Versos libres, El Presidio Político en Cuba y la biografía que escribió Jorge Mañach (hasta el primer exilio martiano). Me dijo: «Por ahora no quiero que seas consciente de lo que vas a hacer, para no perder tu naturalidad».


Háblame un poco de la dinámica de trabajo en una película de carácter histórico como ésta. ¿Tuviste dificultades? ¿Qué te aportó este proceso?


La rutina diaria de esos cuatro meses comenzaba con el vestuario, luego el maquillaje, y continuaba con 12 horas de filmación. Antes de entrar a escena necesitaba absoluto silencio y, muchas veces, tenía que crearme mi propio espacio de concentración. Durante el proceso de rodaje estaba cursando el primer año de la Escuela Nacional de Arte (ENA), así que llevé al mismo tiempo los estudios y el trabajo. Además, tuve que adelgazar, mantener una estricta dieta y luchar contra la ansiedad, el estrés y la depresión que me condujo a dos crisis nerviosas durante el rodaje.
Cuando te enfrentas a un reto como éste, siempre hay dificultades. En mi caso, fueron superadas gracias al apoyo de dos personas, a las cuales estaré agradecido por siempre: Grisel Monzón y Sandor Menéndez. La primera me ayudó a ponerme al día con las clases, trabajos prácticos… y actualmente es mi novia; el segundo, mi profesor de actuación, me enseñó todo lo que sé.
Durante ese proceso, aprendí a trabajar con profesionalismo, sacrificio y responsabilidad, a ser riguroso en el estudio diario del personaje que se interpreta, a comprender cuánto amor y sufrimiento se necesitan para ser actor.


¿Cómo lograste encarnar a un Martí tan cercano a las jóvenes generaciones?


Tuve que buscar mucho dentro de mí, construir un Martí desde mis propias vivencias. Conociendo su vida, encontré muchas cosas que, quizás subconscientemente, me acercaban a él: la manera de ver el amor como un acto de entrega, pureza, alejado de todo indicio de machismo y frivolidad;  la figura de la  madre luchadora que quiere lo mejor para su hijo, pero debe respetar sus convicciones; el padre trabajador con sueños y ansias de superación, que no muestra todos sus sentimientos… Desde su niñez, Martí estuvo todo el tiempo sobreponiéndose a las dificultades de la sociedad (recuérdese la sugerente escena delante de la mar tempestuosa). El estudio profundo que llevé a cabo, me permitió conocerme mucho más de lo que yo creía, pero también saber cuánto amo a Cuba y a La Habana.


¿Has visto la película en varias ocasiones? ¿Cuáles fueron tus impresiones como espectador en la sala oscura?


El día de la première vi cómo se resumían cuatro meses de ardua filmación. Tuve la oportunidad de materializar todas las emociones de la película, las escenas más fuertes, entre ellas la de los sucesos del Teatro Villanueva, cuando tengo que gritar obligatoriamente « ¡Viva España!». Aprecié la conjunción del trabajo de actuación, dirección, fotografía, luces… desde el punto de vista del espectador.  Veo la película en cada ocasión que es exhibida; esto me permite valorar mi propia labor, para mejorarla, pero también experimentar nuevas sensaciones. A la salida del cine siempre se me acercan personas, jóvenes en especial, que se identifican y emocionan con la película, para decirme «Gracias». Soy yo quien les agradece.


¿Cuál era tu visión de La Habana antes de la película? ¿Cuál tienes ahora?


Yo vivía en La Habana; no la veía. Ahora puedo apreciarla como el gran mito que es. Al leer la novela Canción de Rachel, en la que Miguel Barnet escribe que en esta isla mágica cada persona nace con un destino, me impresionó mucho una frase de Rachel: «Cuando Martí iba deportado de Cuba con 16 años, iba apoyado en una baranda del barco, llorando». Conocer la nostalgia por Cuba en las historias de Heredia, Milanés, Zenea… me ha permitido amar más mi ciudad, que ha sido referente y escenario de múltiples obras literarias. José Lezama Lima decía que no necesitaba salir de La Habana, pues desde su terraza podía verlo todo. «Vivir» en el siglo XIX habanero fue una experiencia sumamente bella, barroca, colonial… que me permitió valorar el espíritu de esa época. La Habana representa algo trascendental para mí: lo mismo  que simbolizaban los anfiteatros para Sófocles, Esquilo… donde se interpretaban sus obras.


¿Qué crees de la restauración del Centro Histórico?


Creo que debemos agradecerle mucho a Eusebio Leal por sus valores y concepto de la vida, por revivir la belleza perdida del siglo XIX, por reconstruir momentos históricos, que podemos imaginar gracias al rescate de la arquitectura, de lugares donde ocurrieron importantes sucesos culturales...  Así un joven de hoy puede conocer cómo eran los adoquines de las calles más antiguas, los balcones en los cuales Milanés recitaba poemas a su prima, la bahía con todas las historias de corsarios y piratas, la Fiesta del Día de Reyes… Su labor incansable es digna de ser reconocida y recordada siempre.


¿Qué huellas ha dejado Martí en ti?

Cuando un actor interpreta un personaje debe olvidarlo, dejarlo atrás para poder trabajar en el próximo. Pero no puedo renunciar a Martí: lo llevé conmigo durante la película y lo sigo llevando aún.  He quedado encantado con su imagen y el impacto de su obra. Como mismo se les ponen flores a los familiares y a los santos, yo le pongo flores. Lo tengo como símbolo de sacrificio, de trabajo, de pasión. Ahora, si estoy deprimido —porque sigo luchando, aun cuando algo parezca imposible—, me refugio mucho en su literatura.
Martí me abrió las puertas a poetas como Casal, Rimbaud…; a músicos como Bach y Handel. Le agradezco mucho a Fernando el haberme mostrado el camino para conocer a Martí.


¿Cómo crees que los jóvenes deberíamos acercarnos a la obra del Apóstol?


Les recomiendo leerlo sin pauta y sin regla; sólo acercarse a él por algún interés o inquietud en particular, o simplemente por curiosidad. Y a partir de ahí, si le encuentran el sentido, hallaran por sí mismos el camino para su lectura. Pero sobre todo, cuando lo lean,  olviden provisionalmente al héroe del busto de mármol, y véanlo como un ser humano, de carne y hueso: el que le escribe a sus hermanas; sufre en la relación con sus padres; que se enferma, que padece cuando no puede ver a su hijo… y quien, a pesar de todo, fue alguien que creó e hizo mucho por su país.


¿Tienes tiempo libre para la lectura?¿Qué te gusta leer?


John Lennon decía que la vida es el tiempo que pasa mientras ocupamos nuestro tiempo. Entonces, el hecho de no contar con mucho tiempo libre, en mi caso significa que  aprovecho al máximo mi vida: estudio; leo; voy al teatro, escucho música y bailo, pero también disfruto ver un atardecer, como hacía el personaje de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry). En algunas ocasiones, cuando llego de la escuela, me pongo a dibujar con tempera, como en mi infancia.


Sobre todo, me encanta leer. Me gustan las obras de Dostoievski (Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, El idiota…) por la compleja psicología de los personajes, y las de Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad…) por el ambiente, los colores, la historia.


¿Cuáles son tus preferencias en cuanto a actores, películas y obras de teatro  tanto en el ámbito nacional como internacional? ¿Qué personaje te gustaría interpretar?


Entre los actores: Javier Bardem (que trabaja en la película Mar adentro), Fernando Echavarría, Corina Mestre y Aramís Delgado. De las películas: Clandestinos, Suite Habana y la norteamericana Érase una vez en América, con Robert de Niro. Entre mis obras de teatro preferidas están: Equus, de Peter Shaffer; Deseo bajo los olmos, de Eugene O´Neill, y Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Quisiera interpretar a Raskólnikov, el protagonista de la novela Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski.


¿Cómo definirías la relación padre-hijo en la etapa de transición de la adolescencia hacia la adultez?


Chaplin decía: «Sólo dos tipos de personas dicen la verdad: los niños y los locos; a los niños los educan y a los locos los encierran. Nunca debemos perder el niño que llevamos dentro. Porque ser niño te ayuda a crecer, a crear, a soñar con naves y dragones…». Es la etapa que te define: todo lo que te rodea desde niño marcará tu adolescencia y tu vida adulta, pues allí se forman tus valores. Mientras más arrastres a ese niño, más te conocerás; pero cuando lo olvides, perderás la esencia de tu vida. Ése es el tema central de la película. Por eso creo que la relación padre-hijo en esta etapa no debe contar con censuras ni imposiciones, y sí con enseñanzas y respeto de los criterios del adolescente, con el fin de conformar su identidad.


¿Cómo definirías el concepto de identidad?


Es saber siempre quién es uno y hacia dónde quiere llegar, pero también conocer el poder que tenemos para alcanzar nuestros objetivos: un poder en sintonía con la razón, porque no nos debemos exigir más de lo que podemos dar. Es concederle importancia a los valores, la educación, la sensibilidad… y ser consecuente con sus actos.

Lysbeth Daumont Robles
Colaboradora de Opus Habana