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Ahondar en el devenir histórico y cultural patrios ha sido su misión. Durante medio siglo, con fervor y discresión, ha exhaltado las esencias de lo nacional.

«Realmente encontré mi vocación en la Biblioteca Nacional, y me apasioné con el trabajo por su utilidad. Así fue que mi sentimiento personal de ser útil en el espacio de la cultura me enraizó allí para siempre», reconoce la destacada bibliógrafa cubana en esta entrevista.

Por más de medio siglo ella ha permanecido atenta al rumor del conocimiento. En el ámbito de la cultura cubana, su nombre es garantía de fidelidad y profesionalismo; su voz, criterio de experticidad. Pero la humildad inquebrantable la lleva una y otra vez a minimizar, en su persona, eso que pudiera condensarse en una palabra: erudición. Y es que la estatura de su saber es solamente equiparable a su modestia, tanto como su cubanía, a la decencia sin par.
El afán de ser útil, unido a una irrenunciable capacidad de amar, explican el sortilegio: más allá de avatares, de ilusiones y desilusiones, esta mujer conserva a toda hora la frescura del rostro diligente, la bondad, la sonrisa delicada, el optimismo, unido a la voluntad casi monástica de servir a los demás.
Venerable criatura que se identifica siempre con la dimensión del bien, rehúsa aceptar el título de «bibliógrafa mayor» con que muchos, con persistencia, han querido coronar una entrega verdaderamente sublime.
En vez de eso, a los 75 años de vida, la doctora Araceli García-Carranza Bassetti no muestra señal de rubor al confesarse perpetua aprendiz. Y a juzgar por su acostumbrada laboriosidad, uno puede, quiere llegar a creerlo.

¿Pudiera ofrecer una panorámica del entorno íntimo, familiar, de su niñez y adolescencia?

Recuerdo a mis padres educándonos con esmero, inculcándonos buenos modales y corrigiendo, con severidad, nuestros desaciertos juveniles. Nos enseñaron la utilidad de la modestia y la austeridad a ultranza. Y lo digo en plural puesto que fuimos cinco hermanas.
Mi padre, como médico, nos legó el ejemplo de su impecable atención al ser humano, y sus desvelos ante el dolor ajeno que trataba como propio, sin apenas ponerle precio a sus servicios. En su consulta, aledaña a la sala de nuestra antiquísima casa, solamente pagaban quienes podían.
Él fue además nuestro maestro. Frente a una pizarra verde que había instalado en el comedor, nos daba lecciones de matemáticas y otras materias. Al mismo tiempo, mi madre usaba del refranero español para enseñarnos a vivir. Su religiosidad era inmensa, como lo eran sus afanes por la cultura, especialmente la música. Tocaba el piano de oído, valiéndose de su inteligencia natural y de los conocimientos que había logrado, como ella decía con sano orgullo, «en la escuela pública cubana».

¿Cómo era La Habana de sus primeros recuerdos; de qué manera definiría el diálogo con su ciudad?

Yo la veía con cierta distancia, desde Guanabacoa, donde nací y viví hasta que me casé. Diría que el diálogo con La Habana se entablaba los domingos, cuando mi padre nos llevaba al Paseo del Prado, donde algunas veces, al pasar, vimos y pudimos escuchar a la Orquesta Anacaona.
A veces hacíamos un alto para comer en un pequeño restaurante, que se llamaba Nanking, situado en una de las calles que desembocan en el Prado. Los chinos, excelentes anfitriones, nos recibían como si perteneciéramos a la corte de algún rey. Era el sitio más pulcro que existía; siempre me pareció que brillaban los manteles blancos. Al llegar al Malecón, azul y deslumbrante, invariablemente tropezábamos, en los meses de febrero de cada año, con los fastuosos carnavales de los años 40 y 50.
Después, mi Habana era la del Instituto No. 1. Desde sus aulas pude asistir a la reparación del Payret, y cierto día caminé por el Túnel de la Bahía, entonces en construcción... Ahora que lo pienso, creo que a lo largo de mi vida he tenido varias Habanas.
De la mano de mi padre ví cómo se levantaba lo que sería la Plaza de la Revolución, por aquella época Plaza Cívica. Él me señalaba, acaso premonitoriamente, el edificio de la Biblioteca Nacional, que poco a poco se empinaba, para atesorar e impulsar nuestra inagotable cultura nacional. Es probable que semejante visión quedara en mi subconsciente, pero sin imaginar que trabajaría en aquella institución tan querida, nada menos que durante medio siglo. En esos años visitábamos la Biblioteca, en su sede del Castillo de la Fuerza, cuyo silencio y olor a mar me fascinaban.
Otra Habana fue para mí la de la Universidad, donde tuve la inmensa suerte de contar con profesores extraordinarios, en la otrora Facultad de Filosofía y Letras.Puedo decir que La Habana fue la meca cercana de los paseos y los estudios superiores.

Tengo entendido que antes de doctorarse en la Universidad de La Habana (1962), fungió como maestra de enseñanza primaria y secundaria. ¿Azares de la vida, vocación pedagógica, necesidad económica…?

Mi padre quería que sus cinco hijas se convirtieran en maestras, lo cual era peliagudo anhelo. Sin embargo, en ese tiempo el magisterio era una de las pocas opciones de trabajo para una «señorita», y en mi caso fue también, a decir verdad, una necesidad económica.
Pero en realidad, el impulso de transmitir al otro, más que en el aula, estaba en la biblioteca. El bibliotecario es un pedagogo que enseña el uso y manejo de catálogos, que ayuda a buscar datos precisos o ineludibles bibliografías sobre un tema determinado, que es capaz de recomendar una obra clave al investigador, que descubre talentos y los orienta en sus búsquedas hasta llegar a ver publicadas sus obras o terminados sus trabajos docentes. En fin, un pedagogo que orienta al lector en la selección de sus lecturas, en sus estudios e investigaciones, alguien que, como el maestro en el salón de clases, abre caminos ciertos en beneficio de la formación del hombre para su desempeño en la sociedad.

El 1 de febrero de 1962, hace justamente 50 años, usted entró a trabajar en la Biblioteca Nacional, a instancias de la Dra. María Teresa Freyre de Andrade, primera directora después del triunfo de la Revolución. ¿Cuánto le aportó esta mujer, formada en las mejores escuelas de París y Estados Unidos, en relación con una visión holística de la cultura, de la investigación y, más específicamente, de la función del bibliotecario, del dominio de su especialidad?

La doctora Freyre fue un paradigma entrañable para mi generación, y lo sigue siendo aun para aquellos que se interesan por esta profesión. Ella dejó sentado que el bibliotecario tenía que dominar al dedillo sus funciones, ser una persona culta y de su tiempo, y sentir la pasión de servir. Y fue muy hábil para estructurar el trabajo en la Biblioteca Nacional acorde también con los primeros años de la Revolución, en función de las contingencias que se presentaban como consecuencia de profundos cambios políticos, sociales y económicos que vivía el país.
En 1962 creó el Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas —que hasta hoy rectorea metodológicamente la Biblioteca Nacional— y la otrora Escuela de Técnicos de Bibliotecas, con un programa de estudio muy efectivo y un claustro de excelencia.
Aunque medio siglo más tarde la estructura de la Biblioteca no es la misma, porque ha sufrido las modificaciones propias que conlleva el avance tecnológico de nuestro tiempo, los cimientos que implantó la doctora Freyre mantienen su efectividad, así como los valores éticos imprescindibles para el desempeño de nuestra profesión.

¿A quiénes recuerda con especial dilección, sobre todo en esa primera etapa, que abarca los años 60 y 70?

A todos los compañeros que integraron el Departamento Colección Cubana, algunos, grandes figuras de la cultura cubana, y otros más jóvenes que empezamos a formarnos como bibliotecarios, sin olvidar la Revista de la Biblioteca Nacional, dirigida por el sabio profesor Juan Pérez de la Riva, en la cual colaboraron, por aquellos años, prestigiosas figuras de la cultura nacional e intelectuales extranjeros de renombre.
Prefiero no mencionar nombres, por temor a alguna omisión, ya que todos sentíamos el respeto casi místico que nos inspiraba el patrimonio cultural. Lo cierto es que en equipo logramos echar a andar ese crisol de cultura que fue Colección Cubana. Nos ayudaron también los propios usuarios: profesores e investigadores que escribieron sus libros con el material de nuestros fondos, algunos que se iniciaban y hoy tienen una obra reconocida. No es posible relacionar cada uno de los textos que ayudamos a nacer, muchos considerados verdaderos clásicos de la historiografía y la literatura cubanas.

¿Cómo era trabajar al lado de Cintio Vitier, Fina García-Marruz, Eliseo Diego, Octavio Smith, Roberto Friol, entre otros grandes intelectuales cubanos?

Todos ellos tienen asegurado su lugar en la historia. Eliseo Diego no trabajaba directamente en Colección Cubana, sino en el otrora Departamento Juvenil e Infantil, pero no escapó a mis primeros intentos bibliográficos. Guardo celosamente un modestísimo ejemplar de su Bibliografía, en impresión ligera (1970), para cuya cubierta elegí el equilibrista de Boloña.
En cuanto a Cintio Vitier y Fina García-Marruz, pecaré por no aludir a nuestro vínculo en el plano íntimo, pues tendría que referirme a tantos y tantos detalles que prueban la ejemplaridad de ambos… Solo diré que talento, bondad, humildad, refinamiento, comprensión, tolerancia, paciencia, modestia, espiritualidad y amor a Cuba fueron constantes en estos seres humanos excepcionales, que desde entonces y desde siempre se identificaron con la vida y la obra de José Martí.
Con sano orgullo te confesaré que fui jefa de ellos en el Departamento Colección Cubana, pero decidí casi convertirme en su secretaria, procurándoles papel, cintas de máquina de escribir y otros enseres difíciles de adquirir por aquellos años. Ellos fundaron un santuario que se llamó la Sala Martí, e iniciaron los ficheros que componen lo que es hoy la edición crítica de la obra martiana.
A fines de los 60 y los 70, brillaron de una manera especial, publicaron la obra poética de Juana Borrero, la compilación Flor oculta de poesía cubana, sus primeros Temas Martianos; impulsaron el Anuario Martiano —que alcanzó siete entregas—, en resumen, una obra grandiosa que parece hecha por un conjunto de personas. Entonces Cintio me llamaba «la madre superiora del convento», porque allí, alrededor de ellos, creo haber logrado un necesario cerco de paz.
Friol investigaba sobre la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, y logró publicar Suite para Juan Francisco Manzano, que no sé por qué me agradecía tanto. Mientras Smith, o «Esmith», como yo le decía, se enfrascaba en Santiago Pita primero, y luego en Luisa Pérez de Zambrana. Smith siempre me consideró su madre. Aseguraba que, como Confucio, su madre era más joven que él.
También aprendimos mucho de Juan Pérez de la Riva, Renée Méndez Capote y Zoila Lapique Becali. Lo cierto es que estar junto a estas personas fue muy aleccionador en años duros. Fue un privilegio que compartimos las más jóvenes como Luisa Campuzano, Elena Graupera, Martica García Hernández, Siomara Sánchez, Miguelina Ponte y mi hermana Josefina, entre otras. Unos años después, otra experiencia gratificante fue trabajar cerca de Carmen Suárez León.

¿Cuál era el estado de la biblioteca pública en Cuba previo a la reforma iniciada después de 1959?

Durante la República, las bibliotecas nunca contaron con el sostén oficial. Sin embargo, cubanos y cubanas ilustres impulsaron un digno movimiento bibliotecario. En este sentido, es válido destacar los esfuerzos llevados a cabo por la Asociación Cubana de Bibliotecarios y su revista Cuba Bibliotecológica, así como el empeño del Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, desde la Oficina del Historiador de la Ciudad, y los de otras prestigiosas instituciones como el Lyceum Lawn Tennis Club.
Por supuesto, ese movimiento no es comparable con el iniciado por la Dra. Freyre de Andrade quien, en 1962, con el apoyo total del gobierno, crea el Sistema de Bibliotecas Públicas, que cuenta hoy con más de 400 instituciones.

Impresiona el número de repertorios bibliográficos y biobibliográficos que ha realizado; ahora bien, ante tanta variedad, ¿cuáles son las complejidades que pueden encontrarse: ya sea en el abordaje de uno u otro autor; en el tipo de soporte (libros, revistas, periódicos, etc.) o en el estado de conservación de los fondos: públicos, privados...?

En relación con los factores que mencionas, son posibles todo tipo de complicaciones. No obstante, considero que lo cardinal es asumir cada tarea con el convencimiento de que cada autor ofrece un universo distinto; ninguno es igual al otro, como tampoco hay obras idénticas. Por ello, se requieren abordajes específicos.
Y más importante aun, en mi criterio, es conocer al autor y lograr desentrañar los vericuetos que nos llevan a su creación, mediante catálogos, fuentes bibliográficas diversas, colecciones institucionales y personales, nacionales o extranjeras, etc. La labor de búsqueda se torna apasionante, y se disfruta el camino hasta llegar al final y tener el control bibliográfico necesario, o un repertorio de consulta más elaborado que puede llegar a ser imprescindible para el estudio de la vida y la obra de grandes figuras de la cultura, la literatura, la historia, la ciencia o cualquier otra rama del saber.

Desde 1969, cuando Cintio Vitier le solicita una compilación bibliográfica de José Martí, con vistas a su publicación en el Anuario Martiano que se editaba en la Biblioteca Nacional, no ha cejado en ese empeño. ¿Ha sido esta la faena de mayor envergadura a la que debió enfrentarse?

No creo que sea la de mayor peso, pero sí de envergadura, como dices. Es preciso estar al tanto de todo lo que se publica cada año de y sobre José Martí en el país, y no menospreciar lo que aparece fuera de Cuba. Claro, que en la Biblioteca Nacional tengo recursos, y cuando acudo al Centro de Estudios Martianos, cuento con toda la colaboración posible, ya que la de allí es la biblioteca martiana por excelencia.
El hecho de no desistir ha dependido, primero, del Apóstol, que es una figura tan grande que se agiganta y nos asombra a diario; en segundo lugar, Cintio me inculcó la valía de este trabajo, y luego, me ayuda mucho el ser una persona organizada y disciplinada —perdóname el elogio, venido de tan cerca—, pues es preciso serlo para mantener, atendiendo otras tareas y en medio de las contingencias de la vida cotidiana, una tarea que requiere constancia en las búsquedas y en la entrega anual de un repertorio de consulta que, aunque en sus esencias puedan hallarse coincidencias, sus estructuras internas varían.

Una parte significativa de su trayectoria profesional ha girado en torno a la obra de Alejo Carpentier. ¿Pudiera remontarse a los orígenes de ese vínculo, evocar al escritor?

En 1972 empecé la bibliografía del autor de El siglo de las luces. Un poco antes, en 1966, la Biblioteca Nacional había homenajeado a Carpentier con motivo de sus 45 años de vida intelectual. En ese contexto se publicó un bellísimo catálogo, que compiló Marina Atía, por aquella época jefa de la Sala de Lectura. Dicho volumen contenía una descripción de la bibliografía activa y pasiva que atesoraba la Biblioteca; era preciso llegar a su colección personal. Mediante la muy querida María Lastayo, jefa de Selección del centro, le escribí a Carpentier, quien ocupaba el cargo de Ministro Consejero de la embajada de Cuba en Francia. Su respuesta no se hizo esperar, y desde entonces me apoyó: cada verano me visitaba y me entregaba libros, recortes, revistas y periódicos para que pudiera ir construyendo su biobibliografía.
Él conocía muy bien la utilidad de este trabajo, en primer lugar, para facilitar el estudio de su vida y de su obra. Era un conversador inagotable, muy accesible y afectuoso, de trato afable…
Además, a partir de ese momento, y hasta su última visita, poco antes de su fallecimiento, le facilité cuanto documento solicitaba. Recuerdo que cuando escribía La consagración de la primavera, me pidió que le compilara bibliografías de los hechos más relevantes ocurridos en Cuba en los años cincuenta, y prueba de ello es que casi al final de la novela aparecen los leads de la prensa que le había procurado.
Después, su esposa Lilia [Esteban] me siguió ayudando. Así es que no solo tengo publicada la Biobibliografía de Alejo Carpentier (1984), que lamentablemente él no alcanzó a ver terminada, sino también dos suplementos bibliográficos. En la actualidad, preparo el tercero, que aparecerá en el sitio web de la Fundación que lleva el nombre del escritor, y compilo el cuarto.
Pero el estudio de Alejo me llevó más lejos. He podido dar a conocer algunos ensayos bibliográfico-críticos sobre su juventud, sobre la bibliografía que utilizó en cada una de sus grandes novelas, sobre la presencia de América y de España en su obra, y sobre sus crónicas históricas, fundamentalmente. Textos que son también materiales de consulta, pero de carácter más específico.

Al ser bibliógrafa de los historiadores que ha tenido La Habana desde 1935 hasta la actualidad —Emilio Roig de Leuchsenring y Eusebio Leal Spengler—, pienso que sus obras son una suerte de crónica de los episodios más trascendentes que ha vivido la urbe. ¿Cuáles considera son las características que unifican a estos dos Historiadores de la Ciudad, más allá de su demostrado amor por La Habana y el patrimonio cultural? ¿En cuánto la obra de Leal es continuadora de la de Roig en términos intelectuales?

En efecto, una obra es deudora y continuadora de la otra, y en mucho. Tanto Roig como Leal han entregado sus talentos, sus vidas a la patria cubana, a su ciudad, cada cual en su circunstancia, porque nadie repite la gestión de otro. Continuamente, el actual Historiador de La Habana evoca la memoria de su predecesor, de quien se siente hijo, pero sé que la obra de Leal es la de un continuador que tiene su propia dinámica, singular y muy creativa, como lo fue, en su tiempo, la de Roig.
En ambos, vida y obra están íntimamente unidas. En sus biobibliografías, afloran sus ricas trayectorias, que parecen describir la existencia y la huella de varios hombres abrazados a la devoción por la historia patria y de América, a la pasión de crear para hacer perdurable la memoria histórica y cultural de un país, y a la defensa de los valores que lo identifican como nación.
En realidad, conocí a Roig a través de su obra, y mediante la relación con su inolvidable esposa María Benítez. En cambio, Leal me ha sido más cercano, lo conozco en mi contemporaneidad, porque mi época es la suya. Por otra parte, también en la tarea bibliográfica he sido más sistemática con su obra, y por ello estoy segura que seguirá creciendo, que su misión no acabará; hay mucho que rescatar aun. La grandeza suya, como la de Roig, es orgullo de Cuba.

Siguiendo su periplo vital durante el último medio siglo, no deja de resultar significativo que usted haya permanecido laborando ininterrumpidamente en el mismo lugar, si bien debió afrontar coyunturas poco o nada halagüeñas. Quisiera que rememorara algunos de estos momentos, por ejemplo, cuán complejo resultó mantener su fe cristiana en los periodos de incomprensión, y reflexionara sobre el modo en que se fue consolidando ese sentido de pertenencia ejemplar que la distingue.

Como dije antes, la Dra. Freyre nos inculcó la pasión de servir. Después, siendo director el capitán Sidroc Ramos, cultivamos con ahínco esa razón de ser del bibliotecario. Fue él, precisamente, quien me designó como jefa del Departamento Colección Cubana, puesto en el que me mantuve con su sustituto, Luis Suardíaz.
Realmente encontré mi vocación en la Biblioteca Nacional, y me apasioné con el trabajo por su utilidad. Así fue que mi sentimiento personal de ser útil en el espacio de la cultura me enraizó allí para siempre. Imagínate que nunca he querido —y en esa época menos— salir de vacaciones. Mi lugar, donde siempre he querido estar, es la Biblioteca Nacional.
Las situaciones difíciles que sugieres no lograron impedir que siguiera adelante con discreción, disciplina y respeto hacia mis superiores. Poco a poco los fui conquistando a todos, o por lo menos aprendieron a tolerarme. Yo nunca prediqué con mis ideas, sino tratando de ser ejemplo. Cuando el Dr. [Julio] Le Riverend asumió la dirección, me quitó la jefatura de Colección Cubana. Años después me decía: «Doña Araceli, yo sé que al quitarle su departamento le arranqué el hijo que usted no tuvo…».
En fin, que he pasado medio siglo aquí como quien vive un minuto. Para mí ha sido un placer, y aunque la Biblioteca pertenece al pueblo de Cuba, hasta el final la sentiré como mía.

Pero la «Nacional» no ha sido solo el espacio donde ha consagrado su vocación de investigadora y bibliógrafa, también fue allí donde encontró a su gentilhombre y novio perpetuo, con el que formó un matrimonio donde, al decir de Ana Cairo, «amor y trabajo, deber y solidaridad se unifican»…

Allí conocí a Julio Domínguez García en mayo de 1962, y nos casamos para siempre el 17 de febrero de 1963. Julito ha sido y es el mejor marido del mundo; es un hombre extraordinario, heredero de la bondad de sus padres. Siempre comentamos, porque así lo sentimos, que nuestra pareja es un milagro. Ciertamente, como apuntó mi querida amiga Ana, «amor y trabajo, deber y solidaridad se unifican»; y yo diría que mucho más.

Dentro del campo de la bibliotecología, usted ha privilegiado los estudios cubanos. ¿Por qué?


La cercanía al siglo XIX cubano en aquellos años de Colección Cubana, a través de  libros, revistas, periódicos —algunos extranjeros muy valiosos—, entre otros documentos, así como la compilación de la obra de José Martí y, por supuesto, el conocimiento de la bibliografía nacional del siglo XX, que al principio redescubre y revaloriza la producción intelectual anterior y luego surge con espléndida autonomía con la obra de Don Fernando Ortiz, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Cintio, Fina, Roberto Fernández Retamar… y otras grandes figuras que hacen patria con sus creaciones, me permitieron calcular la dimensión de la cultura cubana, la inmensa aportación de un país tan pequeño geográficamente.
Aprecio sobremanera todo ese proceso en nuestro devenir histórico-literario, porque, por el camino de la investigación, en la Biblioteca Nacional, fui descubriendo lo cubano en la cultura. La dinámica laboral me fue llevando a interesarme por estos estudios dentro de la bibliotecología. Así que, definitivamente, porque —robándole ideas a Carpentier— la historia y la cultura de mi país son reales y maravillosas.

¿Qué es la Bibliografía Cubana?

La bibliografía nacional, como función primera de un centro como la Biblioteca, organiza, describe y analiza toda la producción editorial del país en cualquier soporte que esta se produzca. En Cuba vamos más allá, pues siguiendo la tradición de Antonio Bachiller y Morales, nuestro primer bibliógrafo, y de Carlos Manuel Trelles y Govín, quien nos legó una obra monumental, tratamos también de compilar la creación de autores cubanos que residan en el extranjero, así como lo que se publica sobre Cuba en distintos países, idiomas y soportes, aunque sea, hoy por hoy, de una manera parcial, teniendo en cuenta que la presencia de la nación en el mundo se nos hace inalcanzable en su totalidad.
De manera que la Bibliografía Cubana es el inventario de nuestra producción cultural e intelectual; es memoria viva de un país, es el compendio de la historia de su pueblo.

¿Hasta dónde, sin dejar de padecer en silencio, puede Araceli García-Carranza, con su proverbial timidez, condenar y frenar la desidia, hacer que otras personas recapaciten sobre procedimientos que considera perjudiciales para el patrimonio documental?

Afortunadamente, en la Biblioteca Nacional, que es mi mundo, no hay que condenar ni frenar manifestaciones de indolencia, porque casi la totalidad del personal que allí labora ha asumido una actitud celosa cuando se trata de velar por el patrimonio. Los jóvenes tienen el ejemplo de los viejos, y los que no se enamoran de la institución, pronto se van. En este caso el problema no radica en el colectivo que tiene a su cargo cuidar y procesar el tesoro documental, sino en la restauración de dicho caudal. El tiempo es implacable con los fondos y el costo de su recuperación es altísimo. Ahora la digitalización aliviará la situación, pero no debemos perder de vista la restauración.

Quisiera algún comentario sobre sus pesquisas, allá por los años 90, en los fondos cubanos —o relativos a Cuba— que se conservan en las muy selectas universidades norteamericanas de Princeton, Yale y Harvard.

En octubre y noviembre de 1997 visité esas universidades y también la de New Jersey. Posteriormente, en mayo y junio de 1999 merecí una beca de Harvard, donde trabajé la Colección de José Augusto Escoto. Yo me había interesado por esta durante el primer viaje.
Escoto fue un erudito matancero que vendió parte de su colección a dicha universidad en 1917. En esa época Cuba no mostró interés en la compra, y por carta fechada el 8 de febrero de aquel año, dirigida al Dr. Thomas Barbour, sabemos que se deshizo de 1 500 libros de historia, 1 200 de literatura y 34 cajas de documentos. Por cada libro o folleto recibió un dólar, y del resto se desconoce el pago, pues no consta en la misiva.
Lo cierto es que no faltan los mejores autores cubanos hasta ese tiempo. La Biblioteca Nacional de Cuba y la de New York, conservan porciones de esta inmensa colección, pero es Harvard la que cuenta con el mayor depósito. Allí pude describirla y fichar 402 documentos.
En las otras universidades ofrecí mis experiencias. En Yale presenté mi trabajo sobre la bibliografía utilizada por Carpentier en su narrativa, y en Princeton di a conocer mi Bibliografía de la Guerra de Independencia. Pero, en el orden personal, lo más estimulante en estos centros de educación superior fue constatar el interés y la devoción hacia las colecciones cubanas. Todas poseen serios y muy valiosos materiales, especialmente Harvard, donde también es muy significativa la colección de Teodoro Roosevelt sobre la guerra hispano-cubana-norteamericana. Considero que un intercambio cultural sería muy enriquecedor para ambas partes.

Además de estudiosa, de conocedora profunda del mundo editorial cubano de los siglos XIX y XX, usted es una adoradora confesa de lo impreso, y una hacedora de revistas. ¿Cómo asume el desafío que supone el formato y lenguaje digitales en la era de la informatización? ¿Qué cree de Opus Habana? ¿Con cuál otra revista cubana podría compararse por su perfil de publicación periódica ilustrada?

Sí, adoro lo impreso, pero también lo manuscrito y lo mecanuscrito, y asumo el desafío de la informatización con asombro y respeto. En cuanto a Opus Habana, es una preciosa revista, cada ejemplar es un regalo y una verdadera joya para cualquier colección cubana. Con belleza e inteligencia ha llenado y llena vacíos respecto a nuestro patrimonio histórico y cultural. Creo que La Siempreviva, del muy admirado Reynaldo González, aunque más enfocada a la literatura cubana, es medio hermana de Opus Habana. Y ello sin analizar que, en una y otra, el propio diseño constituye obra de arte.

¿Cuánto del papel del bibliotecario en la época en que usted se formó, se mantiene vigente?

Quiero creer que mucho; es más, debe mantenerse porque el bibliotecario tiene que ser cada vez más culto y hacer muy buen empleo de la tecnología. Es fundamental un equilibrio entre técnica y cultura, porque de nada vale el uso oportuno de la primera si no hay una sólida base cultural.

¿Puede hablarse de una nueva concepción del quehacer del bibliotecario, si justipreciamos la noción de «biblioteca virtual»?

Así es, porque la biblioteca virtual universaliza la información, pero es preciso no desdeñar las antiguas concepciones, que deben ser utilizadas en cierta medida para evitar el partir de cero: hay que recurrir siempre a la experiencia anterior.
Ese «quehacer» se ha enriquecido notablemente, se ha hecho más responsable y demanda mucho más del bibliotecario. Nuestra profesión ha exigido siempre ser cada vez más sabios; por eso somos silenciosos y modestos, porque respetamos el universo del conocimiento, partiendo de que nunca se sabe lo suficiente.

En el manejo y ordenamiento de la información útil para el usuario, ¿continúa defendiendo las tradicionales fichas, redactadas a mano, o se inclina por algún programa computarizado?


Las descripciones bibliográficas que asume el bibliotecario son múltiples, ya que no es lo mismo un libro, que una revista, un mapa o una partitura. Aunque esas fichas pueden hacerse directamente en la máquina, desde hace siglos el hombre tiene una estrecha y entrañable relación con el papel. Además, el papel es más dado a lo secreto, a lo personal, más cercano a nuestro pensamiento, y en mi tiempo ha formado parte de la naturaleza del bibliotecario.
Entonces, hasta el día de hoy distingo las fichas redactadas a mano, porque ha sido mi método durante cincuenta años. No sé cómo será mañana; el futuro dirá, pero a estas alturas no me es posible renunciar. La relación del bibliotecario con sus fichas es como la de los escritores que son mis contemporáneos, con la hoja en blanco, sin menospreciar aquellos programas que viabilizan el ordenamiento y manejo de la información.

Sé bien que, más que hermana, Josefina fue su mejor compañera, contraparte indispensable en infinidad de proyectos cuya esencia es, a fin de cuentas, el rescate y salvaguarda del patrimonio histórico y cultural cubano. ¿Cuánto echa de menos su presencia, aquella compenetración excepcional…?

La pérdida de mi hermana Josefina laceró mi vida. Fue una mujer exquisita, una excelente profesional, y una hija y hermana ejemplares, por lo que se hace extrañar a toda hora. He tenido que aprender a vivir sin ella, aunque eternamente permanece en mi cotidiano quehacer. Jóse fue un ángel, una estrella demasiado fugaz.

Araceli, ¿cómo vislumbra el futuro de las bibliotecas, el de la Nacional, y el suyo propio?


El mañana siempre será luminoso para las bibliotecas, y también para la Nacional de Cuba, porque como institución, su permanencia es una necesidad imperiosa y lo será, por los siglos de los siglos… En cuanto a mí, seguiré trabajando, aunque mi futuro sea ya mi presente.

 

Mario Cremata Ferrán
Opus Habana

Vol. XIV / No. 2, feb./ jun. 2012.