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Nisia Agüero es una de las vicepresidentas del Consejo Nacional de Casas de Cultura, además de encabezar la sección cubana del Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklor y Artes Tradicionales.

Para cualquier hacedor de arte de Cuba o de otro sitio del mundo, haberse encontrado con Nisia Agüero pudo —o puede—cambiarle el rumbo de la vida. Menos pintura, ella estudió «todo con lo que se podía ser artista: teatro, ballet, música…»; es decir, sin premeditarlo, desde niña se preparó para desplegar esa fina sensibilidad que le ha permitido codearse de tú a tú con reconocidas personalidades de la cultura y trabajar en pos del patrimonio intangible cubano.
Son muchos los conciudadanos suyos que de una manera u otra sienten cercano el vínculo con esta mujer que, aunque no joven, conserva la frescura en su manera de vestir, de hablar, de conducirse… para conformar una imagen personal en la que contrasta el color moreno de su piel con el blanco de su pelo, que comenzó a lucir desde que tenía 40 años.
Han sido lugares comunes para ella múltiples instituciones, muchas de las cuales dirigió: el Grupo de Desarrollo de Comunidades, el Fondo de Bienes Culturales, el Teatro Mella, el Teatro Nacional de Cuba, la Comisión de Desarrollo de la Escultura Monumentaria y Ambiental (ECODEMA), la Asociación Cubana de Artesanos Artistas, (ACCA)…  Entre jocosa y solemne me cuenta que los afiliados a esta última la han nombrado «Presidenta vitalicia» por considerarla impulsora del desarrollo de la artesanía artística en el país.
De su paso por ellas dan fe un sinnúmero de premios, distinciones, certificados, diplomas…  Tal estima le ha sido expresada de disímiles maneras. En su casa —donde vive hace 39 años— atesora decenas y decenas de fotografías que, colocadas en álbumes o sueltas, me detalla una a una. Cada instantánea guarda una historia, recoge una anécdota… Muchas refieren la fecha de su cumpleaños, el 3 de junio, que siempre celebra junto a sus hijos, nietos y amigos.
Vive rodeada de piezas y obras de arte que, por una u otra razón, alguien le obsequió. «Casi todos los objetos que están aquí me los han regalado como testimonio de amistad», manifiesta ante mi expresión de asombro. Así, hay dos paredes totalmente cubiertas con obras de Manuel Mendive y de Roberto Fabelo; en otra, se aprecia un gran abanico de la autoría de Nelson Domínguez; una tercera, luce dos cuadros de Tomás Sánchez… Muchas consisten en retratos o alusiones a sus características personales.
«Si tuviera que prescindir de algunas de estas piezas, ¿con cuáles se quedaría?», le pregunto. Y me responde sin titubear: «Con este Portocarrero, una Flora fechada en 1981 que me regaló mi marido. Aunque no es mi retrato, él [Mario Escalona] consideraba que tenía algo que se parecía a mí. Se lo dijo muchas veces al propio René, quien se reía… Otra que salvaría sería esta del propio Portocarrero que, realizada en 1982, tiene una paloma que también asemeja una Flora».
Los primeros años
El padre de Nisia tenía sus propias concepciones sobre la vida. Por ejemplo, al matrimonio lo consideraba obsoleto. «Decía que era un error, firmar por firmar un papel; que el amor de verdad estaba siempre si se querían, pero no por firmar un papel». Tampoco quiso que, de niña, ella asistiera a la escuela, sino que las maestras fueran a la casa. Por eso Nisia considera que no tuvo una vida de escolar «normal». Pero cuando él murió, ella, que solo tenía nueve años, impuso entonces sus propias normas: «Y dije que lo haría al revés: fui el quinto y sexto grados a las viviendas de las maestras».
Al concluir la enseñanza primaria, la llevaron —literalmente hablando, según cuenta— a la Escuela Primaria Superior, pues la adolescente quería estudiar medicina y, por tanto, hacer el bachillerato, aunque su madre prefería que se hiciera maestra de kindergarten como ella. En compañía de una prima, se presentó en el Instituto del Vedado; optó por la plaza y la ganó. «Entonces mi mamá dijo que tenía que hacer las dos cosas a la vez. Y las terminé. Después me di cuenta de que, como médica, sería un fracaso pues, aunque estudiaba, no me pegaba a los libros mañana, tarde y noche… como debe hacer alguien que se dedique a la Medicina. Tampoco fui maestra de kindergarten; terminé cursando la Licenciatura en Servicio Social».
De joven le gustaban las descargas musicales... Tal afición le venía de su padre médico, amante de la gran música —del compositor alemán Richard Wagner, por ejemplo— tanto como de la mejor música popular cubana. Así, en su casa de F entre 23 y 25, en el Vedado, Nisia disfrutaba de la presencia de los más grandes compositores e intérpretes de filin de entonces: Bobby Collazo, Orlando de la Rosa, Mario Fernández Porta, Berta Velázquez...
Como un remedo de aquellas tertulias, ella también conservó esa costumbre en el hogar donde vivió hasta que se casó: «Asistían a “descargar” Elena Burke, el cuarteto de Orlando de la Rosa, que ya se había muerto, también Pablito y Silvio… muchísima gente. No recuerdo nombres. En 1965 todavía las mantenía, pero después dejé de hacerlo porque tenía mucho trabajo, empecé a enamorar con Mario y, cuando había tiempo, nos íbamos los dos para Santiago de Cuba».  
Volviendo a su niñez y adolescencia, recuerda una de sus primeras apariciones públicas, con solo 14 años. «Durante las fiestas del carnaval, salí en una carroza de la cerveza Hatuey. Yo era alumna de ballet entonces y Alberto Alonso era mi profesor. Escogieron cuatro muchachas: dos muy jovencitas, entre ellas yo, y dos un poco mayores. Salimos vestidas como Josephine Baker, con una trusa y una capa; o sea, medio desnudas para la época. Cuando vi que la ropa semejaba hojas de plátanos, pensé: “Ay, Dios mío, cómo se lo digo a mi mamá”. Ella creía que era con trajes largos y me dejó ir. Yo tampoco lo sabía».
Para disfrutar de los paseos carnavalescos habaneros, la madre de Nisia alquiló un palco ubicado en el Capitolio. Cuando pasaron por allí, al verla formó un verdadero escándalo. «Mientras ella gritaba, la otra muchachita y yo llorábamos. Después de la algarabía, el dueño, Pepín Bosch, le dijo a mi mamá: “¿Por qué forma ese escándalo, si la muchacha no está haciendo nada malo? ¿No ve que va cubierta con una trusa y una chaqueta? ¿Usted quiere cuidar a su hija? Vaya al lado de ella”. A cada una de las madres le ofertaron 20 pesos, que entonces era una millonada, las montaron en un auto convertible detrás de nosotras y el problema se acabó».
Por azares de la vida, los jóvenes contratados para custodiar la carroza eran Mario y un primo. Cada vez que salían, ellos también recibían 20 pesos. Muy bien vestidos, iban en un carro delante, y las señoras, detrás. «Ese fue nuestro primer encuentro: Mario me preguntó mi nombre y me pidió el teléfono. Después, como él vivía en 25 y C, y yo, en F entre 23 y 25, nos veíamos todos los días durante mi camino al Instituto del Vedado, y él, a la Escuela de Medicina. Nos mirábamos, pero sin saludarnos. Así fue más o menos durante un año. Luego dejamos de vernos. Se precipitaron los sucesos estudiantiles en  la Universidad y la cerraron, pero él ya había terminado su carrera… Nos volvimos a ver solo después del triunfo de la Revolución en 1959, en Santiago de Cuba».
Resumiendo su etapa de formación profesional, apunta: «En realidad, menos pintura, estudié todo con lo que se podía ser artista: teatro, ballet, música…. De joven tocaba piano, pues en la casa había dos, pero lo dejé hace muchos años. Hice teatro en la Universidad de La Habana entre 1952 y 1956. Actué en Doña Rosita la soltera, Abdala y otras piezas. ¿Lo que más me gustó? El teatro.  Pero no fui buena. Ni en ballet, ni en el piano, ni tampoco en el teatro…»
Habanera de nacimiento
Habanera de nacimiento, Nisia habla con deleite sobre La Habana de sus años juveniles: «Disfrutaba mucho en la zona comercial de las calles Galiano y San Rafael: la tienda El Encanto era preciosa; Fin de siglo, de maravilla; Cuervo y Sobrinos, una belleza… no solo por las vidrieras, sino también por los estilos arquitectónicos de las edificaciones. Hoy de todo ese esplendor no queda nada, salvo en la parte restaurada del Centro Histórico. Me encanta caminar Obispo arriba y Obispo abajo, evocando aquellas tardes-noches cuando, por mi mamá padecer de los nervios, salíamos juntas a pasear por la ciudad en el tranvía U-2, que tenía un recorrido muy largo. Subíamos en la parada cercana a la casa, en 23 y F, para hacer la vuelta completa, sin bajarnos en ningún momento. El U-2 salía del Paradero del Vedado e iba hasta La Habana Vieja, por donde está el Archivo Nacional. De vez en vez, también acompañaba a mi madre hasta la Calzada de Jesús del Monte, donde era “regenta” de una farmacia ubicada allá».
Sin embargo, cuando indago por las personas que más han influido en su vida, nombra resueltamente a su esposo, fallecido en 1984. Es indudable el profundo amor que se profesaron uno al otro, la gran pasión que compartieron. Aunque hace 26 años que él ya no está, todavía sus ojos brillan de una manera especial cuando lo nombra o muestra fotografías en las cuales él aparece, u objetos que le regalara.
Tales recuerdos los mantiene asociados a Santiago de Cuba, ciudad que —según sus propias palabras— la «enloqueció porque fue un lugar donde viví las emociones que jamás volví a vivir. Mi marido era de allá, pero se crió en La Habana desde los 12 años, pues su papá decía que iba a ser flojo si se quedaba junto a la madre, quien, por ser el  primero de sus tres hijos, tenía delirio con él. Y lo mandaron para la casa de los Escalona, a vivir con la abuela,  una mujer muy fuerte que había tenido 11 hijos, de ellos solo una mujer: Dulce María Escalona, quien con el tiempo se convertiría en una de las figuras más relevantes de la pedagogía cubana».
Al reencontrarse con Mario Escalona, este era viceministro de Salud Pública, mientras que Nisia Agüero fungía como delegada de la titular de Bienestar Social en Santiago de Cuba. Tuvo lugar en 1960,  durante unas celebraciones en la Sierra Maestra: «Y cuando nos vimos, yo lo miré y me dije: “Este no se acuerda de mí”, y él pensó lo mismo. Después, al coincidir en las reuniones, nos tratábamos muy serios de “Doctor” y “Doctora”. Luego mi mamá se enfermó en La Habana y, en una ocasión en que Mario fue a Santiago por asuntos de trabajo, me dirigí a él para saber si había posibilidades de que yo pudiera entrar al Ministerio de Salud Pública. “Vaya el lunes allá”, me contestó enseguida. Ocupé la jefatura del departamento de atención a los niños, gracias a mi condición de licenciada en Trabajo Social. En 1962 vine para acá y ahí fue donde nos enamoramos. Él dejó de ser viceministro y al año siguiente, en 1963,  se fue a Argelia para convertirse en el primer jefe de la misión de médicos cubanos en aquel país. En 1964 Mario volvió para Santiago de Cuba al frente  de Salud Pública en aquella provincia, mientras yo estaba en La Habana. Hablábamos por teléfono todos los días; él venía acá cada 15 días y yo iba allá también; de esa manera sentíamos menos la separación. Cuando regresó a la capital lo pusieron a cargo de docencia del Ministerio de Salud Pública. A partir de 1969 vivimos juntos en distintos lugares hasta que tuvimos casa propia: mi apartamento en 19 y H, en el Vedado».
Por aquellas ideas contrarias al matrimonio que desde pequeña había escuchado en boca de su padre, Nisia ni pensó en casarse. «Y yo me metí eso aquí (se señala la cabeza) y me decía: “Yo no me caso, no, yo no me caso...” A Mario le dio un infarto cuando estaba en Angola; estuvo muy mal, al borde de la muerte. Me llamó y me dijo: “Vamos a casarnos, porque después vas a tener problemas con tus hijos y con mis huesos”. Y entonces, el 19 de junio de 1976 nos casamos por poder durante  una boda cuyos testigos fueron Santiago Álvarez, Melba Hernández y Leví Farah. Enseguida debí viajar a  Angola, donde estuve tres meses porque —mi ya esposo— seguía muy mal. Enfrentó tres infartos en vida, dos allá en África, y el tercero aquí. Murió de un accidente cerebro-vascular; duró siete días. En los momentos finales me dijo: “Qué linda es la muerte; veo ahora un túnel azul, que se va…” Y ahí mismo se quedó. Creo que, como él decía, perdimos tiempo, pues a pesar de que nos conocimos de jóvenes, tuvieron que pasar varias décadas para que fuéramos pareja. Yo tenía 26 años cuando lo reencontré. Después de él, nunca más hubo hombres en mi vida. Hace 26 años que falleció».
Me atrevo a preguntarle: ¿De hacerle algún reproche, cuál le haría?
«A veces, tenía mal genio, aunque conmigo nunca. Nos llevábamos tan bien, tan bien, tan bien… que no podría reprocharle algo, ahora después de muerto y de tantos años; no, nada, nada; realmente fui muy feliz con él. Fui feliz, feliz, feliz… Él asumía muchos de mis problemas profesionales porque, además, trabajaba conmigo. Me ayudaba hasta en la redacción de los informes, tan tediosos para mí».
Además de Mario Escalona, entre las personas que más influencias han ejercido en su vida, Nisia señala a Alfredo Guevara, «a quien conozco desde hace muchos años, pero admiré más a partir de 1959, por su forma de pensar y actuar, por sus características personales; lo siento muy cerca. También, Eusebio Leal ejerce una tremenda influencia en mí».
Sobre el Historiador de la Ciudad,  precisa que lo conoció a finales de 1959 a 1960, «cuando era comprobador administrativo de la Alcaldía, y el alcalde de La Habana,  Leví Farah. A Leal lo habían designado para que pudiera hacer algo, pero no era un cargo de importancia.  Y ya en esa época, él era divino. Salíamos juntos y decía: “Vamos a poner aquí esta cosa, y allá, lo otro…”. Y yo comentaba: “Pero este está loco, loco…” Con él, yo me reía a horrores. Somos amigos de verdad».
Una anécdota simpática que refiere con fruición, fue la manera en que Leal trató siempre a su compañero Mario Escalona, a quien llamaba «el Doctor Agüero» por aquello de considerar que en la unión de ellos dos la preponderante siempre fue Nisia. «Le decía a Mario que él era el marido de Nisia Agüero, y no al revés. Mi marido se ponía… Todavía Leal me dice “la señora del Doctor Agüero”».
El arte y la amistad
Cuando le pregunto, ¿qué es para usted la amistad?, resuelta responde: «Es algo que se da y que, sin embargo, cuesta mucho trabajo tener de verdad». Entre sus grandes amigos señala a la ya desaparecida cantante cubana Elena Burke: «Fue una amiga verdadera, como lo son Omara Portuondo y los pintores Mendive y Tomás Sánchez, porque tanto en momentos duros como felices, ellos me han servido de mucho».También señala al más universal de los pintores cubanos: Wifredo Lam, a quien conoció «en 1980, después que se quedó inválido, andaba en silla de ruedas y recibía tratamiento médico en La Habana».
Lam la instruyó en las maneras de comercializar una obra de arte, de cómo lograr que reparen en la obra de un artista novel en esas lides. «Me contó que una de las primeras veces que vendió un cuadro, a un marchant muy conocido, fue aconsejado por Picasso. Este le dijo al cubano: “Tú llevas un cuadro y pides un precio; al poco tiempo, yo veo el cuadro y le hago una propuesta mayor; luego mandamos a otro para que se interese y le ofrezca el doble. A los tres días, va un tercero, y así, sucesivamente...»
Lam estuvo en Cuba hasta 1982; Nisia rememora: «Cada día hacía un dibujo y se lo daba a quienes lo íbamos a ver. Me narraba historias. Yo me interesaba, por ejemplo, en cómo se había hecho famoso. Luego llegaron su esposa y sus hijos, y también nos  hicimos muy amigos. En esa etapa Lam se fue y regresó dos veces. En una ocasión pasó por Arizona de Mare, Italia, donde tenía una amistad. La segunda vez volvió y ya se sintió mal y retornó a Francia. Entonces lo fui a ver allá, a su casa parisina. No estoy segura, pero parece que tenía cáncer en la garganta y apenas podía hablar; y si lo hacía, era con una voz extraña. Me pidió que lo trajeran para Cuba, que quería morir aquí, pero era muy tarde. Regresó ya muerto».
También durante la década de los años 80, cuando ella trabajaba en el Fondo de Bienes Culturales, entró en contacto con Portocarrero. «Me hice muy allegada de René e iba mucho a su casa. Me llevaba bien con su compañero, el también pintor Raúl Milián».
Al referirse a Manuel Mendive, lo califica de  muy buena persona. «Lo conocí cuando él estaba muy mal de situación económica; tenía un pie enfermo después que una guagua lo había atropellado. Me fue a ver, como hicieron otros artistas, y se me ocurrió vender pequeñas obras suyas a cinco pesos en la galería Habana con motivo del Día de las Madres, además de organizarle una gran exposición, aun cuando era todavía un desconocido. Igual hice con Fabelo y otros».
Un día Mendive le comentó la necesidad de cambiar de vivienda, pues vivía en La Víbora en una casita de madera que estaba en ruinas. «Le compré un grupo de obras, para lo cual firmamos un contrato. Así hizo la casa en el Cotorro, donde empezó a pintar distinto, de otra forma. Si antes trabajaba formatos muy pequeños, a partir de aquel momento comenzó a hacer obras grandes. Nos convertimos en grandes amigos».
El espectro de sus relaciones abarca a muchas personalidades del arte en Cuba. Me habla de Alicia Alonso: «Soy su amiga desde que yo estaba en el Fondo de Bienes Culturales. Siempre asistí a funciones de ballet, y en el Teatro Nacional frecuentaba sus ensayos. Por eso sé cómo ella trabaja y la he visto dirigirse a una bailarina en particular y señalarle: “Fulana, tienes la pierna mal puesta”. Yo no sé cómo, pero lo hace, a pesar de su falta de visión. Me quedé con la boca abierta. Dicen que Alicia tiene la capacidad de ver sombras y luces, y, de esa manera, se guía».
Su obra de ballet favorita es El lago de los cisnes, «pero sin duda escogía a Giselle cuando la hacía Alicia Alonso. Ahora soy admiradora de Viengsay Valdés y estoy enamorada de Carlos Acosta, es divino…»
Sobre la música que prefiere comenta: «Me gusta toda la música que sea buena, no importa el género de que se trate, excepto el reggaeton. Puedo escuchar a Richard Wagner, a quien mi papá me hacía oír todas las mañanas; a Schubert, Mozart... y con frecuencia asisto a presentaciones en la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Pero también puedo cambiar y oír a José Antonio Méndez u Omara Portuondo, que me gustan tanto como Lucy Povedo».
Nisia Agüero es reconocida como una de las más prestigiosas promotoras de la cultura cubana. Su quehacer ha contribuido al desarrollo del teatro, las artes plásticas, la música…, por lo que es difícil saber en cuál de esas manifestaciones artísticas se ha sentido más realizada. Sin embargo, opina que fue el trabajo comunitario el que la hizo adquirir la firmeza que la distingue, además de propiciarle el regocijo que constituye la base de su proverbial jovialidad.
«En la década de los 70 estuve durante diez años en el Grupo de Desarrollo de Comunidades, en el que considero asumí mi fortaleza. Los resultados de ese trabajo los presenté —incluso—ante Naciones Unidas, y me sentí muy regocijada. Precisamente ahí comencé a lidiar con creadores de diferentes manifestaciones. Construimos 330 comunidades, para lo cual nos auxiliábamos de artistas de la plástica que recomendaban los colores de las viviendas, dónde colocar una obra de arte, o enseñaban papier maché, como la pintora, grabadora y escultora Antonia Eiriz. También había cantantes, músicos, dramaturgos, actores...»
Nisia tenía a su favor las vivencias en Santiago de Cuba, donde participó de 1959 a 1962 en la erradicación de barrios insalubres. En su lugar se construyeron comunidades como el Nuevo Vista Alegre, «de donde salió el Choco, que fue escogido entre niños con habilidades, para que viniera a La Habana: primero, a la Escuela de Instructores de Arte, y luego, a la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Recuerdo a Olga Trutié, una señora que inició a adultos y niños en el bordado con el guano…»
Nisia Agüero, quien en 1990 obtuvo la distinción por la Cultura Nacional, y en 1999 el Premio Nacional de Cultura Comunitaria, asesora a la presidencia de la UNEAC en este último tema. Dentro del Ministerio de Cultura, es una de las vicepresidentas del Consejo Nacional de Casas de Cultura, además de encabezar la sección cubana del Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklor y Artes Tradicionales.
Con 76 años recién cumplidos, ella afirma que tantas tareas «las estoy haciendo por gusto, porque quiero hacerlas, aunque, por mi edad, sé que me tengo que jubilar». Sin embargo, todo hace indicar que se mantiene laboriosa y vital «no por gusto, sino por un gusto», me atrevo a rectificarle antes de finalizar esta entrevista de «tú a tú».

Arriba, foto actual de Nisia Agüero a sus 76 años. En la imagen de la izquierda, con Wifredo Lam. A la derecha instantánea tomada en su casa durante una fiesta de cumpleaños. De pie, a la derecha de Nisia, dos hijas del primer matrimonio de su esposo: Pura y Evita.  En cuclillas, Amaury y Alejandro —falta Ariel—, y en distintas posiciones, tres de los siete nietos de la entrevistada.


María Grant,
Editora ejecutiva de Opus Habana.