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La labor científica-investigativa y autoral de la Dra. Alicia García Santana es el eje de esta entrevista, que permite conocer su itinerario laboral dedicado a indagar sobre el patrimonio arquitectónico cubano. La misma fue realizada por Lázaro Gerardo Valdivia Herrero, investigador, profesor universitario, curador de exposiciones de artes visuales y crítico de arte.

 A la memoria del Dr. Francisco Conrado Prat Puig (1906-1997) 1 , maestro de generaciones.

«La belleza también es una necesidad humana», le escuché confesar en cierta ocasión a un primerísimo actor cubano en voz de uno de sus tantos personajes cinematográficos. Tal revelación, acentuada en las más inconmovibles esencias del espíritu humano, valida el criterio ancestral de que cada individuo, desde su condición biopsicosocial, demanda de lo bello no solo para satisfacer una inquietud espiritual, sino también para concebir un corpus reflexivo capaz de interactuar dialógicamente con el imaginario colectivo que le sirve de argumento. La belleza es una necesidad -humana- persistente, infinita y a veces, debidamente traducida a través de la obra artística o de un texto literario. Cuando el creador impacta en las sensibilidades todas, acudimos ante una especie de extraño nacimiento de las complicidades, donde el genio del autor, el mensaje de la obra codificado en la belleza, y el público recipiendario, emergen como un ente trinitario inmortal; pues el arte, cuando es auténtico y sincero, no conoce el fin ni sucumbe ante el olvido.

La labor científica-investigativa y autoral de la Dra. Alicia García Santana (La Habana, 1947), bien pudiera calificarse como «cómplice» y nódulo cohesionador de distintas maneras de traducir lo bello. Un fructífero itinerario laboral dedicado a indagar sobre nuestro patrimonio arquitectónico, la redacción de múltiples libros y artículos publicados en revistas y materiales compilatorios, así como una destacada trayectoria docente (de pregrado y postgrado) tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales, convierten a esta genuina cubana en uno de los principales referentes historiográficos cuando de estudios de la arquitectura y el urbanismo cubano se hable.

Diversos grupos y organizaciones científicas y culturales de elevado prestigio, como la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la Comisión Nacional de Monumentos, la Cátedra Gonzalo de Cárdenas de Arquitectura Vernácula (adscrita a la Oficina del Historiador de La Habana), La Academia de la Historia de Cuba y el Comité Cubano del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), también han sido testigos de una militancia comprometida con la verdad, la superación, la constancia y el sacrificio, palabras de orden en la fecunda carrera de la Dra. Alicia García Santana. En su haber cuenta con disímiles distinciones y reconocimientos, entre ellos la Medalla XX Aniversario de la Academia de Ciencias de Cuba (1986), la Distinción Por la Cultura Nacional (2005), la condición de Hija Adoptiva de Matanzas (2007) y más recientemente, el Premio Nacional de Patrimonio Cultural por la obra de toda la vida (2019); estímulos que nunca han eclipsado la profunda sencillez y humildad de quien confiesa sentirse agradecida por todo lo recibido y pretende seguir trabajando hasta que la vida se lo permita.     

Intensamente motivado por la lectura de varios de sus textos e impaciente por confirmar un dato histórico relativo a la figura del Dr. Francisco Prat Puig, me atreví a contactarla una tarde nublada de abril de 2020, sin más referencias que las que podían ofrecerme mi condición de historiador del arte y la pasión mutua que compartimos por la investigación y la pedagogía. Atender mi llamada y escuchar su agradable voz asintiendo la disposición de evacuar mis dudas, fue como un bálsamo en mis largas y prácticamente estériles horas de desvelo, frente a varias fuentes marcadas por la contrastante pluralidad de criterios defendidos por sus autores. Claramente, estaba atascado en un pasaje puntual de mi indagación, y ese sentido común del investigador histórico me advertía que sólo la Dra. Alicia podía ayudarme a avanzar. Su sinceridad y ética profesional, las que no le permiten falsear una información o absolutizar respecto a un tema particular, la impulsó a responderme en ese instante: «podemos conversar sobre el asunto, pero el dato más preciso te lo daré cuando llegue a mi casa en Madruga y consulte mi archivo personal, pues en estos momentos me encuentro en Trinidad (Sancti Spíritus)».

Semanas antes se habían detectado en Cuba los primeros casos de COVID-19, y las necesarias medidas de distanciamiento físico y el ulterior cierre de la transportación de pasajeros, imposibilitaron que de manera inmediata la Dra. Alicia García Santana retornara a su querida Madruga (Mayabeque) y que nos pudiéramos reunir. Ese encuentro, cuya idea surgió días después de aquella primera comunicación telefónica, era, además de indispensable para encauzar mis expectaciones iniciales concernientes al Dr. Prat Puig, propicio para convidar a mi interlocutora a responder algunas interrogantes acerca de su vida y quehacer profesional. Esperanzado de poder concretar con prontitud dicho intercambio, pero consciente de que la actual situación epidemiológica postergaría su materialización, le hice llegar a la profesora Alicia -vía correo electrónico- estas preguntas que, a modo de prolegómeno del futuro diálogo, ella accedió amablemente a responder desde la intimidad de sus recuerdos:   

Ud. nació en La Habana, sin embargo, a los pocos días de nacida se trasladó junto a sus padres hacia Trinidad, uno de los parajes más hermosos de la geografía cubana, y al cual muchos consideran su ciudad natal. ¿Qué lazos familiares la unen a la otrora villa trinitaria y cómo recuerda su infancia y ese primer acercamiento al Patrimonio Histórico-Cultural de la urbe sureña?

Nací en La Habana porque mis padres, trinitarios ambos, estaban entonces en esa ciudad. Mi mamá había terminado los estudios de Enfermería y a mi papá le faltaba muy poco para concluir los de Medicina. A los 18 días me llevaron para Trinidad, pero no fue por mucho tiempo. Al cumplir tres años nos mudamos para el pueblito donde vivo, Madruga, lugar donde mi familia se radicó definitivamente. Trinidad vivía entonces en el marasmo económico que determinó su congelamiento en el tiempo. Mis padres buscaban posibilidades que la vieja villa no podía ofrecerles.

Pero a Trinidad íbamos en las vacaciones de Semana Santa, del verano y de Navidad. Allá estaban las abuelas, los primos, los tíos…Era, sin dudas, una ciudad distinta, sobre todo por sus calles de piedra, entonces para mí su característica más relevante. Pero, por supuesto, no tenía noción de los valores culturales de la antigua villa.
 
¿Qué puede comentarnos acerca de sus estudios correspondientes a la enseñanza primaria, secundaria y preuniversitaria?

Estudié la primaria en un colegio de monjas filipenses establecido en Madruga. Tengo los mejores recuerdos de mis maestras, de las compañeras de estudio, del paso por esa institución que sembró en nosotras valores cívicos bien definidos. Entré al bachillerato por exámenes de ingreso desde sexto grado y cursé los dos primeros años en el Instituto Juan Borrell de Güines. Al cambiar el sistema de estudios, los años de bachillerato fueron considerados como estudios secundarios y continué entonces el preuniversitario en la misma institución. De aquellos profesores guardo recuerdos imborrables, de gran impacto para definir mi inclinación hacia la historia y la literatura. Pero, en general, el claustro de profesores del Instituto de Güines era notable en todas las asignaturas.

Durante la segunda mitad de la década de 1960 Ud. matriculó en la Licenciatura en Letras en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, de la cual se gradúa en 1971 con la tesis: La arquitectura de la gran época trinitaria. ¿Qué la motivó a adentrarse en el estudio de la arquitectura colonial cubana en general, y trinitaria en particular?

Como bien dices, mi carrera fue en Lengua y Literatura Cubana e Hispanoamericana. Desde el segundo año simultaneé los estudios con el de Instructor no Graduado de Lingüística General. Pensaba que mi tesis sería sobre Lingüística. Pero sucedió que al inicio del 5to año llegó a la Universidad Central el doctor Francisco Prat Puig, quien venía con sus alumnos en viaje de estudio por la Isla. Una de mis compañeras, Lilia Martín Brito, en la actualidad profesora emérita de la Universidad de Cienfuegos, y entonces Instructora de Historia del Arte, me avisó de la presencia de Prat y fuimos a conocerlo. Prat nos invitó a unirnos al recorrido. Visitamos varias ciudades, entre otras La Habana. No tenía ninguna noción del mundo que se abrió ante nosotras, no entendía lo que Prat explicaba, ni siquiera el vocabulario utilizado. Pero al regreso de ese viaje decidí que ese sería mi destino. No podría explicar del todo porque tomé esa decisión. A más de la fascinación ante la palabra de Prat, creo que estaba el hecho de la vivencia de Trinidad. 

Tras culminar su formación académica Ud. desarrolló, en comunión con otros colegas, algunas investigaciones sobre el Centro Histórico Urbano de Trinidad, y entre 1979 y 1983, dirigió los trabajos de restauración y conservación ejecutados en la propia urbe. ¿Qué enseñanzas le dejaron estas primeras experiencias y responsabilidades profesionales?

La cosa no fue tan simple. Al terminar los estudios nació mi primera hija, Grace, en 1972; al año siguiente vino la segunda, Marcela. No fue posible comenzar a trabajar de manera oficial. Pero un poco después, no recuerdo exactamente la fecha, me encontré con Teresita Angelbello y Víctor Echenagusía, entonces trabajadores del Museo Romántico, y formamos un equipo para el estudio sistemático de la ciudad. Más tarde, comencé a trabajar en la Biblioteca Gustavo Izquierdo de Trinidad, si mal no recuerdo en 1977, y poco después comenzamos la restauración de la casona de los Sánchez Iznaga para destinarla a Museo de Arquitectura. A partir de la apertura del museo en 1979 comenzamos a atender la conservación de la ciudad.

Sin dudas, la conservación de un centro histórico es un trabajo de equipo, complejo, que depende de muchos factores, pero sobre todo de la adecuada preparación de los especialistas que participan en ello, la manera en que pueden ser asegurados los financiamientos y la voluntad política de las autoridades del territorio. En sentido técnico es imprescindible el diagnóstico correcto de los problemas múltiples y complejos que se relacionan con la salvaguarda de un centro histórico urbano vivo. De ese diagnóstico derivan las estrategias y los proyectos de actuación. Desde mi punto de vista es un esfuerzo a la escala de lo urbano.

A partir de 1983 se vinculó a la Dirección de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura, donde coordinó –entre otras tareas- la realización del Inventario Nacional de Monumentos. ¿Qué importancia le confiere a la ejecución de dicho Inventario, en un contexto epocal signado por la creación e implementación de un importante aparato legal dirigido a la protección del Patrimonio Cultural cubano?  

El inventario es un recurso técnico-administrativo imprescindible para procurar la identificación de los bienes patrimoniales, de lo que deriva las propuestas de conservación y/o manejo de los mismos. Requiere actualización constante. En lo personal, me permitió acercarme al patrimonio cubano en un sentido amplio.

En 1986 Ud. obtuvo el título de Doctora en Ciencias del Arte por la Universidad de Oriente, teniendo como tutor al prominente arqueólogo, historiador del arte y profesor de origen catalán Francisco Prat Puig, a quien ha reconocido en varias ocasiones como «padre intelectual». ¿Qué significa para Ud. haber sido alumna y discípula de esta destacada personalidad de la historia de las Ciencias Sociales y Humanísticas en nuestro país?

El primer impacto que Prat me provocó fue el de una infinita admiración, por su saber enciclopédico, por su generosidad intelectual sin límites, por su profundo sentido cívico del deber, por su total vocación como maestro. Despertó una enorme curiosidad por conocer sobre lo que él hablaba, más bien diría que predicaba. Cautivó de manera definitiva su defensa, temprana, de la valía y de la cubanía de nuestro patrimonio arquitectónico. Empecé con él estos estudios en los años de 1970; de forma directa me enseñó todo lo que le fue posible, de manera indirecta a través de una valiosísima correspondencia, que guardo como un tesoro, me fue explicando, contestando, toda duda, toda pregunta... A 50 años de aquel inicio, solo puedo refrendar la certeza de sus tesis, la grandeza intelectual del Maestro y un enorme agradecimiento por haber tenido la oportunidad de escucharle y conocerle. Todo mi modesto trabajo tiene por fundamento la obra del Maestro.
 
En 1988 Trinidad y el Valle de los Ingenios fue incluida por la UNESCO en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad, atendiendo a los notables valores patrimoniales de un conjunto urbano que exhibía en pleno siglo XX un meritorio estado de conservación. Ud. fue la principal redactora del texto entregado a la UNESCO para la propuesta de declaratoria. ¿Qué sensación le provocó la noticia del otorgamiento de tal condición a su estimada ciudad?

Una enorme alegría, una esperanza de que tal categoría vendría a profundizar los esfuerzos por la conservación de una ciudad tan valiosa en sentido cultural, tan pródiga en sentido económico. Claro está, lo económico depende de que se conserve lo cultural, ese es el reto que hoy enfrentamos.

Desde mediados de 1986, Ud. se vincula al Equipo de Monumentos de la Dirección Provincial de Cultura en Matanzas, y desde 1989 a la Delegación Provincial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) en la propia «Atenas de Cuba». ¿Ya Ud. había visitado con anterioridad dicha ciudad? ¿Por qué la determinación de compartir sus conocimientos con colegas e instituciones matanceras?

No, no tenía ni la más mínima idea de la enorme importancia de Matanzas y tampoco del lugar que esta ciudad iba a tener en mi trabajo y en mi vida. Me traslado a Matanzas porque mi mamá enferma y era necesario regresar a mi casa, por ella, por mis hijas. Pero fue como cerrar el círculo de la indagación dentro del ámbito cubano. Sin Matanzas no hubiera podido tener la visión que en la actualidad tengo de la casa cubana.

¿Y después de Matanzas, por cuáles nuevos derroteros encauzó su quehacer laboral?

Junto con Matanzas comenzó la búsqueda por entender la inserción de Cuba dentro del contexto Caribe. Para poder enfrentar semejante aspiración tuve la suerte de contar con una beca de la Fundación John Simon Guggenheim de Nueva York, y de otro grant que me otorgara el Getty Conservation de Los Ángeles. Con ello y con la ayuda de numerosas entidades universitarias y/o de conservación del área, he podido acercarme al patrimonio homólogo al nuestro en el sur de los Estados Unidos, México, las Antillas, Centro América, Colombia y Suramérica. Es un largo periplo que incluye, por supuesto, a España.

«La Habana colonial, ese inagotable surtidor de alegorías y fabulaciones», también ha sido estudiada por Ud. mediante títulos como Urbanismo y Arquitectura de La Habana Vieja. Siglos XVI al XVIII, y La Habana, historia y arquitectura de una ciudad romántica (en colaboración con María Luisa Lobo y Zoila Lapique). ¿Cómo define su acercamiento intelectual y vivencial hacia la capital de todos los cubanos?

La Habana es la referencia primera del país. Estudiar cualquier ciudad cubana implica estudiar La Habana. Y no solo es necesario el estudio de La Habana a los efectos nacionales, en el ámbito regional fue una urbe de enorme importancia e influencia por haber sido el punto de reunión de la Flota de Indias. En este momento estoy redactando el segundo tomo de la casa cubana dedicado enteramente a La Habana, desde el siglo XVI a las primeras décadas del XIX.

¿Ha tenido Ud. la posibilidad de visitar y estudiar otras ciudades coloniales cubanas, como, por ejemplo, Santiago de Cuba, Remedios, Cienfuegos o Baracoa?

He estado en todas y he podido estudiarlas con mayor o menor grado de profundidad. Hay algunas como Santiago de Cuba de enorme repercusión en la región oriental del país, también en el ámbito regional. Hay otras que he visitado pero que requieren mayor estudio, me refiero a Pinar del Río, Manzanillo y Holguín. Esas tres importantes urbes las tengo pendientes, vamos a ver si hay aliento y oportunidad.

Varios campos de actuación profesional han centrado su desempeño tanto dentro como fuera de Cuba: la docencia, la investigación y publicación editorial, la inclusión en jurados y comités organizativos de eventos científicos, así como la asesoría metodológica a programas, organismos e instituciones especializados en la conservación y restauración del Patrimonio Cultural. ¿Cuál de estos perfiles disfruta más la Dra. Alicia García Santana?

Todas las tareas han sido gratificantes. Pero a estas alturas me gustaría poder dedicarle más tiempo a la docencia, a la formación de los continuadores. Creo que sería lo más útil.

El pasado año Ud. fue merecedora del Premio Nacional de Patrimonio Cultural por la obra de toda la vida. ¿Qué representa para Ud. haber recibido dicha distinción?

Enorme agradecimiento pues son muchos los que lo merecen.

El 31 de julio de 2020 toda Cuba amaneció con la triste noticia de la desaparición física de Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana por más de cinco décadas y auténtico defensor de los valores más raigales de la historia patria. Para usted, que disfrutó del placer de su amistad y contó en más de una ocasión con sus contribuciones editoriales 2 , ¿cuál es el principal legado que nos deja la vida y obra de este ser excepcional?

La pérdida física de Leal es una catástrofe, en muchos sentidos. Se ha ido demasiado pronto. No era tan solo una figura destacada de la conservación del patrimonio habanero y cubano. Es mucho más, un referente de la cultura nacional. Llevó hasta sus últimas consecuencias la noción emocional que heredamos del siglo XIX del patrimonio como testimonio de identidad nacional. En su defensa y desvelo por esas viejas piedras estaba protegiendo el ser nacional. Ese es su mayor legado.

Con más de cuatro décadas de trabajo ininterrumpido, consagradas a la salvaguarda de nuestro Patrimonio Cultural, ¿qué le queda por hacer a esta genuina formadora de varias generaciones de investigadores?

Seguir trabajando…hasta que haya vida.

Por último, desde su enriquecedora experiencia de vida, ¿qué consejos les daría a las jóvenes hornadas de especialistas dedicados a la conservación y protección del Patrimonio Cultural de nuestra nación?

Que hay que estudiar, sin descanso, constantemente. El conocimiento es el fundamento de las buenas decisiones, del buen hacer. Y nunca se alcanza el suficiente.

Lázaro Gerardo Valdivia Herrero


Notas del autor:
1Destacado arqueólogo, historiador, museólogo, restaurador, coleccionista y profesor de origen catalán, considerado una de las figuras más importantes en el ámbito de la restauración y los estudios históricos del patrimonio arquitectónico cubano. Avezado conocedor de las tipologías y edificaciones erigidas en diferentes ciudades coloniales cubanas, formó parte de proyectos de restauración de valiosas construcciones como las iglesias del Espíritu Santo y de Santa María del Rosario (ambas en La Habana), el Ayuntamiento Municipal de Santiago de Cuba, el Castillo de San Pedro de la Roca, la casa natal del poeta José María Heredia y la casa del Adelantado Diego Velázquez, estos tres últimos inmuebles también en la Ciudad Héroe. El profesor Prat Puig fue fundador de la Universidad de Oriente en octubre de 1947, entidad académica que lo reconoció con la categoría de Profesor Fundador Honorario y en la cual introdujo la Licenciatura en Historia del Arte como carrera universitaria. Entre sus más significativos textos sobresale El prebarroco en Cuba. Una escuela criolla de arquitectura morisca (1947), en el que su autor advierte las influencias de la tradición constructiva morisca dentro de la arquitectura colonial temprana de nuestro país. El Dr. Prat Puig falleció en Santiago de Cuba en 1997, siendo inhumado en el Panteón de Veteranos del cementerio del poblado El Caney, comunidad en la cual se instaló definitivamente tiempo después de haber arribado a territorio santiaguero a fines de la década de 1940, procedente de La Habana.

2El Dr. Eusebio Leal Spengler colaboró con varios libros de la Dra. Alicia García Santana, entre los cuales podemos citar Las primeras villas de Cuba (Ediciones Polymita, 2008), donde el Historiador de La Habana asumió la presentación del texto; así como Matanzas, la Atenas de Cuba (2009) y Trinidad de Cuba: un don del cielo (2010), también publicados por Ediciones Polymita y de los cuales el Dr. Leal fue el autor del prefacio y la presentación, respectivamente. Los tres materiales contaron con el valioso aporte visual del fotógrafo cubano Julio Larramendi, quien no solo es el responsable de la mayoría de las instantáneas empleadas para ilustrar los libros, sino también el director editorial de los mismos.




Imagen superior: La Dra. Alicia García Santana (segunda de derecha a izquierda) en la defensa del doctorado de la historiadora y profesora María Elena Orozco Melgar (primera a la izquierda) en 1994. Aparecen también el Dr. Francisco Prat Puig y la Dra. Lilia Martín Brito.
Imagen inferior: Junto a la investigadora Zoila Lapique (derecha) en 2008.
(Ambas fotos cortesía de la entrevistada).

 

Imagen superior: La Dra. Alicia García Santana (al centro) junto al Dr. Eusebio Leal Spengler (a la izquerda) y Julio Larramendi (a la derecha), en la presentación del libro Las primeras villas de Cuba (2008).
Imagen inferior: La Dra. Alicia García Santana en el acto de investidura como Académica de Número de la Academia de la Historia de Cuba en 2019, junto a los Doctores Alejandro García (primero a la izquierda), Sánchez Griñán (segundo de derecha a izquierda) y Oscar Zanetti (extremo derecho).
(Ambas fotos cortesía de la entrevistada).

 

La Dra. Alicia García Santana en el acto de entrega del Premio Nacional de Patrimonio Cultural por la obra de toda la vida (2019). (Foto cortesía de la entrevistada).