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 «Pintura posmedieval cubana» fue el título que, durante la VII Bienal de La Habana, anunció la exposición en el Convento de San Francisco de Asís de las obras de diez creadores, cuyo quehacer pictórico responde a una tendencia definida dentro de la plástica cubana contemporánea y que con esa muestra sale a la palestra pública.
Aunque ya desde 1994 se puede señalar la génesis de la pintura posmedieval cubana, con la presentación de las exposiciones «Boscomanía I» y «San Jorge y otros relatos» no es hasta 1998 que aparece por vez primera el término posmedieval.

 Desde la madera ilustrada al estilo neobizantino de Ángel Ramírez, con sus «nuevas relaciones simbólicas entre arcángeles equilibristas y santones desamparados» –al decir del profesor y crítico de arte Jorge R. Bermúdez–, hasta el ají, el pan y la naranja impertérritos, congelados en el instante infinito..., de Arturo Montoto, pasando por los personajillos alados de Ernesto Rancaño, las veladas figuras de Cosme Proenza, los seres atisbando la oscuridad del abismo en los lienzos de Rubén Alpízar..., semejante conjunto pictórico nos retrotrajo a un mundo de visiones salidas al paso en nuestra peregrinación a las mismas entrañas del Renacimiento y el Barroco.
«Pintura posmedieval cubana» fue el título que, durante la VII Bienal de La Habana, anunció la exposición en el Convento de San Francisco de Asís de las obras de diez creadores, cuyo quehacer pictórico responde a una tendencia recientemente definida dentro de la plástica cubana contemporánea y que con esa muestra sale a la palestra pública.
Al andar y desandar más de una vez los amplios corredores del Claustro Sur del Convento, descubrimos también otros viajeros. A los primeros, enmarcados en una primera etapa –el origen de esta tendencia–, siguieron los desnudos femeninos de Eduardo Moltó signados por la poética del arte digital, el hombre calabaza de Eduardo Abela, el sinfín de figurillas hacinadas en las cartulinas de María del Pilar Reyes, el Elogio de la locura en versión de Roberto González, así como el altar que entre fotografía y óleo preludiaron El viaje de Roberto Álvarez.
Aunque ya desde 1994 se puede señalar la génesis de la pintura posmedieval cubana, con la presentación de las exposiciones «Boscomanía I» (Galería Habana y Centro de Bellas Artes de Maracaibo en Venezuela) y «San Jorge y otros relatos» (Galería Amelia Peláez), de Cosme Proenza y de Ángel Ramírez, respectivamente, no es hasta 1998 que aparece por vez primera el término posmedieval, en el artículo «Retorno a los confines», escrito por el profesor Bermúdez y publicado en la revista Opus Habana en el primer número de ese año.
Entre estos dos momentos, y posteriormente, se sucedieron numerosas exposiciones en que se perfiló la asunción de códigos propios del arte renacentista y del barroco, desde una perspectiva individual y a partir de los presupuestos ideoestéticos que caracterizan un momento histórico concreto. Así, con un sentido de continuidad, en el primer número del presente año la revista Opus Habana sacó a la luz el artículo «El vértigo de la libertad», en el que el profesor Bermúdez, amén de analizar la obra del pintor Rubén Alpízar, amplía los fundamentos históricos y estéticos de la tendencia por él definida como posmedieval.
En el catálogo de la presente exposición, al referirse a la genealogía de la palabra desde el punto de vista formal y conceptual, Bermúdez comenta: «Tal denominación, como se ve, es una parodia, una cita –o varias– y hasta un “chiste”, tanto como lo son no pocos mensajes representativos de esta pintura, y resulta de la combinación de otros dos términos: posmodernidad y posmedievalidad. El primero, responde a la época en que se inserta la tendencia, los años 90 del siglo XX; el segundo, a dos de sus características más sobresalientes: la vuelta al oficio, y la cita y apropiación creadora de códigos plásticos casi siempre posteriores a la Edad Media, como el Renacimiento y el Barroco. Se invierte el juego. Si el arte cubano siempre había sido designado “desde afuera”, de lo que no escapó ni siquiera el arte de los ochenta (academicismo, vanguardismo, abstraccionismo, realismo, op art, pop art...), ahora, por primera vez, lo es “desde adentro”, desde nosotros mismos».
A esta definición de tipo morfológica habría que agregar los argumentos esgrimidos por el propio Bermúdez cuando afirma: «El término posmedieval no surge a priori, sino a posteriori. Es decir, identifica una forma de pintar muy particular de los años 90, una forma más de expresión de lo cubano. Su fermento, una nueva coyuntura histórica –no menos trascendente para la nación cubana que las anteriores–, así como un nuevo estado espiritual de una parte importante de su sociedad actual, en el entendido que la espiritualidad está en la incertidumbre, tanto como el fanatismo en la certeza... Y es que La Habana, la del “período especial”, no es una ciudad cualquiera, sino que pudiera pensarse como la primera y mayor obra de la posmedievalidad».