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 Este viernes el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, inauguró la exposición «La seducción y el oficio» del escultor y orfebre Pepe Rafart. Hasta el 30 de abril podrán apreciarse las nueve piezas que conforman esta muestra que acoge la sala del cuarto piso del Edifico de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes.
«Genio completo Rafart es, como Cellini, escultor. Y como aquél es capaz de modelar desde una escultura hasta un vaso, o una pieza para el servicio de la mesa más refinada».

Inclinado sobre la mesa, cubierta toda ella de las artes del oficio del orfebre, pasa el artífice horas dando forma a los metales preciosos, y hasta parece que juega cuando – en el dédalo de sus pensamientos– toma las piedras del cofre para ordenarlas sobre los pliegos de papel donde, con trazo firme, dibujó sus diseños.
 Como alquimista iluminado sueña con la pieza absoluta, con la más atrevida, novedosa... Nada resiste a su capricho, ni las raudas mariposas tornasoladas, ni las raras caracolas del Mar de la China, y es que la naturaleza es su fuente de inspiración. De ahí que aparezcan ante él – renovada visión del paraíso– las más exóticas criaturas.
No sabe el artista cómo corresponder al encanto y sugestión de los que admiran su talento, de los que han de lucir joyas cuyas pátinas perfectas, cubren con pudor el destello suntuoso del oro o la plata.
Genio completo Rafart es, como Cellini, escultor. Y como aquél es capaz de modelar desde una escultura hasta un vaso, o una pieza para el servicio de la mesa más refinada. Los mármoles antiguos que suelen encontrarse aún en La Habana, y las piedras oscuras y brillantes del Oriente y el Occidente de la Isla, son sus materiales predilectos.
¿Qué se proyecta desde tanto oficio ejercitado con paciencia sin límite? Su amor a la belleza, que le rodea siempre.
El hombre piensa como vive; la casa es reflejo de ello como si se tratase de un pequeño orden universal. La suya, es su retrato.
A este incansable creador de jardines, coleccionista de especies poco conocidas, al sibarita que ama la callada luminosidad del marfil, el contorno de las porcelanas y las lacas de Coromandel, se le descubre en el detalle; pero – extraño que parezca– a tan incansable atesorador no le alcanzan las manos para dar, y resulta insuficiente el corazón generoso para acoger cuanto ama y defiende.
Raro es hallar entre los mortales a quien sepa del vuelo del águila y de la ternura, al acariciar la cabeza de un niño.