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En la tarde del pasado viernes 19 de octubre quedó abierta al público habanero la exposición personal Leyendas del quinto sol de Adrián Pellegrini. La cita tuvo lugar en el Palacio de Lombillo donde el propio artista dio lecturas a las palabras de presentación y las cuales son reproducidas a continuación.

Hace unos meses ya, mientras revisaba el diario correspondiente al año 1998, encontré un sortilegio de apuntes, dibujos e introspecciones que había realizado con motivo de mi primer viaje a la gran ciudad prehispánica de Teotihuacán, una luminosa mañana de enero. Situada a poco menos de una hora de la capital de México, saliendo por Insurgentes norte y tomando la autopista 132, pude empezar a vislumbrar, a lo lejos, la sobresaliente trama urbana. Planificada desde sus inicios en base a ejes perpendiculares, despliega la ciudad su grandeza mediante la alternancia de grandes volúmenes con espacios abiertos. Su ordenamiento, producto de un poder centralizado, se aprecia desde la cima de las pirámides. Durante el Clásico, período que abarca los primeros siglos de nuestra era, Teotihuacán fue la metrópoli más importante de Mesoamérica, y me atrevería a decir que del mundo americano. Su dominio e influencia llegaron tan lejos como Kaminaljuyú, en Guatemala, o Matacapan, en Veracruz. Cuando caminamos los cuatro kilómetros de la Calzada de los Muertos, el corazón late y vibra la imaginación, podemos revivir el bullicio y la belleza de este centro cosmopolita. En él había un barrio oaxaqueño y pobladores mayas de la costa del golfo, que comerciaban sus más preciados productos, por ejemplo plumas de pájaros selváticos por obsidiana teotihuacana. En el lugar se mezclaron modos y tradiciones foráneas con la sobriedad y prestigio de la ciudad de los dioses. Y en algún momento, como reza la mitología nahua, se da en Teotihuacán el nacimiento del Quinto Sol.
“Se dice que cuando aún era de noche, cuando aún no había luz, cuando aún no amanecía, dicen que se juntaron, se llamaron unos a otros los dioses, allá en Teotihuacán…” Así se lee en el Códice Matritense, en referencia a la ciudad donde según el mito se produjo el nacimiento del Quinto Sol, el Sol de movimiento, mundo universo precedido por cuatro creaciones y destrucciones, que vivieron los pueblos posteriores a Teotihuacán, cuyo significado es “donde los hombres se convierten en dioses”.
Así, creado el mundo, los mismos dioses se convirtieron sucesivamente en Sol para alumbrar la Tierra. Nos habla la leyenda del Primer Sol, Sol de Tierra, período habitado por gigantes que había sido destruido después de tres veces cincuenta y dos años. Después, el Sol de Viento, período regido por Quetzalcóatl, serpiente emplumada, desapareció al cabo de siete veces cincuenta y dos años, al desatarse un gran huracán. El Tercer Sol, Sol de lluvia de fuego, vio caer una lluvia de llamas. Los habitantes de la Tierra eran en su mayoría perversos e inmorales, y los sobrevivientes se transformaron en pájaros y peces. El Cuarto Sol, Sol de Agua, acabó con un terrible diluvio que duró cincuenta y dos años, al que sólo sobrevivieron un hombre y una mujer que se refugiaron bajo un enorme árbol de ahuehuete. Y llegamos al Quinto Sol, era aún presente, el Sol de movimiento, período destinado a desaparecer por la fuerza de un movimiento telúrico, momento en que aparecerán los monstruos del oeste con apariencia de esqueletos, y harán una limpieza ritual de la humanidad dejando el próximo período para una era de renovación mística y moral.
Siempre me pregunto, dada la antigüedad de esta leyenda americana, y su similitud con el antiguo testamento, si no habrá llegado precisamente desde el nuevo mundo, al viejo, de alguna manera, esta tradición creacionista, de raíces que se pierden en la obscuridad cavernaria de nuestros primeros padres americanos, los lejanos creadores de nuestro aquí y ahora.
Algunos me preguntan, ¿por qué no tratas en tu pintura temas nacionales? Y yo respondo, ¿y qué cosa es un tema nacional? Para mí, la América es el tema viviente nacional, pues en su soberanía cabe la geografía de todos los corazones. El árbol se conoce por sus frutos: de los pueblos amantes del Sol hemos heredado el sentido del placer bajo sus rayos y los dones vegetales de su vida. Mesoamérica, cuna del Quinto Sol, ha donado al mundo sus alimentos de mayor valor nutricio y espiritual que toda la humanidad disfruta: dígase chocolate o tomate, dígase el dorado maíz o el tabaco que ofrenda columnas de humo azul hacia el cielo y estimula el intelecto. Además, siento que pueden palparse en las predicciones de la leyenda los efectos actuales del cambio climático, precisamente llenos de fuertes vientos, lluvias ilimitadas y creciente calor en medio de un planeta alienado por la tecnología, la globocolonización, la internacionalización de la economía y la imposición a la tierra de un único modelo de sociedad cabalgado por el jinete del neoliberalismo, libre de rienda y frenos, el caballo corre por la pista de la acumulación.
La inspiración ha volado a mí con nombre de Sol, de un Sol creador de colores y minerales que permiten, mediante la ilusión óptica de su propia luz, pueda apreciarse los volúmenes en un plano y ser pintura. ¿Y qué habrá después del Quinto Sol? He oído esa pregunta: la respuesta, una página en blanco, será lo que seamos capaces de hacer y crear los hombres y mujeres de esta época plagada de tormentas y esperanzas. Yo creo, como creyeron los antiguos americanos, en la eterna-edad de las cosas, más que en la eternidad, pues que en la naturaleza lo único constante, conocido, es el cambio, pero en la naturaleza del tiempo, sólo sabemos que está sucediendo siempre Ahora. Por tanto me inclino a decir que aquel atrevido a traspasar el umbral del misterio, quedará atrapado en la fuente de las maravillas de la cual no hay escapatoria posible ni deseada. Seguramente después del Quinto Sol  estaremos todos nosotros.

Adrián Pellegrini del Riego

 

Obras del artista plastico Adrían Pellegrini expuestas en el Palacio de Lombillo. Imagen izquierda arriba: En el Mictlán (óleo sobre lienzo. 81 x 72 cm.). Debajo: Fzlor de fuego (óleo y resina de copal sobre lienzo. 50 x 50 cm.)Imagen derecha: Después del quinto sol (óleo y cera sobre lienzo. 100 x 76 cm.)