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En la primera actividad de su agenda tras el arribo a la Isla, la tarde del domingo 20 de marzo el presidente de los Estados Unidos efectuó un breve recorrido por la parte más añeja de la urbe. Recibido por el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal Spengler, el distinguido visitante y su familia apreciaron edificios y sitios históricos de alto valor patrimonial.

«Gracias, Eusebio; gracias por este recibimiento. No sabe usted cuánto me ha conmovido vuestra obra, y la pasión con que usted ha sido capaz de revelárnosla en tan poco tiempo», expresó Obama cuando se despidió del Historiador de la Ciudad.

Llovía no a cántaros, pero sí ininterrumpidamente, aunque nos habían alertado que desde el primer momento el presidente de los Estados Unidos de América descartó cancelar la actividad inaugural de su agenda, hora y media después de su arribo a la Isla, la tarde de este 20 de marzo.
Rebasado el amplio soportal, aún sin escurrirse la comitiva de paraguas oscuros, Barack Obama traspuso el portón del otrora Palacio de los Capitanes Generales. «Fue aquí donde todo comenzó, señor presidente. Es este el epicentro de nuestro sueño», hizo notar su anfitrión, Eusebio Leal, remontándose a 1967, cuando el joven de 25 años que hoy luce canas se hizo cargo de la restauración del inmueble que marcaría el inicio de la rehabilitación del Centro Histórico. Cuando esto ocurría, yo conjeturaba las ocasiones en que el ahora distinguido visitante habría visto imágenes de aquellas galerías y piedras legendarias, como se contempla de lejos aquello que tildamos de inalcanzable.
Emoción grande resultó apreciar el imponente retrato de Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos y gestor de la abolición de la esclavitud. El óleo fue realizado por el artista James R. Lambdin en 1863, justo el año que marca la proclamación del ideal emancipatorio, aspiración compartida por nuestros próceres del siglo XIX. Este Lincoln, sedente en el caballete e iluminado de repente por los flashes de los reporteros gráficos, pareció abandonar por un instante su naturaleza inanimada.

 El presidente Barack Obama saluda a los reporteros gráficos congregados en el patio del otrora Palacio de los Capitanes Generales (arriba). A su espalda, el retrato de Abraham Lincoln. Sobre estas líneas, el Historiador de la Ciudad ofrece detalles del inmueble mientras recorren la galería de la planta baja. Fotos: Jorge García

El recorrido por la planta baja del hoy Museo de la Ciudad de La Habana prosiguió en dirección a las antiguas cocheras, donde vimos a un Obama impresionado por las piezas allí conservadas, y por el modo en el cual su interlocutor –inclusive traductora mediante– lograba transmitir un hálito quizá desconocido y atrayente; no tanto reflejo de ese orgullo que siente el cubano por su historia, sino más apegado a la grandeza moral que nos distingue.
Con admirable poder de síntesis, el también director de la Red de Oficinas del Historiador y el Conservador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba, transmitió algunas claves de nuestro devenir, casi sin salirse del entorno de la Plaza de Armas, amparándose en los edificios y monumentos que allí se alzan.

Eusebio Leal Spengler, quien recibió a la comitiva estadounidense en las afueras de El Templete, condujo a la familia Obama hacia la estatua de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, donde fue depositada una ofrenda floral. Fotos: Néstor Martí


De tal suerte, enalteció el simbolismo de El Templete –ahora con briosa ceiba–; el significado de Céspedes, Padre de la Patria, al pie de cuya estatua fue depositada una ofrenda floral; o la magnificencia de ese otro cuadro: Desembarco de los Puritanos pasajeros del MayFlower en la Roca de Plymouth, del belga Gustave Wappers (1867), que testimonia la llegada a la entonces Nueva Inglaterra de un puñado de víctimas de la persecución por su fe religiosa, obra que engalana uno de los salones del Palacio del Segundo Cabo, actual Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa.
No faltaron evocaciones a George Washington y su estancia aquí durante la ocupación británica en 1762; de su dilecto amigo el habanero Juan de Miralles, pionero de los vínculos comerciales entre Cuba y los Estados Unidos; del valeroso general Thomas Jordan, quien en época de la gesta independentista contra el colonialismo español, a bordo del vapor Perrit encabezó una expedición, en la que vino un joven que se volverá mito: Henry Reeve…
En pocos minutos el periplo llegaba a su fin, pues en la Catedral de La Habana sostendría un encuentro con el cardenal Jaime Ortega. Un muy intuitivo Obama tomó por el hombro al Historiador y le dijo: «Gracias, Eusebio; gracias por este recibimiento. No sabe usted cuánto me ha conmovido vuestra obra, y la pasión con que usted ha sido capaz de revelárnosla en tan poco tiempo». Acto seguido, posó siempre sonriente para las fotografías de rigor, antes de desaparecer bajo la llovizna en la intersección de las calles O'Reilly y Mercaderes.

Mario Cremata Ferrán
Opus Habana