Semanario Especial Opus Habana : Opus Habana. Semanario Digital.
CLAVES CULTURALES DESDE EL CENTRO HISTÓRICO
Boletin No.60/2004  
 
 Lunes 8 de marzo



     

Los misterios de Paula
La restauración de la iglesia de Paula, realizada en 2000 por la Oficina del Historiador, significó el triunfo de la voluntad intelectual en sus esfuerzos seculares por preservar ese pequeño templo hasta convertirlo en símbolo de la reanimación espiritual en los predios del Centro Histórico.


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Los misterios de Paula
Como ninguna otra joya del patrimonio edificado habanero, la antigua iglesia de Paula refrenda el precepto de que –detrás de cada piedra conservada– hay el sentimiento de salvaguardar nuestra identidad cultural.

 Rasando plazas, templos y conventos a bordo de un quitrín fantasmal, cualquier recorrido imaginario por la Habana Vieja junto a Cirilo Villaverde terminaría siempre, una y otra vez, por todos los caminos... en la antigua iglesia de San Francisco de Paula.
Bastaría releer el epílogo de su novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel para dejarnos arrastrar por semejante fatum, y es que ese pequeño templo legitima con su existencia física el destino infausto de aquella mulata espiritada. Condenada como cómplice del asesinato de Leonardo Gamboa a un año de encierro en el hospital de mujeres, fuera un personaje de la vida real o no, Cecilia se quedó para siempre confinada allí... en nuestra memoria literaria.
He desandado el entramado de las calles habaneras siguiendo la secuencia de planos narrativos que estructuran esa gran novela. Tomar Compostela y subir a la Loma del Ángel, donde fue colocado alguna vez un busto de Villaverde, puede deparar ciertas sorpresas... como que alguien haya atado un gallo blanco al pie de esa estatua, junto a una ofrenda de marpacíficos color púrpura.
Alrededor de ese promontorio y sus dobles cinco esquinas, gestó Cirilo su obra cumbre, no en balde le dio tal subtítulo. Y todavía hoy, sobre todo a la caída de la tarde, es posible vislumbrar –desde el campanario neogótico– la urdimbre de la ciudad decimonónica; imaginar en lontananza el perímetro de su muralla derruida hasta que linda por el sur con la bahía... Entonces, a manera de ilusión óptica, al lado de la iglesia de Paula, sobre la Alameda homónima vuelve a levantarse espectralmente el desaparecido hospital de mujeres... Como si en el horizonte se hubiera proyectado su imagen de 1841, litografiada en Paseo pintoresco por la Isla de Cuba.
Fatuidad o desvarío, fue una sensación similar de arrobamiento la que llevó al pintor Augusto G. Menocal a internarse en esas edificaciones coloniales ya en pleno siglo XX, luego de que su expropiación forzosa en 1907 por una compañía ferroviaria las había condenado a ser almacén y taller cada vez más ruinosos, sólo habitados por golondrinas y murciélagos.
El artista quería estudiar la cúpula y bóvedas de piedra dura, mas, cautivado por el misterio de la desamparada iglesita, se mantuvo durante un año y medio llevando al óleo sus detalles arquitectónicos, así como los del patio y salas del hospital aledaño.
Y cuando en 1937 se cernió por primera vez sobre ambos inmuebles el peligro de su demolición a manos de Ferrocarriles Unidos, Menocal activó la alarma pública dando a conocer sus obras, que tituló genéricamente Las Ruinas del Hospital e Iglesia de Paula.1
Todavía hasta ese momento, el templo sufría frecuentes profanaciones que obedecían a la leyenda peregrina de que en sus paredes o debajo de sus pisos debía esconderse el capital en onzas de oro atesorado por un prelado de apellido Borges, quien tenía negocios ocultos con los raqueros y murió sin hacerles las liquidaciones.
En una de las búsquedas –la única que produjo hallazgo– se encontró bajo el altar mayor una caja de plomo con restos humanos. Dado el carácter singular de esa urna, bien pudieran haber sido los huesos de aquel presbítero que, a mediados del siglo XVII, testamentó sus ahorros en aras de erigir tal ermita a San Francisco de Paula, así como adosarle un hospital para mujeres pobres.
Su nombre era Nicolás Estebes y Borges, de ahí presumiblemente que el cuento sobre el tesoro escondido no fuera más que una distorsión popular de la evidencia documental sobre los orígenes del templo, señalados por Arrate y otros historiadores.
Un día que Menocal se encontraba pintando, se le acercó un hombre de pueblo que merodeaba por el interior de la ruina y que, por lo bien que conocía todos sus rincones, seguramente era uno de los rastreadores del condesijo legendario. Mostrando al artista una claraboya, le hizo saber que –a través de ella– podía accederse a una misteriosa escalera oculta, cuya entrada estaba tapiada.
Con gran esfuerzo, utilizando una reja como andamio, ambos hombres penetraron a través de esa obertura y –en efecto– comprobaron cómo aquella escalera se ocultaba en el espesor de un arco que salía de una sala del hospital y desembocaba en la parte alta del crucero de la iglesia.
Todo hace indicar que, ascendiendo por esa angostura, las enfermas y otras mujeres confinadas accedían a misa. Una o dos –a lo sumo, tres– podían asomarse al presbiterio, apoyándose en una baranda que debió existir a juzgar por las huellas conservadas en el muro.
¿Presenció desde allí Cecilia Valdés el oficio de difuntos en favor del alma de su progenitora?
En el hospital de Paula, cuenta Villaverde, «por estos caminos llegaron a reconocerse y abrazarse la hija y la madre, habiendo ésta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos momentos antes de que su espíritu abandonase la mísera envoltura humana (...)»2
Fascina saber que, aun cuando el hospital fuera demolido prácticamente en 1937, llegaron a salvarse parte del arco y los peldaños que lo unían con la iglesia en esa suerte de «escalera de Jacob»...
Por ella subí en secreto una noche para escuchar al Conjunto de Música Antigua Ars Longa en su hoy sala de conciertos. Y juraría que, de súbito, presentí a Cecilia en la penumbra: «No la había más hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado (...) por la regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado, bien podía pasar por la Venus de la raza híbrido etiópico–caucásica (...)»3

Durante aquella velada, al escuchar el villancico Guerra viene declarando, interpretado por Ars Longa y el Coro Polifónico de La Habana como parte del concierto «Esteban Salas in aeternum», el público experimentaba en vivo los efectos de la policoralidad barroca cuando, situados en el altar y el coro alto, los cantores alternaban –o simultaneaban– sus voces hasta fundirlas en la resonancia interior de la vieja iglesita de San Francisco de Paula.
Recortados contra el falso ábside y rodeados de velas encendidas que simbolizaban el alma estremecida de Salas –cuyo fallecimiento hacía 200 años, el 14 de julio de 1803, se conmemoraba–, los músicos restantes ejecutaban en vilo sus instrumentos antiguos: los encargados del continuo (clavecín, órgano, tiorba, bajón...) y los que, por puramente ornamentales, son igualmente significativos: el violín barroco, la flauta...
Fue entonces cuando la música llegó a hacérseme visible y fluir por las paredes de la otrora nave religiosa. ¿O sería que, bajo el influjo de los sonidos, las imágenes se habían desprendido momentáneamente de los cuadros alegóricos que decoran ese recinto, ya por fin rescatado en 2000 por la Oficina del Historiador de la Ciudad?
Desde mi sitio en la altura del crucero, sin que nadie me viera, yo disfrutaba de aquel improbable fenómeno de sinestesia cual si estuviera inmerso en un «estado de gracia». Y es que, visible o no, algo solemne y misterioso flotaba en el aire la noche del sábado 12 de julio de 2003, dotando de sacralidad a ese espacio, pero de una sacralidad distinta, despojada de las rúbricas del culto, aun cuando gran parte del repertorio interpretado se hubiera compuesto para venerar a la virgen María.
Salve Regina mater misericordiae,/vita, dulcedo et spes nostra, salve (...), cantaban los solistas con ternura, acompañados del tañido del órgano, como si no quisieran despertar al querubín dormido en el regazo del San Francisco de Paula pintado por Roberto Fabelo.
Y contrariamente, cuando entonaban un villancico al son de atabales y violines barrocos, hacían vibrar el aire con tal energía que –escapados de ese lienzo, situado a un costado del presbiterio– los ángeles revoloteaban sobre los músicos dándoles capirotazos de júbilo: «Guerra viene declarando/ un Niño de gran potencia/a el antiguo Fuerte armado/ que dominaba en la tierra (...)»
Más allá de su primigenia función pietista, ese repertorio sacro era interpretado por Ars Longa con un sentido lúdico del contraste entre lo solemne y lo festivo, entre el reposo y el movimiento, entre la contención y la soltura... que difícilmente hubiese sido aprobado por un maestro de capilla del siglo XVIII, temeroso de la censura eclesiástica.
Y es que, desprovista de fin latréutico, toda la imaginería cristiana recreada en Paula –incluida la sonora– responde más a un culto de lo estéticamente bello (kalós) que al dogma religioso en sí.
De modo que ni siquiera un devoto se persignaría al cruzar su umbral, y menos se postraría de hinojos ante sus iconos: el Vía Crucis de Zaida del Río; el Cristo de Ernesto Rancaño, el San Francisco de Cosme Proenza o el ya citado de Fabelo...
En ausencia de liturgia, no cumpliéndose ninguna función sacramental, difícilmente sea que alguien experimentara el sentido estrictamente sagrado de la fe al escuchar la Letanía o el Magnificat de Salas, cuyos vibrantes armónicos solemnizaban el templo esa noche del 12 de julio.
En todo caso, aquel concierto conseguía refrendar una nueva sensibilidad artística que, consustancial a la restauración de la Habana Vieja, aprovecha la sugestión del espacio arquitectónico y las tradiciones para hacernos partícipes de una suerte de reanimación espiritual (del intelecto y las costumbres) en los predios del Centro Histórico, de una nueva «temperatura psíquica», al decir de Hipólito Taine.
Arte sacro, sí, pero de un sentimiento sagrado más bien laico y terrenal, pues expresa –ante todo– esmero, deleite, fruición... en la asimilación de la catolicidad que, «significando ecumenismo y universalidad, ha sido siempre aspiración de lo cubano mejor», según Cintio Vitier.4

Es desde esta perspectiva que podría asimilarse la referencia sostenida de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, al padre Ángel Gaztelu Gorriti y sus iniciativas artísticas en las parroquias que atendió, como el antecedente inmediato de la conversión de la antigua iglesia de Paula en una verdadera capilla del arte sacro contemporáneo cubano. 5
Fundador de la revista Orígenes, la imaginación poética de Gaztelu lo había llevado a concebir que la capilla de Nuestra Señora de la Caridad, en playa Baracoa, tuviera el ábside vidriado, de modo que la imagen de la virgen se viera en el altar como suspendida sobre las aguas que bordean ese templo por su parte trasera.
Pero el arquitecto del proyecto, Eugenio Batista, hizo desistir al prelado de tan hermosa propuesta, explicándole convincentemente que los feligreses no repararían en su prédica al confundir su figura en el púlpito con los elementos del entorno natural. O lo que es decir, la solución artística era muy bella, pero comprometería la eficacia del culto. 6
Así y todo, la iglesita de Baracoa resultó «el más notable ejemplo de integración de arquitectura y plástica en el arte religioso cubano del siglo XX»,7 además de confirmar el sentido místico que –como un manantial– alimentó el amor del padre Gaztelu por las cosas de esta Isla, aun cuando fueran tan sencillas como el sonido del mar o la visión de una tarde de pueblo.

Padre, ¿qué es para usted la cubanía? –le pregunté en 1997, durante la primera de sus dos visitas a la Isla, luego de casi quince años de ausencia. 8

La cubanía se siente o no se siente... Y yo sé que la siento profundamente –me contestó en el umbral del Espíritu Santo, último templo que reformó artísticamente con ese sentido de pertenencia afectiva a nuestras raíces.

Y fue en esa iglesia que, el viernes santo de 1960 (15 de abril), ofició el sermón de Las Siete Palabras, acompañado de un coro que estrenó la obra homónima de Esteban Salas, nunca –al parecer– vuelta a interpretarse desde entonces. 9

En las notas al programa de aquella jornada, refiriéndose a las partituras del «extraordinario músico», Alejo Carpentier recuerda cómo tuvo «la suerte de hallar (en 1944) un cierto número de ellas en un viejo armario de la Catedral de Santiago, donde yacían ocultas tras un archivo de cuentas y papeles desprovistos de valor».
Medio siglo después, Ars Longa desempolvaba –de ese «cierto número» de particellas– las de la Letanía y el Magnificat para devolver esas obras al entorno sonoro por primera vez desde el siglo XIX. 10
Y al escucharlas en la restaurada iglesia de Paula, el 12 de julio de 2003, recordé al padre Gaztelu y lo imaginé «oficiando» también ese concierto en homenaje al bicentenario del nacimiento de Salas.
Caía la noche y, a sus espaldas, como si fuera el agua de la bahía habanera, se oscurecía el vitral realizado para el falso ábside por los artistas Nelson Domínguez y Rosa María de la Terga.

Precisamente al padre Gaztelu pertenece la imagen poética quizás más elocuente –casi un augurio– de la significación de ese pequeño templo para la restauración de la Habana Vieja. Clamando por el surgimiento de una institución de «amigos de la ciudad» que «impida tanto desmán arqueológico y la redima», escribió hacia 1963 el sacerdote poeta:
«(...) Por eso es que muchas veces, al pasar por la nombrada Alameda –quien te ha visto y quien te vio– y contemplar los restos de la Iglesia y Hospital de Paula –sombra de lo que eras– nos imaginamos ver los mutilados y resistentes miembros de un gigante, surgiendo, al pie de la ciudad, tras descomunal combate, alzando ante tanto entuerto arqueológico su imponente y callado muñón de piedra».
Con este símil rotundo concluye su reseña histórica de la vecina parroquia del Espíritu Santo, publicada aquel año. 11
Y aunque no lo especifica, para entonces Paula era ya sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas creado por Odilio Urfé, quien en 1957 había traído para la recién restaurada iglesita las cenizas del gran violinista cubano Brindis de Salas, hasta hoy conservadas allí.
Al consagrarlo como panteón del patrimonio musical cubano, con ese gesto simbólico concluían los ingentes esfuerzos de Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad, para salvar ese templo desde que –en 1946– volvió a arreciar el peligro de su demolición a pesar de haber sido declarado, dos años antes, monumento nacional.
Fallecido Roig de Leuchsenring en 1964, habría que esperar casi cuatro décadas –hasta 2000– para que su legitimado sucesor lograra restaurar nuevamente la antigua iglesia de Paula, reanimando los «miembros» del gigante San Cristóbal y, con él, a la vieja ciudad ya convertida en Centro Histórico.
En admirable síntesis, por encima de cualquier omisión o diferendo, el actual Historiador de la Ciudad hizo confluir los disímiles empeños culturales de todos esos ilustres defensores del patrimonio habanero (Roig, Urfé, Gaztelu, Carpentier...) al refuncionalizar la otrora iglesita como capilla del arte sacro contemporáneo cubano, sala de conciertos y sede del Conjunto de Música Antigua Ars Longa.
Además de conservar su gran valor patrimonial, el antiguo templo pasó así a formar parte de nuestro presente vivido dentro de una tradición artística, ligándonos a ella hasta sentirla como una interpelación que –llegada del pasado– resuena misteriosamente con una voz actual.
Como ese fogoso villancico de Esteban Salas cuyas particellas son recreadas por Ars Longa con tan desenfadada devoción, que nos hacen pensar hasta qué punto ya en el siglo XVIII había atisbos de cubanía en esa música:
«Toquen presto a fuego/suene la campana/ que el portal que vemos/ se arde en vivas llamas (...)»
Terminaba el concierto y, al vibratio de los violines barrocos, suspendido en la fermata de ese estribillo, cerré los ojos y sentí que me retrotraía en el tiempo... ¿O era que el tiempo se había dilatado hasta convertirse en el eterno presente de la obra de arte: musical, plástica, literaria...?
Si así era, en cualquier momento aparecería Cirilo Villaverde en la Alameda, con un ramo de marpacíficos en la mano y un gallo blanco escondido en la chaqueta... Viene en busca de Cecilia Valdés que, sumida en la penumbra, espera todavía en lo alto del crucero de la iglesia de San Francisco de Paula.


1Sus vivencias han sido extraídas de «Entrevista con Augusto Menocal», de Armando Maribona (Diario de la Marina, 10 de agosto de 1937).

2,3Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001, pp. 503 y 44, respectivamente.

4Entrevista a Cintio Vitier, publicada bajo el título «La memoria compartida», en revista Opus Habana, enero/marzo, 1997, No. 2, p.16.

5 «Desde que el poeta y amigo inolvidable Ángel Gaztelu Gorriti pidiese a René Portocarrero y Mariano Rodríguez hacer obras para la iglesia de Bauta y Baracoa, nada similar había sido creado». Eusebio Leal Spengler: «La iglesita restaurada», en Poesía y Palabra (volumen II). Ediciones Boloña, Colección Opus Habana, 2001.

6 Esta anécdota me la hizo el propio padre Gaztelu durante una de sus visitas a La Habana.

7 Ver en esta misma revista el artículo de Roberto Méndez: «Ángel Gaztelu, edificar para la alabanza», p.40.

8 Argel Calcines: «En el umbral del Espíritu Santo», en Opus Habana, enero/marzo, 1997, No. 2, p. 25.

9,10 Estas constancias las debo a la musicóloga Miriam Escudero, quien rescata el patrimonio litúrgico de Esteban Salas.

11 Ángel Gaztelu: La iglesia parroquial del Espíritu Santo de La Habana. Reseña histórica. Impresos Vida Habanera, La Habana, 1963, p. 82.



 HISTORIA DE LA ERMITA, IGLESIA Y HOSPITAL DE SAN FRANCISCO DE PAULA

Para este despliegue historiográfico se ha tomado como referencia el libro Historia del hospital de Paula (La Habana, 1958), del doctor Jorge Le-Roy y Cassá (1867-1934), quien fuera médico durante muchos años de dicho hospital y secretario de la Academia de la Habana. Su autor no escatimó esfuerzos para corroborar cuanta información se hubiese escrito sobre el tema, acudiendo a fuentes originales y auténticas hasta ir conformando lo que resultó, sin dudas, una historia general eclesiástica de Cuba. Al morir Le-Roy y Cassá, el 22 de febrero de 1934, la obra se encontraba inconclusa y –luego de permanecer muchos años injustamente olvidada en el Archivo Nacional– fue publicada en su totalidad en 1958, debidamente editada por su hijo menor –Luis F. Le-Roy y Gálvez–, quien desde un primer momento había asumido esta labor como «el modo más acertado y mejor de rendirle tributo a su memoria».

Jorge Le-Roy y Cassá divide la historia de Paula en cuatro etapas, relacionándolas con cada uno de los obispos que influyeron sobre el destino de esa edificación: fundación (1664 a 1730); reconstrucción (1730 a 1799); engrandecimiento (1799 a 1909), y traslación y construcción de la nueva iglesia y hospital (1910 en adelante).

Fundación (1664 A 1730)
La iglesia y hospital de caridad designados con el nombre de San Francisco de Paula, fueron fundados gracias al Ldo. don Nicolás Estebes Borges, beneficiado rector de la Parroquial Mayor de la ciudad de San Cristóbal de la Habana y deán electo de la Santa Catedral de Santiago de Cuba, quien en 10 de diciembre de 1664 confirió poder para testar en su nombre al Sr. obispo don Juan de Santo Mathia Saenz de Mañozca y Murillo y al maestre de campo don Francisco Dávila Orejón Gastón, dejándoles escrita una Memoria con las instrucciones para revelar su testamento, lo cual estos últimos realizaron el 25 de abril de 1665 ante el escribano don Domingo Fernández Calaza.
En la cláusula 49 de dicha Memoria se dispone, entre otras cosas, «que se fabrique una hermita o capilla con la debida decencia al Glorioso Patriarca San Francisco de Paula donde su imagen se coloque (...)», así como que «si el dicho remaniente de dichos bienes fuere suficiente para fundar, agregado a dicha Hermita y con incorporación de ella un Hospital en que se curen mujeres pobres, es nuestra voluntad ejecutarlo así (...)»
Con el legado del presbítero (45 002 pesos y 4 reales) y algunas limosnas más, se comenzó a construir la ermita, cuya primera piedra fue colocada el 27 de febrero de 1668. Se desconoce la fecha exacta en que fue concluida esta fábrica así como el hospital aledaño, los cuales ocupaban una manzana del barrio de Campeche, con un costado pegado al mar.
Dichas construcciones tuvieron que ser reedificadas tras ser prácticamente derruidas por el furioso temporal que azotó a la ciudad el 26 de septiembre de 1730.

Reconstrucción (1730 a 1799)
Gracias al obispo Juan Lazo de la Vega, inmediatamente se inició la reconstrucción de la iglesia y sacristía. Esta última, según rezaba una lápida sobre la puerta que la comunicaba con el patio de la iglesia, quedó concluida el 2 de abril de 1735.
En 1765, a instancias del obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, son aprobados por Real Cédula los reglamentos del hospital, en los que se disponía que el administrador y el capellán fueran habaneros y el Patronato radicase en el obispo de La Habana. También se detallan las obligaciones de los empleados de la institución, amén de los cultos que habían de celebrarse y la manera de proveer al entierro de las enfermas que fallecieran en el hospital.
Hacia 1777, por iniciativa del capitán general, marqués de la Torre, se construye la Alameda de Paula, contigua al hospital. Al otro extremo de ese paseo se había erigido el teatro Principal, concebido para destinar su arriendo al sostenimiento de la Casa de Recogidas, adonde eran enviadas las mujeres consideradas incorregibles y que muchas veces eran recluidas en Paula.
Ya bajo el episcopado de Felipe José de Trespalacios (1788-1799), la iglesia de Paula termina de ser reconstruida hasta adquirir su fisonomía actual. Con el auspicio de la condesa de Santa Clara, esposa del gobernador y capitán general de la Isla, don Juan Procopio de Bassecourts, se ampliaron y mejoraron ostensiblemente las salas del hospital, además de implementarse un nuevo reglamento.

Engrandecimiento (1799 a 1909)
Tras la llegada a La Habana del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1802), se sigue ampliando el hospital, y se crea una sala para enfermas de contagio, según acuerdo tomado entre dicho prelado y el marqués de Someruelos. También se destinan fondos para reparaciones mayores en el edificio, que el propio obispo se ocupaba de inspeccionar y dirigir. A Espada se debe que las dementes, desprovistas de un trato adecuado, fueran atendidas en Paula a partir de 1826, «bajo ciertas condiciones y sin que perjudiquen a las demás enfermas». Esta disposición se cumplió hasta 1829, cuando se instituyó un departamento para acogerlas en la Casa de Beneficiencia. A estos hechos, Cirilo Villaverde hace referencia en su novela Cecilia Valdés.
Pero la obra más importante de todas las relacionadas con el hospital, es la creación de la Academia de Parteras bajo el patronato de la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País y el apoyo de Espada. Inaugurada en 1828, dicha escuela instruía a las comadronas en el «arte de partear», y siguió funcionando hasta 1833, un año después de la muerte del obispo.
En 1854 se construye la sala alta que completa la fachada principal del Hospital (calle Paula), y comienzan a prestar servicios las Hermanas de la Caridad. Para 1880 se funda la Clínica de Partos, donde aprendió e impartió esa especialidad médica el propio Le Roy y Cassá, quien es testigo del pleito que culminó en 1907 con la expropiación forzosa del antiguo hospital e iglesia de San Francisco de Paula por la Havana Central Railroad Co.
Mediante sentencia, quedó fijado el precio de indemnización de los edificios y terrenos en 276 989 pesos, que habrían de ser invertidos en la construcción de un nuevo hospital e iglesia, los cuales fueron erigidos en 1910, en la barriada de la Víbora.

La iglesia y el desaparecido hospital de San Francisco de Paula –junto a dos casitas adosadas a éste por el lado del mar– ocupaban una sola manzana que lindaba por el lado norte con la calle Paula; por el este y el sur con el terraplén de la antigua muralla de mar, y por el oeste con la calle de San Ignacio. En total, estas edificaciones ocupaban 2 889 m2, de los cuales 700 m2 correspondían a la iglesia y 2 189 al hospital. Al tomar posesión de esos bienes en 1909, la Havana Central Railroad Co. demolió todo el fondo que daba hacia las calles Desamparados y Alameda de Paula, y estableció vías férreas para facilitar el tráfico hacia los espigones del muelle. Por su cercanía a éste, el resto de la iglesia y hospital quedaron como almacenes, totalmente abandonados y en grave peligro de ser demolidos, como sucedió –a fin de cuentas– con el segundo.



¡SALVEMOS LA IGLESIA DE PAULA!

Opuestos al designio de que la iglesia de Paula fuera demolida a exigencia de su propietaria –la compañía Ferrocarriles Unidos–, los intelectuales habaneros encabezaron uno de los movimientos más significativos en la historia del rescate, restauración y conservación del patrimonio autóctono. Tras lograr hábilmente que dicho inmueble fuera declarado Monumento Nacional en 1944, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología desarrolló una intensa campaña mediática en defensa de esa joya histórica y arquitectónica. Su principal portavoz fue Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad, quien publicó en la revistaCarteles artículos tales como «¡Salvemos la iglesia de Paula!» (9 de agosto de 1944) y «Salvemos definitivamente la iglesia de Paula» (8 de febrero de 1945), exhortando en este último trabajo a formar la agrupación «Amigos de la iglesia de Paula».

Desde que en 1909 –según decretos gubernamentales– la iglesia y hospital de Paula pasaron a ser propiedad de la Havana Central Railroad Co., ambos inmuebles quedaron a expensas de las decisiones de esa compañía, cuyas líneas ferroviarias estaban muy vinculadas a la dinámica portuaria y el consecuente tráfico de mercancías.
Destinados a almacenes, ya con su parte trasera mutilada y en total estado de abandono (una grieta partía el frente de la iglesia en dos mitades, por lo que había requerido apuntalamiento), tales edificios resultaban un estorbo para los planes de establecer más vías férreas que facilitaran el transporte de mercancías hasta los espigones del puerto.
Así, el 10 de junio de 1937, el administrador general de Ferrocarriles Unidos solicitó licencia del Ayuntamiento de La Habana para demoler lo que quedaba de la antigua iglesia y hospital.

Sacrificio del hospital (1937)
Contrario a la destrucción de la iglesia, el 25 de agosto de 1937, el arquitecto municipal, jefe del Departamento de Urbanismo, Emilio Vasconcelos, rinde a la Alcaldía un informe en el que pide denegar la licencia solicitada por Ferrocarriles Unidos, lo cual logra, aunque no hace reparos a que se derruya el ya ruinoso hospital, por considerarlo de menor valor arquitectónico que aquélla.
Esa decisión permitía –según proyecto de Vasconcelos– prolongar la Alameda de Paula a través de los terrenos ocupados por el antiguo hospital y unirla con la calle Desamparados. De esta manera, sin necesidad de demoler la iglesia, se podía completar el circuito de la Avenida de Circunvalación (desde la entrada del puerto, pasando por la Alameda de Paula, hasta la Avenida de Bélgica) y facilitar la descongestión de los muelles al ofrecer una amplia y fácil salida de todo el litoral. Con este criterio estuvo de acuerdo la Comisión Nacional de Arqueología, creada el 9 de agosto de 1937 a propuesta de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación.
No conforme con la decisión denegatoria de la Alcaldía de La Habana, Ferrocarriles Unidos presenta recurso contencioso-administrativo a la Audiencia de esta capital, a donde son remitidos en 1939 los antecedentes y el expediente administrativo. Este litigio se dilata cinco años, durante los cuales el Departamento de Urbanismo logra frenar la demolición insistentemente pedida por aquella compañía extranjera.
Pasado ese tiempo, próximos a agotarse todos los recursos legales, la amenaza de demolición vuelve a arreciar cuando, el 20 de julio de 1944, el administrador general de Ferrocarriles Unidos –llamado F. A. Davis– dirige una comunicación al alcalde municipal, conminándolo para que sin más demoras autorice a demoler la iglesia, alegando que la empresa era dueña en pleno y absoluto de la misma, y advirtiéndole que «no se consideraba obligada a reparar, ni reedificar, ni a realizar obra alguna en el citado edificio (...)»
Mas, ya para entonces, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología había logrado el estatuto legal que podía evitar ese fatal desenlace: la Declaración de Monumentos Nacionales.

Monumento nacional (1944)
En efecto, dicha Declaración había sido aprobada por decreto presidencial del 16 de junio de 1944, en el que se disponía que a solicitud de dicha Junta «se declarará Monumento Nacional todo lugar, inmueble, conjunto, ruina , parte o adorno de inmuebles, u objeto mueble que así lo amerite, a juicio de dicha Junta, por su valor histórico o artístico».
Se cumplía así un propósito largamente acariciado por la Comisión de Monumentos, Edificios y Lugares Históricos y Artísticos Habaneros que –fundada el 26 de noviembre de 1940 por Roig de Leuchsenring al amparo de la nueva Constitución de la República–, incidiría con su quehacer en la creación de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, según decreto presidencial del 25 de noviembre de 1942.
Al presidente de dicha Junta, don Fernando Ortiz, pidió Roig de Leuchsenring una urgente convocatoria de la misma tras saber –por intermedio del arquitecto José M. Bens Arrarte– que Ferrocarriles Unidos persistía en su aviesa intención. A fin de parar la acción demoledora de esa compañía, el 27 de julio de 1944, el Historiador de la Ciudad presentó una moción para que la iglesia de Paula fuera declarada Monumento Nacional, además de que se recomendase su expropiación forzosa por el Estado, junto a la de los terrenos en que se encontraba edificada y los circundantes necesarios para la construcción de un parque en su costado Este y la prolongación de la Alameda de Paula hasta su unión con la calle Desamparados.
Ambas propuestas –aprobadas unánimente en el seno de la Junta– fueron sancionadas a los pocos días por sendos decretos presidenciales del 2 y 11 de agosto. Y en virtud de la Declaración de Monumento Nacional a favor de la iglesia de Paula, la Alcaldía Municipal denegó la licencia de demolición solicitada por Ferrocarriles Unidos, los cuales interpusieron recurso de reforma contra esa resolución, el 8 de septiembre de ese mismo año, insinuando –en su defecto– el pago de una indemnización.

 Lejos de tramitarse el decreto presidencial de expropiación forzosa a favor de la iglesia de Paula, ese ya Monumento Nacional volvió a sufrir amenaza en 1946 cuando, increíblemente, una identidad estatal –el Ministerio de Obras Públicas– manejó la idea de trasladarlo íntegramente a otro sitio –o, incluso, de demolerlo– para prolongar la Avenida del Puerto como parte de un plan de ensanchamiento y embellecimiento de la capital. Gracias a la oposición de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, ese dislate no tuvo lugar, pero el proyectado ensanche «macheteó lamentablemente la Iglesia de Paula, dejándola en su mínima expresión arquitectónica (...)», según expresión de Roig de Leuchsenring que corroboran estas imágenes de archivo.

Dicha demolición comenzó a efectuarse el 28 de febrero de 1946 y fue interrumpida a la mañana siguiente debido a la protesta –paradójicamente– de Ferrocarriles Unidos, que era aún la propietaria de ese inmueble y terrenos.
Reunida en sesión extraordinaria, el siguiente 2 de marzo, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología se pronunció contra la demolición de la vieja iglesia declarada Monumento Nacional, y denunció la infracción cometida por el Ministerio de Obras Públicas ante el presidente de la República, significándole que confiaba en que su intervención la relevaría del deber de acudir a los Tribunales de Justicia. Copias del telegrama emitido por la Junta al Ejecutivo fueron enviadas a los ministros de Educación y Obras Públicas, así como a todos los presidentes de las instituciones culturales y cívicas de la capital, y a sus seis más importantes periódicos.
Ese telegrama lo suscribían Fernando Ortiz, presidente de la Junta; Emilio Roig de Leuchsenrig, su secretario, y el arquitecto Emilio Vasconcelos, presidente de la sección de Arqueología Colonial. Por su parte, la Sociedad de Estudios Históricos e Internacionales, a través de su presidente, Roig de Leuchsenring, se dirigió al presidente de la República el 9 de marzo del citado año, exhortándole a dar una adecuada solución al asunto.
Toda la prensa capitalina secundó la protesta, destacándose el periódico Información, que ya el 10 de febrero había publicado a plana entera un reportaje de Roberto Pérez de Acevedo, que incluía una entrevista a Roig de Leuchsenring.

Expropiación forzosa (1946)
Como resultado de tal movilización, «la piqueta de Obras Públicas» fue detenida y se aprovechó para tramitar el expediente de expropiación forzosa de la iglesia de Paula, el cual fue iniciado el 29 de marzo de 1946 y quedó aprobado en auto del 19 de julio, en el cual se fijó precio al inmueble y terrenos. El Estado cubano tomó posesión de los mismos el 8 de agosto de 1946, pero no fue hasta el 28 de febrero de 1956 –o sea, diez años después– que firmó la escritura de venta e indemnizó a Ferrocarriles Unidos con 143 046, 25 pesos.

Para septiembre de 1946, habían concluido las obras de prolongación de la Avenida del Puerto, que incluyeron la reconstrucción de la Alameda de Paula y, por añadidura, la reparación de la iglesia homónima. Diez años después (1956), siendo ya sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas, el templo volvería a ser restaurado.

Si bien el ministro de Obras Públicas negó oportunamente su intención de demoler la iglesia de Paula, lo cierto es que sólo la acción cívica de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología pudo evitar la tragedia. Para entonces, abril de 1946, había caído bajo la piqueta la parte trasera del templo, así como los restos del hospital.
Como desagravio, poco días después se acometería la reparación de la vieja iglesita, a la par que –según proyecto de ese Ministerio– la Alameda de Paula era transformada para descongestionar el tráfico por sus calles paralelas, ensanchándolas y creando zonas de parqueo en los extremos de aquélla.
Como resultado de las transformaciones, desgajada de la Alameda, la iglesia de Paula quedó en el interior de un círculo, rodeada por dos anchos brazos de calles y con un aparqueamiento de automóviles en sus inmediaciones. (Esta situación, como se verá más adelante, varió en 2000 cuando la Oficina del Historiador de la Ciudad culminó el proyecto de restauración de esa joya patrimonial).
El 5 de enero de 1951, el templo fue cedido –de acuerdo con la Junta Nacional de Arqueología y Etnología– al Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas (IMIF), creado en 1949 por el músico Odilio Urfé. Y al año siguiente (24 de mayo de 1952) se iniciaron las obras de restauración y adaptación de sus locales para acoger el museo y archivo de esa institución. Con ese objetivo, los asociados al IMIF aportaron recursos propios y recabaron donativos en materiales de construcción, además de asumir ellos mismos las labores de albañilería, carpintería y otras.
Esas obras concluirían el 3 de octubre de 1956, luego de recibir un préstamo (5 000 pesos) del Ministerio de Obras Públicas.

Convertida desde 1956 en sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas, que dirigía el maestro Odilio Urfé, la iglesia de Paula acogió uno de los más importantes fondos documentales de la época, además de funcionar como sala de conciertos, exposiciones y conferencias.

Al trasladarse para la iglesia de Paula en 1956, el Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas (IMIF) ya tenía siete años de fundado, pues había sido inscrito –el 19 de octubre de 1949– en el Registro Especial del Gobierno Provincial de La Habana, libro 23, folio 293, No. 14906, con sede en la casa No. 617 de la calle Salud, donde viviera Odilio Urfé González (La Habana, 1921-1988), su fundador y director hasta su muerte.
Esa asociación comenzó su labor pública con un claro y vehemente propósito, definido en el acta de fundación: «rescatar, recopilar, clasificar, estudiar, difundir y defender toda manifestación propia del patrimonio de la cultura musical cubana, sin discriminación de clase alguna, aunque poniéndose énfasis en todo lo referente a las expresiones de raíz popular».
Como tarea prioritaria llevó a cabo la compilación de una colección completa de instrumentos típicos de la música cubana, así como partituras originales de compositores cubanos de todos los géneros populares y de concierto, del cancionero patriótico, amoroso y bucólico. Incluía, además, fotografías, grabados, programas, carnés de baile del siglo XIX, revistas...
Provenientes en gran parte de la colección particular de la familia Urfé, esos fondos patrimoniales fueron depositados en 1956 en su nueva sede, la iglesia de Paula, que acogió al año siguiente la urna de bronce con las cenizas del insigne violinista cubano Claudio José Domingo Brindis de Salas. Aquí se realizaron numerosos recitales y conciertos, exposiciones de pintura y la presentación con regularidad de la Charanga Nacional de Conciertos.
Para entonces, el IMIF había organizado eventos tales como el Primer Festival de Música Folklórica (1953) y el Primer Concurso Nacional de Danzones (1954). En junio de 1963, el IMIF fue convertido en una entidad estatal integrante del Consejo Nacional de Cultura, con el nombre de Seminario de Música Popular Cubana.
Allí se impartieron hasta 1967 cursos en las especialidades de instrumentos, dirección de conjuntos populares, historia y formas de la música cubana. Su claustro lo integraban profesores tales como el propio Odilio, Harold Gramatges, Hilario González, Edgardo Martín, Alfredo Diez Nieto, Alejo Carpentier, Vicente González Rubiera (Guyún), Orestes y José Urfé, Manuel Suárez y Miguel Valdés, entre otros.
En 1967 se crea la Orquesta Popular de Conciertos que, dirigida por Diez Nieto, tomaría el nombre de Gonzalo Roig al fallecer éste en 1971.
A la muerte de Urfé en 1988, el Instituto Cubano de la Música decidió convertir el Seminario en el Centro de Información y Promoción de la Música Cubana Odilio Urfé, cuyos fondos son trasladados a G y Línea en el Vedado. La iglesia de Paula fue ocupada entonces por el Centro de la Música, que hizo dejación de la misma en 1996 a la Oficina del Historiador, en gesto de generosidad que Eusebio Leal ha agradecido públicamente al Ministro de Cultura, Abel Prieto, y –en especial– a Alicia Perea, directora de aquella institución.


Fuente: De paciencia y pasiones. El Seminario de la Música popular cumple 40 años, de Jesús Gómez Cairo, en revista Clave (Nº. 14, julio-septiembre, 1989).




REHABILITACIÓN PARA UN NUEVO SIGLO

Iglesia y Alameda de Paula quedaron nuevamente unidas en el año 2000 gracias a un proyecto de la Oficina del Historiador de la Ciudad que ha revitalizado el entorno del pequeño templo, convertido desde entonces en capilla del arte sacro contemporáneo cubano.

La intervención en la Alameda e iglesia de Paula reviste una gran importancia urbana pues se inscribe en el plan de rehabilitación de toda la Avenida del Puerto –partiendo desde la Plaza de San Francisco–, a tenor con el nuevo carácter sociocultural que han adquirido dichos espacios como componentes del Centro Histórico.
Al unirse la iglesia a su Alameda, se permite el acceso cómodo y seguro a la hoy sala de conciertos, además de lograrse una mejor organización de la circulación vehicular. Con este objetivo, se activó el carril pegado al mar para desviar el tráfico que, hasta ese momento, se realizaba a través de una sola vía en dos sentidos de circulación, atenazando al templo como un islote o rotonda, lo cual dificultaba tremendamente el modo de acceder a éste.
Ahora, viniendo por la Alameda, se puede llegar fácilmente a la antigua iglesia a través de una explanada que –además de favorecer con su diseño la circulación vial en ese entorno– constituye en sí misma un espacio público con posibilidades de uso sociocultural, como es la creación de un sitio arqueológico donde se muestran los cimientos de la sacristía.

RESTAURACIÓN DE LA IGLESIA (1998-2000)
Iniciada en 1998, la restauración de la iglesia de Paula incluyó –entre las tareas más detalladas y precisas– el tratamiento de los muros, cuya piedra fue trabajada respetando su naturalidad, color y textura. En el caso de la fachada exterior, se dedicó especial atención a su limpieza, eliminando los repellos superfluos y salvaguardando los restos de pinturas murales. Igual tratamiento recibió la cúpula, cuyas grietas fueron selladas y recuperó su cruz de hierro en la cima. También se repusieron las tres campanas que, según fotos de época, pendían de la espadaña.

Con el objetivo de contribuir al estudio sociohistórico de la iglesia de Paula, como preámbulo de su rehabilitación monumental, durante los años 1996 y 1997 se efectuaron allí excavaciones arqueológicas que arrojaron nuevas evidencias sobre las costumbres funerarias en el interior de los templos habaneros.

demás de adquirir mayor información acerca de la evolución constructiva y cronológica de la edificación, las excavaciones arqueológicas en la iglesia de Paula se propusieron –en primera instancia– revelar aspectos de las prácticas funerarias que en ella tuvieron lugar, así como profundizar en la relación de este templo con su lugar de emplazamiento: el antiguo barrio de Campeche. Posteriormente se contrastaron los resultados del análisis de este sitio con los de otras excavaciones en contextos religiosos habaneros.
Antecedidas por la aplicación de técnicas de prospección, mediante las cuales se detectaron las zonas de posibles enterramientos, las excavaciones arqueológicas se realizaron en la entrada de la iglesia (debajo del coro), en el centro de la nave y entre las puertas laterales. En efecto, se encontraron varias sepulturas en distintos niveles, destacándose por su interés arqueológico y antropológico los enterramientos llamados primarios y primarios modificados. Al conservar en mejor estado los restos humanos, esas evidencias permitieron deducir que las inhumaciones se produjeron hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, como también parecen indicar los artefactos que aparecieron asociados directamente a los cuerpos (medallas datadas en el siglo XVIII, por ejemplo).
Gracias al estudio antropológico, quedó comprobado que la iglesia brindó servicios funerarios no sólo al aledaño hospital de mujeres, sino que allí se enterraron individuos de ambos sexos y diferentes edades. En general, se debió dar sepultura a una población de baja condición social, ya que la mayoría de las osamentas exhumadas presentaban signos anémicos y de mala salud dental, entre otros rasgos que revelan un déficit alimentario.
Según las disposiciones dictadas por el obispo de Compostela en 1695, los niños debían ser enterrados junto al altar mayor, pero todo hace indicar que ello no se cumplía ya que se hallaron dos infantes bajo el coro. En este mismo sector aparecieran individuos con características melanodermas evidenciadas por un marcado prognatismo nasal. También se encontraron dientes en forma de pala, de lo cual se puede inferir la presencia de personas de origen mesoamericano, algo muy posible si se tiene en cuenta que la iglesia de Paula se erigió en el barrio de Campeche, llamado así por acoger las migraciones yucatecas que arribaron a La Habana en el siglo XVI.


Equipo de trabajo de la iglesia de Paula: P. G. Arq. Marilyn Mederos, Ing. María Buajasán, Ing. Adriana Hernández, Ing. María Elena Prieto, Ing. Eduardo Ruíz, Ing. Leticia Piña, Ing. Cecilio Sáez y D.I. Ernesto Marimón. Equipo de trabajo de la Alameda de Paula: (Concepción inicial) Arq. Alejandro Ventura, Arq. Dunieski Blanco e Ing. Mariela Hernández (Proyecto ejecutivo) P.G. Arq. Alejandro Ventura, Ing. María Elena Alea, Ing. Eduardo Ruíz y D.I. Ernesto Marimón. Equipo de Arqueología: Karen Mahé Lugo, Sonia Menéndez, Lisette Roura, Luis Francés, Fidel Navarrete, Elizabeth Romillo, Anicia Rodríguez, Mabel Martínez, Alan Luis Gómez y Adel Pérez.
 

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