Con estas palabras, hace ya casi un año, el Historiador de la Ciudad lamentó la pérdida de «quien ha sido —en cuerpo y alma— parte de la historia intelectual y, particularmente, poética de la Cuba de nuestro tiempo».
En memoria de este poeta de Orígenes, se colocará a la entrada del malecón de La Habana una lápida con su poema «Acuarela», dedicado a ese paseo inmemorial.



La noticia del deceso de monseñor Ángel Gaztelu y Gorriti nos colma de tristeza. No porque la muerte, consustancial a todo ser humano, nos perturbe en demasía, sino porque es difícil resignarse a la ausencia de quien ha sido —en cuerpo y alma— parte de la historia intelectual y, particularmente, poética de la Cuba de nuestro tiempo.
Don Ángel fue ante todo un pastor de almas. Navarro de nacimiento, llegó a Cuba en 1927 y optó por el sacerdocio tras culminar sus estudios en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, donde también ejerció como profesor. En lo adelante, llevó a cabo su ministerio en las parroquias de Bauta, Baracoa y, por último, del Espíritu Santo.
Esta última iglesia, que tenía el privilegio ancestral de asilo, lo fue para los revolucionarios en aquellos dolorosos años 50, y fue precisamente en su entorno que conocí a uno de los más fervorosos y batalladores de ellos: me refiero a Sergio González, el Curita.
El padre Gaztelu era un orador elocuente, un conversador inagotable, un hombre de extraordinaria simpatía. Tenía además un don ecuménico, especialmente humano y esencial en un hombre de su ministerio. Y es que no vio nunca diferencias entre confesiones, ideas, puntos de vista… Sabía siempre borrar toda muralla, quitar todo sentimiento de apartar a ese otro o considerarlo inferior porque no pensase como él.
Era un exquisito señor en su casa y lo fue en todos los salones en los cuales lo vi rodeado de los intelectuales de su gran generación. Lo veo todavía, junto a Cintio y a Fina... en mi único encuentro con José Lezama Lima. Aquella imagen de Lezama, sudoroso, pálido, vestido con aquel traje de casimir de chaleco gris y rayitas, no se ha apartado nunca de mi memoria.
Como aquel otro día en que ingresamos en el departamento de René Portocarrero, y Don Ángel le pidió que me mostrase su habitación de trabajo, donde se apilonaban pinceles, tubos de óleo y botellas vacías de whisky, formando una especie de monumento a la vida bohemia del artista.
Gaztelu fue también muy amigo de Mariano Rodríguez, quien era un hombre de ideas radicales y de grandes explosiones de carácter; sin embargo, cuando se le mencionaba al Padre o cuando se le aparecía «el cura», como él le llamaba, se tranquilizaba y volvía a ser el noble Mariano que yo conocí y acompañé hasta el último instante de su vida.
Nuestra entrevista última en La Habana, en la habitación del hotel Nacional, fue como una despedida. El padre Gaztelu me entregó un ejemplar original de Gradual de Laudes que me había traído especialmente dedicado. Tengo, además, las maravillosas fotos que Opus Habana tomó aquel día en que regresó —por vez primera— después de muchos años y caminamos juntos por la calle de madera, explicándole yo cuánto habíamos hecho, construido y soñado en su ausencia.
Ahora que nos precede en el tiempo; ahora que ya se ha ido, preparando nuestro propio camino, quisiera evocar su recuerdo y dejar constancia de todo el cariño, todo el afecto que deja en Cuba, en La Habana y en los que le conocimos.
Ya está fundida por el maestro Antonio Grediaga una lápida preciosa que él tuvo tiempo de conocer, como un propósito mío que bendijo y aprobó: el de colocar a la entrada del malecón de La Habana su poema «Acuarela», dedicado a ese paseo inmemorial.
Ahora, cuando yo pase todos los días, cuando los habaneros recorramos ese kilómetro bello de La Habana, vamos a encontrar —como presidiéndole— uno de los poemas más hermosos que se han escrito sobre esta ciudad.

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