Martí pidió a su ahijada en carta del 2 de febrero de 1895: «un trabajo de cariño que quiero que hagas, para ver si te acuerdas de mí, y es que vayas haciendo una historia de mi viaje, a modo de diccionario (...)» Cincuenta y cinco años después, María Mantilla evocó momentos de su relación con quien la quiso como una verdadera hija.
Este texto de María Mantilla en el que refiere algunos de los instantes compartidos con el apóstol, fue publicado en el periódico El Mundo, La Habana, 2 de marzo de 1950.

¡Qué grato es vivir con recuerdos tan vivos y llenos de cariño como los que llevo yo en el alma!
Viví junto a Martí por muchos años, y me siento orgullosa del cariño tan  grande que él tenía por mí. Toda la educación e instrucción que poseo, se la debo a él. Me daba las clases con gran paciencia y cariño, y cada vez que tenía que hacer un viaje, me dejaba preparado el itinerario de estudios que había de hacer en cada día durante su ausencia. En medio de todas las agonías y preocupaciones que llevaba sobre sí, nunca le faltaba tiempo que dedicarme.
El francés me lo enseñó de manera sencilla y fácil de comprender; pero su mayor afán eran mis estudios de piano. Su deseo era que yo llegara a ser una buena pianista —que nunca logré serlo, pero sí pude lograr tocar lo suficiente en aquellos años de niñez, para proporcionarle a él muchos ratos de placer. Siendo yo aún una niña, se empeñaba siempre en llevarme a las reuniones de La Liga, una sociedad de cubanos de color, todos hombres cultos y muy caballerosos, para que yo les tocara algunas piezas de música. Yo, como niña al fin, muchas veces no quería ir, pero Martí me decía: «Sí, hijita, es deber de uno darles placer a aquellos que no gozan de mucho». Entre esos cubanos de La Liga, recuerdo sobre todo a Rafael Serra, Sotero Figueroa, y a los hermanos Bonilla, tabaqueros estos últimos y hombres de gran talla, de más de seis pies. La idolatría de estos hombres por Martí era cosa admirable. Lo veneraban.
De Martí, el caballero, quedan grabados en mi mente tantos detalles de delicadeza y galantería con las «damas», como decía él. Para él, la mujer era cosa superior. Siempre tan fino, y con alguna frase de elogio en los labios. Cuando se daba alguna reunión, en que se citaban las familias cubanas para celebrar algún santo o alguna otra ocasión, había música y un poco de baile, y Martí siempre sacaba a bailar a las señoras o señoritas menos atractivas y luego yo le preguntaba: «Martí, ¿por qué usted siempre saca a bailar a las más feas?» Y él me decía: «Hija mía, a las feas nadie les hace caso, y es deber de uno no dejarles sentir su fealdad». Como éste, muchos otros detalles de su caballerosidad.  Cuando, a veces, mi hermano Ernesto me hablaba con rudeza, o alzaba la voz, Martí le decía: «¿A que tú no le hablas así a la niña vecina; y por qué lo haces con tus hermanas, que merecen más delicadeza y finura que las extrañas?»
Recuerdo también, cuando yo tenía siete años, un día que yo iba con Martí por el campo —pues estábamos de temporada en Bath Beach— y sentados los dos bajo un árbol, me picó una abeja en la frente y en el instante Martí la trituró con los dedos; de ese episodio resultó el «verso sencillo» que dice: Temblé una vez en la reja/ A la entrada de la viña,/Cuando la bárbara abeja/ Picó en la frente a mi niña.
Cuando él escribía algún artículo o carta o lo que fuera, su cerebro trabajaba con tal rapidez que las ideas le venían más ligeras de lo que la pluma le permitía escribir, y al concluir me llamaba y me decía: «Mira, lee esto y dime qué dice aquí», porque él mismo no entendía lo que había escrito; pero yo sí lo entendía. Siendo su discípula, yo conocía cada rasgo de su letra. Él me decía que yo era su secretaria. A veces me dictaba mientras se paseaba por el cuarto, y yo tenía que escribir muy ligero para no perder una frase.
Mi último recuerdo es del día que Martí se despidió de nosotros, cuando salió para Santo Domingo.

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