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La sintaxis de este texto, al parecer dictada por el ritmo de la respiración, deviene estilo inconfundible de su autor, hombre de profunda sensibilidad para quien «La Habana es un misterio que nos toca, ese alado mensaje que define…»
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Si era una flauta, un arpa o pitagórica guitarra la que Orfeo tocara, por el Egeo puede que así fuera; en La Habana, mestiza del blancor más mestizo, con el fulgor más negro del otro mestizaje, se fundieron colores ibéricos y afros, que dieron otro fruto, y otro fruto fundaron, ese fruto fue Cuba y la Cuba española, España encontró el fruto que también suyo era; tierra de España, Cuba camina sin fronteras, la habanera resulta legítima en «el choti», legítima en la danza, en la canción legítima, se inmerge en el flamenco, la ópera y la zarzuela, por doquier la encontramos en Albéniz y en Falla, Debussy, Ravel y Saint-Saëns, en Lecuona y en Anckermann, en Sánchez de Fuentes, en Roig y en Bizet, desde Saumell o antes y en el son más cubano, el guaguancó y guarachas, la guajira y el aria y la canción urbana. La habanera «se cuela» como el café caliente, se cuela entre labios, se cuela por doquiera, es como invisible mensaje, ésa, la música, que penetra en el alma e inunda sus parajes, y es La Habana que llega desde sí y a sí misma, que desborda los mares y se adentra en los otros, que la tocan, la cantan, la bailan sin saberlo, o que saben y cantan y bailan, la interpretan, la gozan, sabiendo que les llega desde un puerto lejano, que es el cercano puerto que funde las Españas, el puerto de La Habana.
Alfredo Guevara
Presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano
Presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano
Tomado de Opus Habana, Vol. IV, No. 1, 2000, pp. 32-33.