Para rescatar la antigua música cubana se conjugan la búsqueda de partituras olvidadas, un adecuado instrumentarium, junto a la maestría de la interpretación.
Investigación y talento interpretativo propiciaron desde un inicio el rescate de las viejas partituras por el Conjunto de Música Antigua Ars Longa, perteneciente a la Oficina del Historiador de la Ciudad.


«Ars Longa es un conjunto de jóvenes músicos-actores que ha venido a ocupar un espacio privilegiado en el ámbito de nuestras manifestaciones culturales. Un amplio repertorio de "idos tiempos" ha resucitado gracias a la búsqueda inteligente, la adaptación sagaz y el trabajo tenaz de un colectivo coherente, de afilada sensibilidad y grandes recursos histriónicos. Sutiles voces humanas y diestros en el manejo de antiguos instrumentos musicales, nos trasladan a un mundo de sonoridades transparentes, lejanas en el tiempo y el espacio. La riqueza de expresiones escénicas, el vestuario, la alternancia de voces e instrumentos, el movimiento espacial en que actúan, la gesticulación individual, alcanzan un alto nivel profesional».
Harold Gramatges



Vinculada al culto católico, credo establecido en Cuba a partir de la conquista y colonización de la Isla, la música encontró en la Iglesia la institución que preservaría para el futuro las primeras pruebas documentales de actividad creativa autóctona en esta manifestación artística.
 Aun cuando se han encontrado noticias y crónicas que describen hacia 1544 la ejecución de obras para el Oficio Divino por el mestizo Miguel Velázquez, la historia de la música en Cuba posee su más temprana evidencia documental en el siglo XVIII.
Ya para esa época, la Isla contaba con dos catedrales católicas: Santiago de Cuba, fundada en 1522, y La Habana, consagrada como tal en 1787. En torno a estos templos y a sus respectivas capillas de música, desarrollaron su obra dos importantes compositores de la historia musical americana: Esteban Salas y Cayetano Pagueras.
Genuinos representantes del barroco americano, ellos constituyen los únicos exponentes cubanos de esa mezcla de elementos estilísticos. Al analizar su música como parte del siglo XVIII —definido por la interacción de lo barroco y lo clásico—, se comprueba que Pagueras posee un lenguaje menos contrapuntístico y más armónico que Salas. Sin embargo, las desigualdades de estilo individuales no impiden considerarlos en un mismo estilo epocal, en coincidencia nacional, que revela más semejanzas que diferencias en cuanta música religiosa crearon para las capillas de La Habana y Santiago de Cuba.
Las dificultades que enfrentaron para hacer valer su arte fueron las propias del artista incomprendido por un medio que, incapaz de valorar justamente esa labor creativa, la considera cuestión secundaria. Tal como Bach firmaba sus obras Soli Deo Gloria, en un acto de gratitud hacia aquel que consideraba autor y supremo receptor de su arte, Salas y Pagueras tuvieron que ceder mucho para —a contrapelo de acusaciones mezquinas y juicios erróneos— no abandonar el camino de la creación artística.
En la década de los años cuarenta de este siglo, mientras escribía un libro sobre la historia de la música en Cuba, Alejo Carpentier descubre los manuscritos de Esteban Salas, con lo que fija —para otros investigadores y para él mismo— el punto de partida necesario.
Desempolvar archivos; estudiar documentos y partituras antiguas; imprimir y hacer sonar la música colonial cubana... son las labores que se precisan para desentrañar una parte de la historia musical de Cuba y América. Tal fue el presupuesto que impulsó a Pablo Hernández Balaguer a realizar la catalogación de los fondos del archivo de la Catedral de Santiago de Cuba, y condujo nuestros pasos hacia la Iglesia de La Merced, en la Habana Vieja.
Gracias al padre Raúl Núñez, en esta última parroquia se conserva un valioso fondo con parte de nuestra historia musical, el cual fue puesto a mi disposición a partir de 1996 por los actuales sacerdotes de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl.
Puesto que, con excepción de La Habana y Santiago de Cuba, el resto de las catedrales cubanas fueron consagradas en el siglo XX, los estudios musicológicos cubanos habían centrado la búsqueda de fondos de partituras en las capillas de música de aquellas primeras catedrales, donde históricamente se generó la creación musical eclesiástica.
No obstante, tal y como quedó demostrado en la iglesia de La Merced, las particularidades de la historia musical de Cuba nos encaminan hacia un nuevo derrotero: la localización de fondos también en los templos más antiguos de la Isla, cuya activa vida musical propició la concepción de nuevas obras y la interpretación del patrimonio cubano y extranjero.
Como tales iglesias no cuentan propiamente con archivos de música, es necesario localizar las partituras que —salvadas de la destrucción, el olvido y el deterioro— fueron guardadas en armarios y baúles por quienes comprendieron que la estima del Arte va más allá de considerar su valor de uso. Personas como ésas hoy nos abren las puertas de sus templos para que se inicie el trabajo de catalogación de dichas obras.
De esta manera quiso la providencia que en la habanera Iglesia de La Merced y en la de San Francisco, en Santiago de Cuba, se conservara una parte de los fondos de la Catedral de La Habana, los cuales Alejo Carpentier dio por perdidos desde 1946 cuando afirmó en un capítulo de su libro La música en Cuba: «El archivo de la iglesia [se refiere a la Catedral de La Habana] conservaba seiscientas veintitrés partituras, que parecen haberse perdido en su totalidad».
Entre las obras halladas recientemente por mí se encuentran ocho piezas que constituyen testimonio de la labor creativa de Cayetano Pagueras.
Rescatar del olvido la música que en otro tiempo sonó a diario en las iglesias y catedrales de América constituye una de las más fascinantes labores de la musicología en nuestro continente. Así como el restaurador se maravilla cuando logra ver el antiguo mural oculto tras gruesas capas de pintura, escuchar de nuevo esta música tras siglos de silencio, nos coloca ante una historia que revive, devolviéndonos los sonidos perdidos en el tiempo.
La primera grabación de obras de Esteban Salas fue realizada en 1959 por el Coro Madrigalista, dirigido por el profesor Manuel Ochoa. Los villancicos «Una nave mercantil» y «Pues logra ya» fueron incluidos dentro de un álbum que contiene piezas de este género pertenecientes a varios autores.
Al año siguiente se concreta el primer trabajo exclusivo con obras de Salas, proyecto patrocinado por la Universidad de Oriente y cuyo fruto fue la grabación de un disco por el mismo Coro Madrigalista, bajo la batuta del profesor Miguel García. En esta placa son interpretadas la «Misa de Navidad», un «Stabat Mater», «Qué Niño tan bello» (villancico) y «Resuenen armoniosos» (cantada), piezas que emplean el siguiente formato: soprano, alto, tenor, bajo, dos violines, violoncello y órgano.
Luego hay un profundo silencio hasta que, como representativo de los inicios de la historia musical de Santiago de Cuba, en el disco Semblanza musical de Santiago (1983) aparece el villancico «Claras luces», interpretado por el Orfeón Santiago y una orquesta de cuerdas bajo la dirección del maestro  Electo Silva.
Otro trabajo interesante fue el realizado por Guido López Gavilán, también en los años ochenta, cuando graba —con la Orquesta Sinfónica Nacional, solistas y coro— cuatro villancicos y dos pastorelas, tres de ellos en estreno mundial.
Pero en ningún caso, estas interpretaciones de inmenso valor histórico y artístico respetaron el formato original de la partitura, tanto vocal como instrumental. Al partir de una concepción coral que utiliza acompañamiento orquestal, ninguna se propuso la ejecución auténtica de tales obras. Y realmente no era éste su propósito, pues la tendencia a especializarse en la interpretación de música antigua en América es un fenómeno bastante reciente. En Cuba, de hecho, no es hasta 1995 que el coro Exaudi graba tres discos con música de Esteban Salas, litúrgica y no litúrgica, logrando una fidedigna interpretación de la misma.
Durante años, a la necesidad de crear un conjunto de música antigua en Cuba, se contraponía la discontinuidad en los estudios sobre el tema, así como el desconocimiento en torno a la actualidad de esta problemática en Europa y América. La temprana muerte del musicólogo Pablo Hernández Balaguer en 1966 frustró el proyecto que magistralmente concibió y puso en práctica en la Universidad de Oriente. Éste abarcaba desde el inventario y conservación de las fuentes documentales hasta la edición y grabación de las obras halladas.
Al conformar un equipo multidisciplinario integrado por investigadores e intérpretes, y sostener un departamento editorial que durante diez años logró publicar partituras, artículos y grabar un disco... su trabajo era comparable al de los más importantes centros de investigación en América. De no haberse interrumpido aquel proyecto, hubiese sido el que señalara el camino por donde andar.
Hubo que esperar entonces hasta 1994, cuando se funda el conjunto de música antigua Ars Longa, y se renuevan las investigaciones acerca del patrimonio conservado en fondos eclesiásticos.
En la actualidad, una parte importante de la difusión del ars antiqua cubana es posible gracias al patrocinio de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, sobre todo por haber brindado a ese grupo de jóvenes intérpretes la posibilidad de contar con los instrumentos adecuados.
Tras un profundo estudio de las circunstancias históricas y las posibilidades interpretativas, Ars Longa ejecuta la música perdida —y hoy, rescatada— de los maestros de capilla de la Catedral de La Habana y la música de Europa y América. Los frutos de este trabajo son palpables en tres discos: El eco de Indias, con repertorio del barroco americano, Música sacra en La Habana Colonial, y Los caminos del Barroco.
Para la cultura cubana representa un hecho trascendental la grabación en primera audición de obras de Salas y Pagueras, pues constituye un importante paso en la divulgación y disfrute de una música casi totalmente desconocida. Pero no se trata sólo de su valor histórico; desde el punto de vista estético, estamos en presencia de músicos mayores cuyo arte es tan rico y sugerente como el de cualquier otro compositor europeo o latinoamericano de la época.
Quien tenga el privilegio de escuchar sus obras no podrá dejar de agradecerles el habernos regalado lo mejor de sí: su música.

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