«Una de las muy pocas labores que en esta época de crisis de los parlamentos realiza nuestro Senado, es la labor trascendentalísima de conceder autorización para usar títulos y condecoraciones a los ciudadanos de la República, y discúlpeseme si uso todavía ambas palabras para designar a nuestra ínsula y sus insularidades», refiere el articulista, bajo el seudónimo de El curioso parlanchín.
Por: Emilio Roig de Leuchsenring

 

Y es el caso que el autor de este artículo, fiel y curioso observador de nuestras costumbres, tanto antiguas como contemporáneas, había, en vano, durante largos años —los mejores ¡ay! de su ya ida juventud— tratado de descubrir, ora revolviendo apolillados infolios, ora estudiando directamente hombres y mujeres de todos los pueblos y regiones de la tierra, para qué servía el matrimonio; pues la solución de ese problema era, a su juicio, el punto de apoyo indispensable y único sobre el que debían basarse las reformas y transformaciones necesarias demandadas, desde tiempo atrás, por nuestra sociedad.

En esta ocasión el articulista nos comenta la experiencia de Chicho, quien en su afán de ser un chiquillo de sociedad recibió una lección como apoteosis de todos sus deseos y anhelos. 

Tanto la venerada Alma Mater, con su inconfundible peinado helénico, como la Estatua de la República, con su imponente altivez, tuvieron como modelos a sendas jóvenes cubanas, cuyos rostros podemos identificar. Menos reconocidas socialmente, otras fueron las beldades —también criollas— que posaron para el cuerpo de palas Atenea (Minerva) en estas dos esculturas habaneras, dignos exponentes del más auténtico espíritu clásico arraigado en el continente americano.